CAPÍTULO 3

2701 Words
El sonido de la puerta de madera blanca al cerrarse a mi espalda no es suficiente para apagar el incendio que Silas Vance acaba de encender bajo mi piel. Camino los tres pasos que me separan de la silla de vinilo azul del laboratorio con una rigidez que roza lo doloroso, sintiendo el impacto de mis propios estiletes contra el linóleo como si fueran pequeños disparos de artillería. Es un idiota. Un imbécil arrogante, destructivo y con el cerebro carcomido por los excesos. «Como si el calabozo del que acaba de salir fuera una medalla al mérito». Pero lo que me quema las entrañas, lo que hace que note el flujo de la sangre golpear con una violencia salvaje contra mis sienes, no es su mera existencia. Es el hecho de que haya tenido la audacia de poner el dedo sobre la llaga más purulenta de mi vida. ¿Ya vomitaste hoy, Audrey? La frase sigue flotando en mi canal auditivo, gélida, venenosa, destilando esa clase de crueldad casual que solo los hombres que lo han tenido todo de nacimiento se pueden permitir. Sacar a relucir los rumores de mis supuestos trastornos me ha cabreado muchísimo más de lo que he dejado traslucir detrás de mi máscara de soberbia. Me costó cada gramo de mí no cruzarle la cara de un bofetón allí mismo, frente a las enfermeras y los médicos residentes que devoraban el espectáculo con ojos de carroñeros. Me siento en la silla, apoyando la espalda tan recta que la costura de mi blusa de seda blanca se tensa contra mis omóplatos. Cruzo las piernas con una suavidad ensayada, pero por dentro soy un manojo de nervios expuestos. Mi reputación está por los suelos. No en un bache temporal, no en una crisis de relaciones públicas de esas que se solucionan con una entrevista lacrimógena en el prime time de la televisión nacional. Estoy a punto de perderlo todo. Absolutamente todo. He trabajado durante años, desde que era una adolescente que sacrificaba sus horas de sueño en audiciones humillantes, para llegar a la cima. Para ser la mejor en una industria, fui hasta hace poco la actriz más aclamada de mi generación, la "Princesa de Hollywood", la que garantizaba cien millones de dólares en taquilla solo con tener mi rostro en el cartel promocional. Los directores se daban de bofetadas por conseguir una semana de mi agenda; las marcas de lujo se arrastraban para que luciera sus diamantes en la escalinata de Cannes. Y ahora, todo ese imperio de cristal se está fragmentando en mil pedazos bajo mis pies. La racha maldita comenzó con una precisión alarmante tras mi ruptura con Alistair Sterling. El famoso, brillante y premiado director de cine. El hombre con el que se suponía que iba a consolidar el matrimonio real de la industria. Rompimos en términos maduros, racionales, el resultado lógico de dos personas que ya no se amaban. Pero Hollywood no entiende de matices ni de elegancia. Hollywood prefiere el morbo de la carne ensangrentada. La industria no ha dejado de tildarme, desde el mismísimo día en que se canceló el evento, como la novia dejada a menos de veinticuatro horas de la boda. Una mujer rechazada a las puertas del altar. Los shows de televisión nocturnos han hecho de mi humillación su combustible diario. El sarcasmo rancio con el que los presentadores pronuncian mi nombre, acompañado de montajes fotográficos de mí con vestidos de novia falsos o caras distorsionadas por el llanto, me toca cada maldito nervio del cuerpo. Se burlan de mi caída con una saña que me revuelve el estómago, devorando los restos de la farsa que el público tanto amaba. Y para colmo, para terminar de cavar mi fosa, el alejamiento definitivo con mi padre solo ha traído más oscuridad a mi trabajo. No es un alejamiento normal; es una guerra de exterminio mutuo. Leonard Hart no es solo mi progenitor; es una de las mentes más retorcidas que he conocido en mi vida. Y cuando decidí desvincularme de su control, cuando le dejé claro que