Llevo conduciendo más de treinta minutos, y ella mira por la ventana como si intentara adivinar mi destino. Me encanta verla así: curiosa, expectante, confiando en mí sin reservas. Cuando estaciono frente a la marina, la sorpresa en su rostro me confirma que elegí bien. —¿Qué? ¿Iremos a navegar? —pregunta con los ojos muy abiertos. No respondo de inmediato. Me bajo del auto, rodeo el capó y abro su puerta. La forma en que me mira… Dios, si supiera lo que me provoca. —Te llevaré a pasar una tarde inolvidable —le digo, y su sonrisa vale más que cualquier paisaje del Lago di Como. La tomo de la mano. Su mano pequeña, cálida, encaja tan perfectamente en la mía que a veces olvido que somos recién novios. Mi corazón insiste en que la conozco desde antes. Caminamos por el amarradero mientr

