[ELARA]
Obsidian queda en silencio como si nunca hubiera estado vivo.
Las luces bajan lo suficiente para borrar cualquier rastro de lo que ocurrió hace apenas minutos, pero el aire no cambia tan rápido. Sigue cargado, denso, impregnado de todo lo que pasó entre estas paredes. El eco de los cuerpos, de las decisiones, de los errores… se queda flotando incluso cuando ya no hay nadie.
Camino sola.
El sonido de mis pasos es lo único que rompe esa quietud controlada, y por un momento intento concentrarme en eso, en algo simple, en algo que no implique pensar.
No funciona.
El beso vuelve.
No como recuerdo.
Como sensación.
La presión exacta de su boca, la forma en que no dudó, en que no pidió nada, en que simplemente… tomó.
Cierro los ojos un segundo.
Error.
Porque lo siento más.
Exhalo despacio y sigo caminando.
Tengo que salir de eso.
Tengo que volver a lo que esto es.
A lo que siempre ha sido.
Lo encuentro donde sabía que estaría.
Dominic no se mueve cuando el club se vacía. Nunca lo hace. Se queda, como si el lugar le perteneciera incluso cuando ya no queda nadie para verlo, como si todo lo que ocurre aquí no terminara realmente hasta que él decide que terminó.
Me detengo frente a él.
Esta vez no hay transición.
No hay espacio para prepararme.
—Está hecho —digo.
Mi voz es firme.
Controlada.
—Entraré en su empresa. Tendremos participación directa, acceso total y capacidad de decisión.
No añado nada más.
No necesito hacerlo.
El silencio que sigue es inmediato.
Pesado.
Incorrecto.
Dominic no responde.
Y eso—
eso es lo primero que me dice que algo está mal.
Se levanta despacio.
Demasiado despacio.
No hay prisa en el movimiento, pero tampoco hay duda. Acorta la distancia sin esfuerzo, como si no existiera nada entre nosotros que pudiera detenerlo, como si el resultado ya estuviera decidido antes de que yo hablara.
No retrocedo.
Pero mi cuerpo se tensa igual.
—¿Entrarás… a su empresa? —repite.
Su voz es baja.
Pero no es calma.
Es otra cosa.
Algo más oscuro.
—Sí —respondo—. Es la única forma de asegurar control real.
El error está ahí.
Lo sé en cuanto lo digo.
Lo veo en sus ojos.
Dominic se detiene frente a mí.
Demasiado cerca.
Su mano sube sin aviso y se cierra alrededor de mi cuello con más fuerza que antes, sin transición, sin suavidad, obligándome a reaccionar, a ajustar el cuerpo, a sentir el control de forma inmediata.
—Ese no era el plan.
No lo dice alto.
Pero lo siento igual.
En la presión.
En la forma en que corta el aire.
—El plan era que él cediera —continúa—. Que entregara participación.
Su agarre se ajusta.
Más firme.
—No que tú te convirtieras en parte de su empresa.
Mi respiración se corta apenas.
No por miedo.
Por la claridad.
—Es más efectivo así —digo, sosteniendo la mirada como puedo—. Tendremos acceso directo, control desde dentro, influencia real sobre cada decisión.
Dominic me observa.
No está evaluando.
Está conteniéndose.
Y eso—
eso es peor.
—No te pago para que tomes decisiones —dice—. Te pago para que ejecutes las mías.
El golpe no es físico.
Pero pesa igual.
Su mano se desliza desde mi cuello hacia mi mandíbula, sujetándola con firmeza, obligándome a mantener el rostro en el ángulo que él decide.
—No te puse ahí para que te metas en su mundo —añade—. Te puse ahí para que él entrara en el mío.
No respondo.
No hay forma de hacerlo sin empeorar esto.
Y aun así—
—Funciona mejor así —repito.
Error.
Lo sé en el instante en que lo digo.
Dominic sonríe.
No hay nada de agradable en eso.
—Claro que funciona mejor —dice.
Su mirada baja.
A mi boca.
Y ese pequeño gesto es suficiente.
—Para él.
El silencio se rompe.
Pero no con palabras.
Su boca cae sobre la mía sin advertencia, sin control, sin intención de suavizar nada. No es un beso. Es una imposición. Un recordatorio. Una forma de borrar cualquier rastro de lo que no debería haber pasado.
Mi cuerpo responde.
Pero no de la forma correcta.
Y eso—
eso lo delata todo.
Porque la comparación aparece sin permiso.
Julian.
La forma en que me sostuvo.
La forma en que—
No.
Intento cortarlo.
Pero ya es tarde.
Dominic se aparta apenas.
Lo suficiente para verme.
De verdad.
Y lo encuentra.
Ese mínimo cambio.
Esa diferencia.
Esa grieta.
Su expresión cambia.
No mucho.
Pero lo suficiente.
—Lo besaste.
No es una pregunta.
Es una certeza.
No respondo.
No puedo.
Y ese silencio— es la confirmación.
Su mano vuelve a mi cuello.
Más fuerte esta vez.
—Te dije que con él no.
La presión aumenta.
No hasta el dolor.
Hasta el límite.
—No te confundas —dice, inclinándose lo suficiente para que no haya distancia entre nosotros—. Tú no decides con quién cruzas esa línea.
Mi respiración se vuelve más irregular.
No por el contacto.
Por lo que implica.
—Tu hermano sigue vivo porque yo quiero —añade—. Y eso puede cambiar.
El golpe es limpio.
Definitivo.
No hay respuesta.
No hay defensa.
Solo verdad.
Dominic se aparta finalmente, como si el momento ya no le interesara, como si hubiera recuperado lo que cree que es suyo.
Pero no lo ha hecho.
Porque mientras me alejo, mientras recupero el aire, mientras intento volver a ese punto donde todo estaba claro— hay algo que no desaparece.
Algo que no debería estar ahí.
No después de esto.
No después de él.
Y aun así— sigue.