no volvería a ser su marioneta, se desató el infierno. Toda esta humillación, esta peregrinación obligada por los laboratorios clínicos de Los Ángeles, no es más que la consecuencia directa de su última jugada maestra. Mi padre filtró a los medios la narrativa de que mi salud mental se ha quebrado por completo tras la ruptura con Alistair, insinuando que soy un peligro para mí misma y para las producciones que se atrevan a contratarme. Una patraña diseñada con el único propósito de hundirme, de asfixiarme financieramente hasta que regrese de rodillas a rogarle perdón. Por eso estoy aquí. Para demostrar, con la fría evidencia de análisis químicos, exámenes toxicológicos y peritajes médicos independientes, que estoy perfectamente cuerda. Que todo es una jodida mentira. Aunque el precio a pagar sea someterme a la humillación de las disculpas públicas y los comunicados donde tengo que pedir perdón por el simple hecho de haber sido difamada. Un zumbido metálico interrumpe la marea de mis pensamientos destructivos. Mi móvil, guardado en el compartimento interior de mi Birkin, empieza a vibrar contra la estructura rígida de la mesa auxiliar. Respiro hondo, conteniendo la náusea del enfado, y saco el aparato. Presiono la pantalla táctil y me lo llevo al oído sin siquiera mirar el identificador. En este punto de mi declive, las llamadas solo pueden significar dos cosas. Otro representante que me abandona por no aguantar la presión o un problema que gestionar. —¿Hola? —digo, modulando la voz para que suene como si estuviera sentada en el vestíbulo de un hotel de cinco estrellas y no en la antesala de un laboratorio de análisis de sangre. —Señorita Hart —la voz de Fina, mi asistente personal, llega con esa vibración rápida y ligeramente atemorizada que adopta siempre que las cosas se ponen difíciles—. Qué bueno que responde. El señor Lance me ha llamado tres veces en la última hora. Dice que usted no responde a las llamadas directas a su terminal personal. Asiento con la cabeza por puro reflejo, aunque sé que ella no puede verme a través de la línea inalámbrica. Lance. Mi nuevo representante. Un hombre que huele la sangre en el agua a kilómetros de distancia y que empieza a ver el porcentaje de mis contratos evaporarse como el agua en el desierto. —¿Qué es lo que quiere, Fina? —pregunto, manteniendo el tono gélido, controlando la velocidad de mis palabras. —Desea saber si ya ha decidido la fecha definitiva para el lanzamiento de HART & Co —continúa ella, haciendo referencia a mi línea de maquillaje—. Dice que los inversores de Nueva York están presionando por el escándalo y que necesitan fijar el evento antes de que el trimestre cierre. Además, me ha pedido que le consulte si pueden verse esta tarde en su oficina de Century City para revisar las cláusulas de rescisión del contrato de la distribuidora. Cierro los ojos un segundo, sintiendo el peso del mundo aplastarme el pecho. La línea de cosméticos. Mi balsa de salvación. El proyecto en el que he invertido más de la mitad de mis ahorros líquidos y que se suponía que me daría un nuevo escalón conquistado. Sé perfectamente de qué está hablando Lance, pero mi cabeza no está para negociaciones financieras con tiburones asustados. No todavía. Necesito reunirme primero con Casper Kross. Necesito sentarme en el despacho del único hombre que tiene la capacidad intelectual y el poder de medios necesario para diseñar una estrategia definitiva que haga que esto funcione. Si Kross no me da un escudo de relaciones públicas impecable, el lanzamiento de la línea nacerá muerto, sepultado por los titulares del escándalo. —Por favor, dile que no tengo una fecha fija aún —le ordeno a Fina, y trato de no entrar en pánico—. Y dile también que hablaremos en unos días más, cuando sepa con total certeza cómo vamos a proceder con la estrategia general. Que no se mueva hasta que yo dé la señal. —Sí, señorita Hart. Le