CAPÍTULO 4

2313 Words
Una semana después. El reflejo que me devuelve el cristal templado de las oficinas de Group Kross es el de una mujer que no existe, o que, al menos, se esfuerza de manera sobrehumana por simular que el suelo que pisa no está cubierto de dinamita. Avanzo por el vestíbulo principal con paso firme, obligando a cada uno de mis stilettos a clavarse en el mármol pulido con una cadencia estudiada, una percusión limpia que proyecta una seguridad absoluta, casi insultante. Mantengo los hombros hacia atrás, la barbilla ligeramente alzada en ese ángulo perfecto que los fotógrafos de la prensa rosa consideran "aristocrático" y que yo solo llamo supervivencia. Intento por todos los medios permanecer despreocupada. Me coloco las gafas de sol oscuras sobre el puente de la nariz, no para protegerme de una claridad que hoy es más bien plomiza, sino para interponer una barrera física entre el mundo y la marea de pánico que amenaza con desbordarse por mis pupilas. Pero estoy sumamente lejos de conseguir esa paz. Muy lejos. Durante estos últimos días, el silencio de mi apartamento se ha transformado en un hervidero de reproches y estrategias estériles. El ambiente en Los Ángeles se ha vuelto asfixiante, denso, cargado de un morbo que se alimenta directamente de mi carne. El debate público en torno a mis disculpas públicas se ha convertido en un circo romano de tres pistas donde yo soy la única fiera acorralada. Mis palabras filtradas, esas malditas grabaciones donde, en un ataque de frustración legítima provocado por el cansancio y el aislamiento, hablé pestes de varios de mis compañeros de reparto y del productor principal durante el rodaje infernal en Aspen, se reproducen en bucle en las plataformas digitales como si fueran el manifiesto de una tirana. El público y los analistas de los programas de entretenimiento se han dividido en dos bandos igualmente insoportables. Por un lado, están los que analizan mi comunicado oficial como si fuera mi humilde "camino a la redención", una muestra de que la Princesa de Hollywood reconoce sus errores y se postra ante el altar de la corrección política. Por el otro, los más cínicos, los columnistas de opinión y los creadores de contenido de pacotilla, lo despedazan etiquetándolo como un "intento desesperado por dar de qué hablar", la pataleta mediática de una diva en decadencia que se resiste a aceptar que su cuarto de hora ha terminado. A todas y cada una de esas personas, a los que juzgan desde la comodidad de sus pantallas sin haber tenido jamás el peso de una producción de cien millones de dólares sobre sus costillas, quisiera decirles que pueden irse directa y solemnemente al diablo. Quisiera pararme frente a las cámaras en la próxima alfombra roja, levantar el dedo corazón y mandar a toda esta ciudad de hipócritas a la mierda. Pero supongo que Casper Kross tendría muchísimo que decir si cometo un desliz de esa magnitud. Así que me trago el veneno, lo almaceno en la boca del estómago hasta que se convierte en una úlcera ácida, y espero con verdadera urgencia que él tenga una mejor idea en mente mientras mis estudios toxicológicos y médicos completos terminan de procesarse en el laboratorio. Necesito un milagro que no requiera que me arrastre más de lo que ya lo he hecho. —Buenas tardes, señorita Hart —la voz de la asistente personal de Casper me saca de mis pensamientos. Levanta la vista de su pantalla panorámica con una sonrisa profesional, de esas que ensayan las personas que ganan cinco cifras solo por organizar agendas ajenas—. El señor Kross ya la espera en su oficina. Puede pasar directamente. —Gracias —murmuró, modulando el tono para que suene aterciopelado, desprovisto de cualquier prisa o debilidad. Acomodo el bolso de diseño contra mi costado y continúo mi camino con una lentitud estudiada. Es la marcha del corredor que sabe que lo están observando. Avanzo por el pasillo hasta que me detengo frente a la puerta maciza que conduce a la oficina de Casper. Respiro hondo, una bocanada de aire que me quema los bronquios, y empujo la hoja de la derecha con la palma de la mano. Entro, pero me detengo en seco en el umbral. El aire de la estancia se siente extrañamente cargado, saturado de una tensión eléctrica que reconozco de inmediato. Evito rodar los ojos por puro milagro, conteniendo el gesto con un esfuerzo supremo de mis músculos faciales cuando distingo la silueta del personaje que