La oficina de la hermosa villa de la familia Cavallaro era una habitacion en la que no se sentia la misma opresion pesada que podian tener otras oficinas de las demas propiedades, ya que ahi rara vez se trabajaba. La luz dorada y de la mañana que se filtraba a través de inmensos ventanales ofrecían no solo una vista panorámica del jardín mediterráneo, sino tambien una calma que invitaba a relajarse y dejar el estres fuera de aquella isla.
Elio entró en la estancia con cierta resignacion, como si la carga mental que llevaba en los hombros fuera superior a sus propias fuerzas y con un movimiento seco y cargado de irritación, se quito sus guantes de cuero n***o, arrojándolos sobre el escritorio de caoba para darle a su piel quemada un poco de compasion, el cuero y el calor de la isla habia comenzado a causarle irritacion y apesar de que la piel de sus manos se habia vuelto gruesa, tambien era delicada en cambios de clima brusco. Se dejo caer en uno de los sofás de piel color tabaco,mostrando en su postura la misma molestia y resignación que rara vez permitía que otros vieran. Sus dedos masajearon con fuerza su mejilla, justo donde la marca de la bofetada de Emilia todavía ardia en su piel, pero no para aliviar el dolor fisico, sino por la humillación de ser rechazado por la única persona por la que había arriesgado su imperio.
—Sírveme algo de beber, Lorenzo. Algo fuerte —ordenó con voz ronca, sin molestarse en mirarlo, solo cerro lo ojos , como si asi pudiera enfrentar mejor su realidad.
Lorenzo se acercó al mueble bar de nogal con tranquilidad, no era la primera vez que él debia servirle bebidas luego de un mal dia, pero nunca penso que el motivo de esa ocasion seria una mujer. Podia enfrentar asesinos profesionales, capos mas viejos que él sin sentir el mas minimo estremecimiento, pero una bofetada y una mirada fria lo habian derrotado como si él fuera cualquier hombre. Lorenzo vertió un chorro generoso de un whisky de malta ahumado sobre un par de cubos de hielo que tintinearon contra el cristal fino. Ese sonido fue el único que se escucho durante varios segundos, como si se tratara de un sonido terapeutico que ni Elio ni Lorenzo querian romper.
—¿Crees que hice bien, Lorenzo? —preguntó Elio de repente, aceptando el vaso empañado que su mano derecha le tendía—. A mi Amalia... a la mujer que yo conocí, a la que amé, nunca la vi tan fuera de sí. Jamás la vi tan histérica ni tan llena de un veneno tan salvaje como el que corre por las venas de esa chica de arriba. Es como sifuera una persona totalemente diferente, alguien mucho más...hostil.
Lorenzo no pudo evitar que una pequeña carcajada ironica, casi imperceptible, se le escapara de sus labios. Elio le tenia tanta confianza que solo él le permitía que le hablara asi, no solo era una posición ganada a base de lealtad y sangre compartida, sino que Elio lo consideraba como un hermano mas que la cacatua que habia ido a cantar con su madre.
—Con todo el respeto que le debo a su posición, Don Elio —dijo Lorenzo, cruzándose de brazos y apoyándose contra la estantería llena de libros antiguos—, yo tampoco tendría el mejor de los humores si un desconocido me drogara en un callejón, me metiera a la fuerza en un avión privado y me despertara en una isla paradisíaca que no es más que una prisión de lujo. ¿Qué esperaba usted realmente? ¿Ser recibido con los brazos abiertos, un beso y un "gracias por salvarme de mi aburrida vida"? La realidad rara vez se ajusta a sus planes, señor.
Elio bebió un sorbo largo y ardiente, sintiendo el calor del alcohol bajando por su garganta como algo necesario, pero el nudo de ansiedad en su pecho no cedió lo más mínimo. Sus ojos se fijaron en el jardín, pero su mente estaba atrapada en el piso de arriba.
—Esperaba su confusión, eso es cierto, tambien esperaba su miedo, eso es lógico y comprensible. Incluso esperaba que intentara huir en cuanto tuviera fuerzas —confesó Elio, su voz perdiendo parte de su dureza—. Pero no estaba preparado para esa mirada de odio, que me dirigió cuando cerré la puerta de la habitación. Fue como si me estuviera mirando un enemigo que me desea ver muerto de la forma más dolorosa posible. No reconozco a Amalia en esos ojos.