transmitiré el mensaje exactamente con esas palabras —responde ella, aliviada de no ser el blanco de mi frustración—. ¿Algo más? —No. Es todo por ahora, gracias, Fina. Corto la comunicación con un toque seco en la pantalla y dejo caer el teléfono sobre mis vaqueros, observando cómo el técnico de laboratorio regresa a la sala portando una bandeja de acero inoxidable con las jeringas, los tubos de ensayo al vacío y los viales de desinfección. Es un chico joven, probablemente un graduado reciente de veintitantos años, que viste un uniforme blanco impoluto. Noto de inmediato el temblor sutil en sus dedos mientras acomoda los utensilios sobre la mesa auxiliar. Su voz es un hilo titubeante cuando rompe el silencio del cubículo. —Extienda su brazo aquí, por favor, señorita Hart —dice, sin atreverse a mirarme directamente a los ojos. Está nervioso. Sabe perfectamente quién soy; ha visto mis películas, ha leído los titulares estos días. Extiendo el brazo izquierdo sobre el soporte acolchado, exponiendo la piel pálida de la flexión del codo, y hago un esfuerzo consciente por relajar los músculos del cuello. Respiro profundo, llenando mis pulmones con ese aire cargado de alcohol, forzándome a encontrar un punto de equilibrio en medio de la tormenta. Mientras el técnico ata la banda elástica de goma alrededor de mi bíceps, la imagen de mi desagradable encuentro con Silas Vance vuelve a irrumpir en mi mente con la fuerza de un golpe físico. Qué tipo tan insoportable. Él, Alistair y Casper Kross... el trío de oro de la noche de Los Ángeles. Los hermanos de vida. Nunca fueron mis amigos. Jamás. Durante los años que duró mi relación con Alistair, yo siempre mantuve una distancia prudencial con su círculo íntimo. No es que haya sido abiertamente hostil, pero nunca compartí de verdad con ellos. Cuando estaban juntos, en esas fiestas privadas en las colinas o en los reservados de los clubes más exclusivos de Sunset, me parecían hombres descabezados, inmaduros, patéticos en su absoluta despreocupación por el estatus y las consecuencias de sus actos. Silas, siempre perdido entre partituras y excesos nocturnos que la prensa le tapaba por el peso de su apellido; Casper manejando los hilos de la moral de la ciudad con un cinismo que me erizaba el vello de los brazos. Yo no quería eso para mi vida. Yo deseaba estar con el Alistair serio, con el director maduro, exitoso, el hombre que construía arte con una disciplina envidiable. Quería que se desvinculara de esa energía salvaje y adolescente que sus amigos le contagiaban cada vez que se reunían. Pero el destino tiene un sentido del humor jodidamente retorcido. El Alistair serio y maduro terminó enamorándose de Stella Valenti. Una mujer que salió de la absoluta nada, una mujer desconocida que terminó convertida en su esposa a través de un matrimonio impulsivo en Las Vegas hace años que ninguno de los dos recordaba, justo mientras yo me dedicaba a planificar minuciosamente la boda de mis sueños. O, mejor dicho, la boda que yo quería creer que era de mis sueños. Un pinchazo agudo en la vena de mi brazo me devuelve a la realidad del cubículo. Observo el flujo de mi propia sangre, de un rojo oscuro y denso, llenar el primer tubo de ensayo de plástico. No aparto la mirada. He visto cosas peores. He hecho cosas peores. Si pongo las cartas sobre la mesa, en la intimidad de mi propia conciencia, sé que fui rastrera. Fui una mala persona durante los últimos meses del compromiso de Alistair. Moví hilos en la sombra, utilicé la influencia para intentar sabotear a Stella, intenté pisotearla para defender lo que, en mi soberbia ciega, pensaba que era de mi propiedad por derecho de antigüedad. ¿Me arrepiento de ello? Sí. Me arrepiento cada jodido día. Pero no me arrepiento por un ataque repentino de moralidad cristiana o por lástima hacia ellos; me arrepiento porque hice cosas de las que nunca me creí capaz. Descubrí una