está sentado al otro lado del escritorio. Silas Vance. El hombre del momento. El productor musical que, dicho sea de paso, no está en una situación mejor que la mía ante los medios de comunicación. Está sentado en uno de los sillones de cuero, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante y una expresión que es un poema de desconcierto y hostilidad. —Lo siento —digo, deteniendo mis pasos a un metro de la entrada, manteniendo la mano en el pomo de la puerta—. Tu asistente me dijo que podía pasar, Casper. No sabía que estabas en medio de una sesión de control de daños. —Así es, Audrey. Adelante —la voz de Casper resuena desde su silla ejecutiva, firme, desprovista de cualquier espacio para la negociación—. Pasa y cierra la puerta. Señala con un movimiento fluido el sofá de diseño que se encuentra justo al lado del asiento de Silas. Mi mirada se posa de inmediato en el productor. Silas tiene el ceño fruncido de una manera tan pronunciada que se le forma una línea profunda entre las cejas oscuras; sus ojos, ocultos a medias tras sus pestañas, denotan que está tan confundido y sumamente cabreado como yo por mi presencia en este lugar. —¿Qué es esto, Casper? —inquiere Silas, girando la cabeza hacia su amigo con un tono de voz que destila un fastidio absoluto, una vibración rasposa que demuestra que su paciencia está tan al límite como la mía—. ¿Qué hace ella aquí? Pensé que íbamos a hablar de lo próximo a hacer. —Ya lo sabrán los dos. Por favor, Audrey, siéntate. —Casper vuelve a mirarme, ignorando por completo la queja de Silas, y señala el asiento de nuevo con un gesto imperceptible de la barbilla. De mala gana, sabiendo que dar media vuelta y marcharme solo me haría parecer débil y caprichosa ante el único hombre que puede salvar lo que queda de mi nombre, entro por completo en la estancia. Avanzo hacia el área de los sofás y me dejo caer en el sillón de diseño con toda la elegancia que soy capaz de convocar. Cruzo las piernas de inmediato, dejando que el stilettos de mi pie derecho balancee en el aire con una ligereza estudiada, un movimiento rítmico e hipnótico que pretende proyectar indiferencia, pero que en realidad es la única válvula de escape para el nudo ciego que tengo retorciéndose en el estómago. Es la primera vez que veo a Silas Vance desde nuestro desagradable y venenoso encuentro en los pasillos del hospital, y salta a la vista que no le va muchísimo mejor que a mí en su propio purgatorio mediático. Se nota a la legua que se ha esforzado de manera consciente por parecer el mismo tipo de siempre, el productor musical intocable y magnético de la alta sociedad de Los Ángeles. Lleva un traje de sastre de corte impecable, una camisa oscura que resalta la estructura ancha de sus hombros y el cabello perfectamente peinado hacia atrás con esa precisión que solo los barberos de las estrellas consiguen. Pero toda esa ilusión de control y opulencia se cae a pedazos en cuanto te detienes a mirarle los ojos con un mínimo de atención. Hay una rigidez extraña, una tensión de piedra en la línea de su mandíbula que delata que los dientes le están rechinando por dentro. «El cínico productor musical está atrapado en una jaula de oro y titulares escandalosos que él mismo construyó con sus excesos de esa noche salvaje». Casper se pone de pie con una lentitud que resulta exasperante. Camina con paso pausado detrás de su enorme escritorio de cristal y acero, con las mangas de su camisa blanca perfectamente arremangadas hasta los antebrazos. Sostiene una tableta digital entre los dedos delgados. No nos mira de inmediato. Es una táctica vieja que conozco al derecho y al revés: dejar que el silencio trabaje a su favor, permitiendo que la incomodidad crezca en el espacio entre los dos acusados hasta que el aire se vuelva tan espeso que estemos dispuestos a aceptar cualquier cosa con tal de romper la presión. —Las métricas de la última semana son un puto cementerio. Para los dos —suelta Casper finalmente, rompiendo la tensión del despacho con la delicadeza de un mazo de demolición golpeando un muro de carga. Deja caer la tablet sobre la superficie pulida del escritorio con un golpe seco, metálico, que nos hace tensarnos a ambos de inmediato—. Audrey, tus disculpas no han funcionado como deberían. El departamento de análisis de datos me acaba de pasar el reporte de tendencias. Las r************* están inundadas de comentarios nada agradables; te