[JULIAN]
No dormí.
No porque no pudiera, sino porque no tenía sentido hacerlo. La noche no terminó cuando salí de ese lugar; se quedó conmigo, pegada a la piel, en la forma en que todavía puedo sentirla sin esfuerzo, en cómo mi cabeza vuelve una y otra vez al mismo punto sin necesidad de buscarlo.
Elara.
La forma en que me miró.
La forma en que decidió.
Y el momento exacto en que entendí que nada de eso era solo una negociación.
Apoyo las manos sobre el escritorio, observando los números abiertos frente a mí sin verlos realmente. La empresa sigue cayendo, eso no cambia, pero por primera vez en semanas no es lo único que ocupa mi atención.
Y eso es un problema.
El trato.
Lo que implica.
Y lo que no estoy dispuesto a aceptar.
Exhalo despacio, enderezándome apenas, pasando una mano por mi mandíbula mientras dejo que el silencio de la oficina haga lo que tiene que hacer.
Y entonces—
la puerta se abre.
Sin aviso.
Sin llamada.
Sin permiso.
No levanto la mirada de inmediato, pero mi cuerpo sí responde, ajustándose apenas, reconociendo ese tipo de presencia que no entra por error.
—Deberías enseñar a tu gente a anunciar visitas —digo, con calma.
La puerta se cierra detrás de él con precisión.
—No suelo esperar permisos.
Levanto la mirada.
Y lo entiendo.
No lo conozco.
Pero lo entiendo.
Es alto, pero no es eso lo que impone. Es la forma en que se mantiene, completamente estable, como si nada a su alrededor tuviera la capacidad de alterarlo. Lleva un traje oscuro perfectamente ajustado, sin rigidez, sin exceso, como si no necesitara demostrar nada porque todo ya está dicho.
Su rostro no busca agradar.
No lo necesita.
Las facciones son precisas, marcadas, con una simetría que no suaviza nada. La mandíbula firme, la boca contenida, cada gesto medido antes de existir.
Pero son sus ojos.
Oscuros.
Fríos.
No observan.
Evalúan.
Ese tipo de mirada no se aprende.
Se ejerce.
Se acerca un paso.
Lo justo.
—Elara no formará parte del acuerdo.
Directo.
Sin rodeos.
Lo observo un segundo más.
No por duda.
Por confirmación.
—Imagino que eso te convierte en la persona con la que realmente estoy negociando —respondo.
Su mirada no cambia.
—Dominic Ravel.
No extiende la mano.
No espera nada.
Solo lo dice.
Como si fuera suficiente.
Y lo es.
—Julian Morel.
No necesito añadir más.
Ya lo sabe.
Se acerca apenas.
—Ella trabaja para mí.
La frase cae como una línea clara.
Una advertencia.
Una posesión.
Y en ese instante entiendo algo que ya intuía.
Elara no es libre.
Y eso cambia todo.
—Entonces es un problema —respondo.
Mi tono no cambia.
—Porque no trabajo con estructuras que no puedo ver.
Dominic sostiene la mirada.
—Tendrás capital —dice—. Tendrás acceso. Tendrás todo lo que necesitas.
Un paso más.
—Sin ella.
Lo observo.
De verdad.
Y en ese momento—
todo se ordena.
—Entonces no hay trato.
No elevo la voz.
No hace falta.
Pero lo rompo.
Lo veo.
Apenas.
Lo suficiente.
—Te estás equivocando —dice.
—No —respondo—. Me estoy asegurando de no hacerlo.
El aire cambia.
No de forma visible.
Pero sí lo suficiente.
—No voy a meter a mi empresa en un sistema donde alguien más decide quién forma parte de mis decisiones —añado—. Y definitivamente no voy a aceptar condiciones que no puedo controlar.
Mi mirada no se aparta.
—Así que no.
El silencio cae.
Pesado.
Real.
Y por primera vez—
no es él quien lo controla completamente.
—No estás en posición de rechazar esto —dice.
—Eso depende —respondo.
Doy un paso hacia él.
Lo justo.
—Porque si realmente necesitas mi empresa… de repente sí lo estoy.
Ahí está.
La verdad.
No la mía.
La suya.
Y la ve.
Lo noto.
No en una reacción evidente.
En el cálculo.
Rápido.
Preciso.
Porque esto—
esto no estaba en su plan.
El silencio se alarga apenas.
Lo suficiente.
—Ella entra —dice finalmente.
La frase no es cómoda.
No es suave.
Pero es real.
—Pero no confundas eso con control.
La ligera curva en mis labios no llega a ser una sonrisa.
—Nunca lo hago.
Nos sostenemos la mirada un segundo más.
Y en ese instante entiendo exactamente lo que acaba de pasar.
No gané.
Pero tampoco cedí.
Y en este tipo de juego— eso es lo que cambia todo.