De pronto, Lucía se carcajea. La risa le sale fuerte, espontánea, casi liberadora. Alexander la mira confundido, como si ella acabara de decir un disparate. —Sé que vives aquí como si fueras el dueño, dando órdenes a todos… —dice ella entre risas— incluso duermes en la habitación principal, pero no deberías usurpar la identidad de Alexander. Eres muy pretencioso. Él está enfermo, no te aproveches de eso, eres su amigo. Alexander parpadea, desconcertado. Por un segundo, cree que no escuchó bien. Pero sí, lo escuchó. Ella realmente cree que está bromeando. O peor aún, que está mintiendo. Y de todas las respuestas posibles… esa es la única que no había anticipado. Quizás debió decírselo de otra forma, tal vez con más calma, o en un momento menos casual que la cena. Pero ahora ya no tiene

