CAPÍTULO 2

1976 Words
POV. Silas Arrastro los pies por el pasillo de la tercera planta del hospital con una lentitud espantosa. La alteración psicomotriz del bajón de la cocaína no es solo física; es una costra mental que me hace sentir el cuerpo como si estuviera relleno de cemento húmedo. Cada articulación me pasa factura. Siento el roce de la tela de la camisa contra mi piel sudorosa, y es como llevar una lija áspera recordándome el fango del que Casper me acaba de arrancar. Huelo a calabozo aun después de haber tomado una ducha rápida en casa. Huelo a ese sudor frío que destilan los hombres desesperados cuando se dan cuenta de que las rejas no son un decorado de videoclip, sino barras de acero macizo que huelen a óxido y a orina vieja. Pasé la jodida noche encerrado en una celda de tres por tres, escuchando los sollozos de un trapero de pacotilla que no paraba de vomitar su propio miedo y el monólogo esquizofrénico de un tipo que aseguraba tener conexiones con los ejecutivos de la Warner Bros. Y lo peor no fue el suelo frío, ni la luz blanca parpadeante que me impidió pegar el ojo un solo segundo. Lo peor fue la certeza absoluta de que el desastre apenas está comenzando a rodar por la colina. "De la boda más esperada a la celda de detención: El aclamado productor musical Silas Vance, arrestado en una redada de drogas y prostitución". Esos son los titulares. Y no son nada favorecedor. Mañana a primera hora tengo que sentarme frente a un juez de la fiscalía del distrito con la espalda recta y los ojos fijos en un estrado, sabiendo que, aunque Douglas haya logrado tumbar el cargo federal por posesión gracias a las declaraciones de las escorts, sigo bailando en la cuerda floja. El fantasma de una temporada en prisión, una real, sigue flotando sobre mi cabeza como una guillotina oxidada. Si el juez decide ensañarse conmigo para colgarse una medalla mediática ante la prensa de Los Ángeles, mi legado, mis contratos de producción, los derechos de autor de mis bandas sonoras... todo se irá directo al incinerador. Pero ahora mismo, la perspectiva de la cárcel ni siquiera es lo que me está partiendo la caja torácica. Es la culpa. Es esta maldita opresión ácida que me sube por el esófago cada vez que respiro. Mi madre. Esta vez mi madre no lo soportó. Su corazón, ese motor frágil que siempre latió al ritmo de del orgullo familiar, colapsó cuando los titulares de TMZ empezaron a escupir mi nombre junto a las palabras red de prostitución y sobredosis. Colapsó mientras yo flotaba en una nube de euforia artificial en una suite carmesí, creyéndome el rey de un mundo de plástico. Doy un paso tras otro, forzando a mis pulmones a expandirse en este aire rancio de hospital. Noto los ojos indiscretos. A pesar de llevar las gafas de sol oscuras para ocultar mis pupilas dilatadas y las venas rotas de mi esclerótica, la gente me reconoce. Veo a una enfermera joven detenerse a mitad del pasillo con una bandeja de viales, mirándome de reojo antes de susurrarle algo al oído a un médico residente. Veo a un tipo con el brazo entablillado levantar el rostro de la pantalla de su móvil, comparando la fotografía borrosa de mi arresto que ya es tendencia número uno en X con el despojo humano que camina frente a él. Los ignoro. Aprendí a ignorar las miradas desde que tengo memoria; en este negocio, la atención ajena es solo ruido de fondo, una frecuencia estática que aprendes a ecualizar para que no arruine la pista principal. Doblo la esquina hacia el ala de cuidados intensivos coronarios, preparado para encontrarme con la mirada de hielo de Yusuf Vance, cuando el destino decide recordarme que el universo cinematográfico de Hollywood es un pañuelo arrugado y manchado de sangre. A unos diez metros de mí, apoyada a medias contra la pared de bloques pintados de un verde pálido enfermizo, está ella. Audrey Hart. Me detengo un milisegundo por puro instinto, sintiendo cómo los engranajes de mi cabeza, entorpecidos por los químicos, tardan un instante más de lo habitual en procesar la imagen. La exprometida de Alistair. La mujer que estuvo a punto de convertirse en parte de nuestro círculo. A pesar del entorno y a pesar de las circunstancias, va impecable. Es una especie de don maldito que las actrices de su calibre tienen tatuado en el ADN: la capacidad de parecer una jodida deidad de la gran pantalla incluso cuando el mundo a su alrededor se está desmoronando. Viste de manera informal, con unos vaqueros oscuros ceñidos que delinean la estructura delgada de sus piernas y una blusa de seda blanca que cae con una fluidez insultante sobre su torso. Lleva unos estiletes negros de aguja que añaden varios centímetros a su ya estilizada silueta, haciendo que el eco de sus pasos, si estuviera caminando, sonara como una declaración de guerra. Su melena rubia y corta, ese corte tan característico que los directores de fotografía solían adorar porque enmarcaba sus facciones a la perfección, está peinada sin un solo mechón fuera de lugar. Sin embargo, cuando me acerco lo suficiente como para que la distancia reduzca las máscaras a la nada, veo las grietas en el óleo. Los surcos oscuros bajo sus ojos verdes son densos, profundos, imposibles de camuflar del todo a pesar del corrector de maquillaje que se nota que se aplicó a prisa en algún baño público. Su piel carece del brillo habitual de las alfombras rojas; está opaca, tensa, estirada alrededor de unos pómulos que se ven más afilados de lo normal. No soy el único que está teniendo días infernales. ¿Debería sentir algo de empatía por ella? Por supuesto que no. Nunca he sido santo de su devoción ni ella el mío. Audrey Hart es una perra. Una