Sigue acostada boca abajo entre las sábanas, con mi camiseta puesta, el cabello desordenado sobre su espalda desnuda… y juro que es la imagen más hermosa que he visto en mi vida. Acabo de dejarla sola unos minutos para prepararle algo de comer, pero mientras bajo del camarote con la bandeja en las manos siento que la llevo grabada en la piel: sus dedos, sus uñas, sus gemidos, su cuerpo temblando por primera vez bajo el mío. Y cuando vuelvo a subir y la veo levantarse para mirarme, me quedo sin aire. —Principessa… —murmuro apoyado en el marco de la puerta. Sus ojos recorren mi cuerpo. Estoy en bóxer, sin camisa, con el pecho aún marcado por sus uñas. Su mirada… Dios, su mirada me incendia. Entro en la habitación y camino hacia ella despacio, disfrutando el efecto que le provoco. Dejo la

