Si mi abuela mostró sorpresa, no lo demostró. Tampoco dijo nada, sólo olo se dedicó a observarme fijamente, examinando detalle a detalle conmigo, con quien de alguna forma, compartía sangre; quizás buscando las diferencias y las similitudes entre ambos. Similitudes que se habían acentuado o marcado de mejor manera con el paso de los años; y, seguramente intentando averiguar cómo es que había crecido tanto en tan poco tiempo. —Bueno, usualmente esta es la parte en donde me llamas "demonio enfermo", me echas en cara lo de la sangre y armas un escándalo. —¿Acaso quieres que te felicite? —preguntó, con voz cansada y tono desinteresado. No respondí, expectante—. ¿Puedo preguntar el motivo de aquella decisión? —No te incumbe… abuela —pronuncié la palabra más por obligación que por otra cos