bajeza en mi interior, una mezquindad tan oscura y arrastrada para mantener mi estatus, que hoy me avergüenzo de ver mi propio reflejo en el espejo cuando me quito el maquillaje. Me convertí en el monstruo que la industria de Hollywood diseña tras bambalinas. Defender lo mío me costó la dignidad, y ahora las consecuencias de esas acciones continúan golpeando a mi puerta con una insistencia criminal. La filtración de Leonard fue el golpe de gracia. Mi propio padre, utilizando a sus contactos en los sindicatos de técnicos, consiguió y filtró a los medios de comunicación unos audios privados de la filmación de mi última película en Colorado. Unas grabaciones de sonido ambiental que nunca debieron salir de la sala de montaje. En ellas, se me escucha con total claridad hablar pestes de varios de mis compañeros de reparto, destrozando la reputación de actrices emergentes y cargando de mala manera contra el productor principal del estudio. Me quejaba con una soberbia insoportable por haberme hecho ir a Aspen a trabajar bajo ese frío maldito, usando un lenguaje soez, tiránico, el vivo retrato de la diva malcriada que el público adora odiar. Ese audio fue la confirmación que Hollywood esperaba para soltarme la mano. Todo el mundo me está dando la espalda. Los directores que antes me enviaban flores a los estrenos ahora no me toman las llamadas de cortesía; las ofertas de trabajo en producciones de primer nivel han disminuido a niveles alarmantes, reduciéndose a guiones de segunda categoría que no leería ni para encender la chimenea de mi ático. El escándalo amenaza con echar por tierra el lanzamiento cosmético, mi reputación y mi cordura de manera simultánea. —Ya casi terminamos, señorita Hart —el técnico interrumpe mis pensamientos, retirando el segundo vial con dedos temblorosos y colocando un pequeño apósito de gasa sobre la punción. Presiona con suavidad—. Mantenga el brazo flexionado durante unos minutos, por favor. —Gracias —le digo, recuperando el control de mis facciones, clavando en él una mirada de cortesía profesional que lo hace ponerse aún más rojo. Me pongo en pie con una lentitud felina, acomodando el bolso sobre mi hombro con un movimiento seco. Mientras camino hacia la salida trasera del hospital, esquivando las zonas comunes donde los paparazzi de TMZ se agolpan tras las vallas de seguridad, mi mente se enfoca en un solo nombre. Casper Kross. Él es la única razón por la que sigo respirando sin necesidad de un ansiolítico. El mejor publicista de la industria del entretenimiento. El hombre que es capaz de transformar un asesinato en un acto de defensa propia ante los ojos de la opinión pública. Sé que es el mejor amigo de Alistair, sé que es el hermano de vida de Silas, el idiota con el que me acabo de cruzar. Sé que no le caigo bien, pero por encima de todo, Casper es un profesional implacable que adora los desafíos imposibles. Y mi crisis es el Everest de las relaciones públicas de este año. ¿O no? Espero salir de este bache gracias a su mente fría y calculadora. Necesito su genialidad para limpiar el lodo que mi padre ha esparcido sobre mi apellido, para neutralizar los audios de Aspen y para obligar a los directores de los estudios a mirarme con el mismo respeto con el que lo hacían hace un año. Haré lo que sea necesario para que eso ocurra. Lo que sea. No tengo límites morales que proteger en este punto del juego; ya los perdí todos en el camino. No voy a dejar que mi padre me hunda, y menos voy a dejar que las burlas de la televisión conviertan mi carrera en un chiste de barra de bar. He sangrado por esta profesión, he sacrificado mi juventud, mi vida y mi estabilidad emocional por construir a Audrey Hart, la estrella de la pantalla, y voy a volver a donde pertenezco. A la cima. Y pobre del que se cruce en mi camino mientras subo los escalones de regreso al trono.
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