trepadora profesional que pensó en utilizar a Alistair como un peldaño más en su escalada hacia la cima de la relevancia cinematográfica, una mujer fría y con objetivos claros. Pero digamos que el karma es una perra de colmillos largos, porque desde que ese compromiso fracasó estrepitosamente, y desde que ella decidió desvincularse por completo del ala protectora y corrupta de su padre, su carrera ha sido un bache constante. Una caída libre sin paracaídas. Además, no se portó bien con Stella; intentó pisotear a la mujer que ahora es la esposa de Alistair. Se creyó la omnipotencia y el circuito de Hollywood se cobró la factura cerrándole las puertas en las narices. Verla aquí, desprovista del brillo de los estudios, es la prueba de que la industria te mastica y te escupe sin parpadear. Justo cuando estoy a tres pasos de pasar por su lado, fingiendo que no existe, sus labios se curvan en una sonrisa fría, carente de cualquier calor humano. Es una mueca cargada de veneno que me saca de mi ensimismamiento de golpe. —Vaya, pero si es el hijo díscolo de Hollywood —suelta, y su voz, modulada con esa perfecta dicción teatral que tanto ensayan, destila un sarcasmo tan puro que casi puedo oler el azufre. Me detengo en seco. La adrenalina de la confrontación hace un amago de encenderse en mis venas, peleando contra el letargo de la resaca química. La miro desde arriba, dejando caer ligeramente las gafas de sol por el puente de la nariz para que pueda ver el desastre inyectado en sangre que son mis ojos. No estoy de humor para soportar sus complejos de superioridad caídos en desgracia. No hoy. No cuando mi madre está a unos metros de distancia por mi culpa. —Vaya, pero si es la princesa olvidada de Hollywood —replico, forzando un tono idéntico, una vibración de desprecio que resuena con fuerza en el pasillo silencioso—. ¿Ya vomitaste hoy, Audrey? Sus ojos verdes se entrecierran al instante, transformándose en dos dagas relucientes que me fulminan con una intensidad que me quema la piel. Sé que me he pasado. Sé que evocar los rumores de pasillo sobre su colapso de salud es un golpe bajo y ruin. Pero mi paciencia se quedó enterrada en el suelo del calabozo y no tengo espacio mental para su sarcasmo de mierda. —Imbécil —sisea entre dientes, dando un paso imperceptible hacia adelante, el olor a su perfume de diseñador —algo cítrico y caro— mezclándose de mala manera con el olor a cloroformo del ambiente. Veo el momento exacto en el que recompone su postura, alzando la barbilla y recuperando esa máscara de soberbia y altivez que la mantuvo en la cima durante años. Una fachada de hielo indestructible. —Digamos que he vomitado la misma cantidad de veces que tú has tenido tu dosis de penicilina —espeta con una rapidez felina, devolviéndome el golpe directo a la yugular, haciendo alusión directa al escándalo de las escorts y la supuesta suciedad de mi noche de excesos—. ¿No se te ha caído el pene aún por andar metiéndolo en vertederos, o es que la policía te hizo un descuento de cortesía? Abro la boca de inmediato, sintiendo una oleada de rabia genuina agolparse en mis dientes, dispuesto a soltarle una de las mías que la deje temblando contra la pared. —Señorita Hart —una voz neutra, desprovista de cualquier dramatismo, interrumpe el hilo de nuestra hostilidad. Ambos giramos la cabeza de forma sincronizada, como dos depredadores a los que les han quitado una presa de la boca. Una enfermera madura, con un uniforme azul pálido y una tabla de notas sujeta contra el pecho, nos observa desde la puerta de un laboratorio clínico no muy lejos de donde estamos parados. Su mirada pasa de Audrey a mí para posteriormente volver a ella. —Podemos tomar las muestras ahora. —Anuncia la mujer con tono profesional. Audrey no parpadea. Aspira una bocanada de aire lenta, asiente con la cabeza hacia la enfermera con una cortesía gélida que parece ensayada ante un espejo y se endereza por completo, recolocándose el bolso de cuero que cuelga de su hombro con un movimiento seco de la muñeca. Se toma un segundo extra antes de avanzar. Se gira hacia mí, sus ojos verdes clavándose en los míos una última vez, una mirada rebosante de un odio tan puro, tan concentrado y tan vivo que, de manera increíble y totalmente irracional, provoca que las comisuras de mis labios se curven hacia arriba. Una sonrisa divertida, casi imperceptible, se dibuja en mi rostro a pesar de la absoluta mierda que es mi vida en este instante. Hay algo extrañamente reconfortante en encontrar a alguien que no te agrada y el sentimiento es mutuo. La observo caminar hacia la puerta del laboratorio, el taconazo de sus estiletes resonando contra el suelo como una cuenta atrás antes de una detonación. Desaparece tras la puerta de madera blanca sin mirar atrás ni una sola vez, dejándome a solas con el eco de su hostilidad. Entonces, el silencio del pasillo vuelve a caer sobre mí como una manta empapada en agua helada. La pequeña chispa de diversión que su presencia me provocó se extingue en un parpadeo, succionada por el vacío de la realidad que me aguarda al final del pasillo. Recuerdo exactamente por qué estoy aquí. Recuerdo a mi madre, recuerdo mi situación y el zumbido de mi cabeza regresa. Suelto un suspiro largo, pesado, que parece arrastrar los últimos restos de la adrenalina artificial que me mantenía en pie. Me coloco las gafas de sol correctamente sobre los ojos, ocultando mi desgracia del resto del mundo, y retomo mi camino hacia mi destino, sabiendo que el verdadero infierno no está en los calabozos, sino detrás de la puerta donde mi familia me espera para juzgarme.
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