tachan de falsa, de condescendiente y de elitista. Y lo peor no es la opinión de la masa en X. Lo peor es que tu último contrato para el próximo proyecto cinematográfico con la productora de Searchlight acaba de ser cancelado formalmente hace veinte minutos. Aplicaron la cláusula de rescisión unilateral por daño de imagen. Clavo las uñas de mis dedos directamente en la palma de mi mano izquierda, apretando el puño con tanta fuerza que siento el dolor sordo de la piel cediendo bajo la presión, pero no permito que mis facciones cambien. Mantengo la barbilla en alto, la mirada fija en los ojos grises de Casper. Odio que tenga razón. Odio con cada fibra de mi ser que el escrutinio público de un puñado de puritanos reduzca todo lo que soy, mis quince años de carrera, mis premios y mi talento, a un par de titulares amarillistas de mierda en los blogs de cotilleos. —¿Y yo? —interviene Silas de golpe, interrumpiendo mi silencio con una voz que intenta sonar aburrida, desinteresada, pero que traiciona un deje de urgencia y crispación que no pasa desapercibido para mí—. Supongo que los grandes estudios de cine están ansiosos por contratar las bandas sonoras del tipo que va a orgías en hoteles. Cuéntame, Casper. —A ti los grandes estudios te están aplicando la cláusula de moralidad en los contratos de las bandas sonoras que ya tenías firmadas —le corta Casper, girándose hacia él con una expresión desprovista de cualquier rastro de amistad. En esta habitación no hay hermanos de vida; solo hay un publicista evaluando los activos dañados de su firma—. Te ven como un riesgo público, Silas. Un adicto inestable que puede dejar colgada una producción en cualquier momento. Y no ayuda en nada la sentencia del juez que recibiste. Las horas de servicio comunitario obligatorias, más los veinte mil dólares que tuviste que pagar de multa directa a la fiscalía del distrito. Y eso sin contar los cincuenta mil que tuviste que desembolsar en concepto de compensación al hotel por el escándalo mediático y por haber tenido que clausurar la suite presidencial durante tres días para una limpieza profunda de evidencias. Al escuchar la cifra, suelto un silbido bajo, un sonido sutil que corta la solemnidad del despacho, y permito que mis labios se curven en una mueca de burla directa hacia él. —Vaya... La fiesta estuvo buena, por lo que veo —me mofó en voz alta, balanceando la pierna con más intensidad, disfrutando por un milisegundo de ver cómo su mundo perfecto se desmorona a la par del mío. Silas me gira la cabeza con una velocidad felina, mirándome verdaderamente mal. —Creen que vas a colapsar en medio de la postproducción de una película de cien millones de dólares —continúa Casper, levantando la mano para llamar la atención de Silas y cortar nuestra disputa de raíz—. Creen que eres una bomba de tiempo química. Tu apellido, Vance, es lo único que impide que la junta directiva te vete por completo de la industria musical de ahora mismo. Silas, tu madre sigue recuperándose y tú necesitas una red de seguridad mediática ya. Una que demuestre que has dejado de ser el chico salvaje de las farras. El silencio vuelve a instalarse, denso, pesado, mientras yo empiezo a perder la paciencia que me queda. Me acomodo en el sillón de diseño, estirando la blusa de seda, e intervengo con un tono cortante. —Bien, Casper. Ya nos diste el diagnóstico detallado de que ambos estamos en el fondo del pozo de la inmundicia de Hollywood. Ya sabemos que somos material radiactivo para los inversores. Ahora dinos cuál es la maldita cuerda para salir de aquí. Porque asumo que no me hiciste venir a las diez de la mañana a tu oficina solo para leer mi obituario profesional en voz alta. Y, de todos modos, ¿qué hace él aquí exactamente? —añado, señalando a Silas con un movimiento despectivo—. ¿Qué tiene que ver el desastre de su redada con la cancelación de mi vida profesional? Casper apoya ambas manos sobre la superficie pulida de su escritorio, inclinando el torso hacia adelante, fijando sus ojos en los nuestros. En ese instante, una chispa de pura estrategia comercial, una intensidad maquiavélica y brillante, resplandece en sus pupilas. Es el cerebro corporativo de Group Kross en su máxima expresión, el estratega que ve una oportunidad donde los demás solo ven cadáveres. —La red de seguridad... la cuerda para salir de ese pozo, es que van a casarse.
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