—En su situación actual, es lo más normal del mundo —replicó Lorenzo con su habitual calma—. Para ella, usted es el villano de una historia que no comprende, ella no recuerda quién es usted, ni quién fue ella antes del fuego. Si lo que desea es que deje de mirarlo como a un carcelero, tendrá que ganarse su confianza gramo a gramo y créame, castigarla y amenazarla no es precisamente el inicio ideal para un romance, ni siquiera para uno tan retorcido y complicado como el suyo.
Elio no respondió, pero suspiro al sentir el peso de la culpa de sus acciones. Se habia vuelto tan obsesivo desde que la habia perdido la primera vez que, su cabeza aun no lograba comprender que esa mujer no lo veia como su antiguo amor, sino como un loco que la habia secuestrado al verla solo una vez, sin entender que para él, la historia era completamente distinta. Finalmente, dejó el vaso sobre la mesa auxiliar con un golpe seco que delataba su frustración.
—Ordena de inmediato que todos los utensilios de cocina, cuchillos, herramientas de jardín, cristalería pesada... cualquier cosa que pueda usarse como arma ofensiva o defensiva, sea guardada bajo llave. No quiero más sorpresas sangrientas ni más ventanas rotas hasta que yo lo ordene —sentenció, y luego cambió el tono de su voz, volviéndose mucho más oscuro y profesional—. Ahora, hablando de otra cosa. ¿Hay noticias sobre el paradero de Vincenzo Thelle?
Vincenzo Thelle no era un nombre cualquiera, había sido la mano derecha de Cosimo Cavallaro, el perro de presa más fiel y el brazo ejecutor de las órdenes más sucias y sangrientas del viejo Don, si alguien conocía la verdad sobre el pasado, era él.
—Hasta el momento no hay rastros fiables de su ubicación, Don Elio —respondió Lorenzo, recuperando su postura de jefe de seguridad—. Como usted bien recuerda, meses antes de que su padre muriera, Vincenzo dejó la organización de manera abrupta. Poco tiempo después, la policía local encontró un cuerpo en un río cerca de Livorno. Estaba demasiado descompuesto para una identificación visual fiable, pero llevaba su reloj de oro, su anillo de sello con el emblema de la familia y todas sus pertenencias personales. El caso se cerró rápidamente como un ajuste de cuentas entre bandas menores.
Elio soltó una carcajada gélida y seca.
—Una cortina de humo tan burda que me ofende —murmuró, apretando los dientes—. Una distracción barata para que yo, y cualquier otro que tuviera motivos para buscarlo, dejáramos de rastrearlo. Vincenzo es un zorro viejo, no se dejaría matar ni arrojar a un río cualquiera como un vulgar ladrón de poca monta. No me detendré hasta encontrarlo, Lorenzo, no importa cuánto dinero o cuántas vidas cueste. Porque todos los testigos que pude interrogar y eliminar, coinciden en lo mismo, él fue el encargado directo de asesinar a Amalia en aquel incendio provocado.
Lorenzo guardó silencio un momento, analizando la situacion con cuidado. En especifico una pregunta que había estado rondando su mente desde que vio la imagen de Emilia cuando estaba recabando informacion de los empleados del hotel.
—Si la mujer que está en la habitación de arriba es ella... si Emilia es realmente su Amalia —planteó Lorenzo con cautela—, ¿por qué Vincenzo no terminó el trabajo? Él nunca fallaba una ejecución. ¿Por qué la dejó vivir, la curó de alguna manera y permitió que desapareciera bajo una identidad falsa? No tiene sentido, a menos que Vincenzo tuviera sus propios planes.
Elio se puso de pie lentamente, caminando hacia el ventanal para observar el horizonte donde el azul del mar se encontraba con el cielo en una línea perfecta. Su reflejo en el cristal mostraba el rostro de un hombre atormentado por una verdad incompleta que aún se le escapaba de las manos, un hombre que preferiría quemar el mundo antes que perderla de nuevo.
—Eso es exactamente lo que vamos a averiguar cuando lo encontremos, Lorenzo —respondió Elio con una frialdad que prometía derramamiento de sangre—. Y cuando lo haga, me aseguraré de que su muerte real no sea, ni de lejos, tan rápida ni tan piadosa como la que fingió en aquel río.