Son más de las doce cuando por fin llegamos a la casa. Entramos en silencio, como si el mundo entero pudiera romperse si alguna tabla del suelo cruje. Caminamos casi en puntas de pie, pero lo más extraño es que no lo planeamos: simplemente nos sale así, como dos adolescentes que vuelven de una escapada prohibida. Y aunque es absurdo, también es necesario. Lo nuestro es demasiado nuevo, demasiado íntimo, demasiado frágil como para ponerlo en manos de la curiosidad ajena. —Recuerda que no podemos confiar en nadie —le murmuro al oído cuando llegamos al pie de la escalera. Ella se gira. Me mira. Y esa sonrisa suave, íntima, escondida, me atraviesa el pecho. —Lo sé… solo confío en ti —dice. Y se me afloja algo por dentro. Algo que no sabía que llevaba tenso desde hace años. —No me hagas l

