Un silencio espeso, denso, sofocante y casi ridículo cae sobre la oficina con la fuerza de una losa de hormigón. Parpadeo un par de veces, convencida de que los residuos del estrés o la falta de sueño están haciéndome jugarretas auditivas dentro de mi propia cabeza. Miro fijamente a Casper, escrutando cada línea de su rostro, esperando ver el más mínimo atisbo de ironía, la curva sutil de una sonrisa que delate que se trata de una broma de mal gusto para ponernos a prueba. Pero su rostro es una pared de piedra caliza; está tan jodidamente serio como un juez de la corte suprema dictando una sentencia de muerte sin derecho a apelación.
A mi izquierda, Silas se tensa de tal manera que el cuero de su sillón de diseño cruje bajo la presión de su cuerpo. Siento cómo el aire se escapa de mis propios pulmones.
—¿Qué? —la palabra se me escapa de los labios en un siseo ahogado, un sonido trunco que destila una incredulidad absoluta.
—¿Te volviste completamente demente, Casper? ¿Qué clase de mierda estás diciendo? —Silas se echa hacia adelante de golpe, levantándose a medias del asiento con las venas del cuello marcadas bajo la piel, el rostro encendido por una mezcla de rabia y estupefacción—. Una cosa es que diseñes una estrategia de prensa, un comunicado conjunto o una sesión fotográfica de caridad para limpiar nuestras imágenes, y otra muy diferente es un maldito acta de matrimonio legal. No voy a firmar un papel oficial con ella. Ni que estuviera en mi lecho de muerte, agonizando en una camilla, me caso con esta arpía.
Jadeo con fuerza ante la crudeza de su insulto, sintiendo el impacto de sus palabras golpear directamente mi orgullo. La indignación me sube por el pecho como una llamarada.
—¡Ni yo contigo, pedazo de idiota! Primero me cuelgan de los pezones en la plaza pública antes de aceptar ligar mi nombre a un despojo humano como tú. ¿Acaso estamos todos locos en este edificio? —lo secundo de inmediato, poniéndome en pie a medias, sintiendo cómo el pulso se me acelera a una velocidad cardíaca alarmante por la pura humillación de la propuesta.
Casper ni se inmuta ante el estallido coordinado de nuestros gritos, mientras Silas bufa a mi lado, apartando la mirada con asco.
—Un matrimonio es una farsa demasiado grande, Casper —continuó, intentando inyectar un gramo de lógica en esta locura—. El público de esta ciudad no es estúpido. La prensa de se dedica a desarmar mentiras por deporte. Nadie, absolutamente nadie, se va a creer la patraña de que Audrey Hart y Silas Vance, dos personas que jamás han compartido un círculo, decidieron pasar por el altar de la noche a la mañana. Es una locura absurda, un suicidio de relaciones públicas. Me niego por completo a participar en este circo.
Casper se recuesta en su silla ejecutiva con una parsimonia insultante. Entrelaza los dedos de las manos sobre su vientre, nos observa a ambos con una frialdad glacial que me congela la sangre en las venas.
—Es exactamente lo que se van a creer si lo sabemos vender como un romance maduro, oscuro y secreto que estalló con fuerza tras la crisis de ambos —dice Casper, levantando la voz justo el tono necesario para aplastar nuestras réplicas, con esa autoridad incuestionable que lo ha convertido en el hombre más temido de los medios—. Escúchenme bien los dos, porque no tengo el tiempo ni la paciencia para repetirlo una segunda vez. Un noviazgo falso, una exclusiva de revista diciendo que están saliendo a cenar, ya no les sirve para una mierda. La prensa de Los Ángeles se comería vivo a Silas en menos de una semana; dirían que es una cortina de humo barata para tapar el asunto de las escorts y la droga en el hotel. Y a ti, Audrey, te despedazarían en los shows nocturnos acusándote de colgarte desesperadamente del escándalo de un Vance para llamar la atención y desviar el foco de los audios de Aspen. Sería el fin definitivo para ambos.
Hace una pausa, dejando que la gravedad de sus palabras se asentara en el aire antes de continuar.
—Necesitamos un compromiso absoluto. Algo tan definitivo, tan legal y tan rotundo que obligue a los comités ejecutivos de los estudios cinematográficos y a los directores de los medios a respetar la narrativa por puro peso legal. Podemos trabajar la línea de que lo de Silas en la suite del hotel fue una especie de despedida de soltero, una última juerga salvaje que se salió de control sin su consentimiento real debido a las malas influencias, y que ahora él está pagando ese error como un hombre maduro que asume sus faltas ante la ley. Y tú, Audrey... diremos que, tras tu dolorosa y mediática ruptura con Alistair, ustedes dos se hicieron... íntimos. Que encontraste en Silas un apoyo maduro lejos de los focos. Será un matrimonio estrictamente civil. Una unión legal e institucional que demuestre ante las juntas de inversores que Silas ha sentado cabeza de verdad por amor, y que tú has encontrado la estabilidad emocional y familiar que tu carrera necesita para madurar. Es una farsa, sí, pero es una farsa blindada por un contrato legal.
—¡Es un puto suicidio! —brama Silas de nuevo, golpeando con el puño cerrado el reposabrazos de cuero de su sillón, haciendo que la madera cruja—. ¡Un suicidio profesional y personal!
—Suicidio es lo que tienen ahora mismo sobre la mesa si salen por esa puerta sin mi apoyo —le corta Casper en seco, clavándole una mirada oscura, afilada, que corta con la precisión de un fragmento de cristal roto—. Es la mejor y la única estrategia real que tengo para ustedes ahora mismo en mi oficina. Es la única jugada maestra que tiene la envergadura suficiente para salvar sus nombres del incinerador. O aceptan los términos de este acuerdo o se hunden cada uno en el fango por su cuenta y riesgo. Silas, piensa por un jodido segundo en cómo se sentirán tus padres si los grandes estudios musicales te vetan de por vida de las bandas sonoras. Si eso ocurre, estás acabado como productor; tu música, tus arreglos y tus composiciones no sonarán ni en los comerciales de madrugada de la televisión local. Tu apellido dejará de valer nada. Y tú, Audrey... —Se gira hacia mí, sus ojos grises fijos en mi rostro, desnudando mi desesperación con una frialdad corporativa—. Despídete para siempre de las producciones de gran envergadura. Olvídate de los contratos de exclusividad, el éxito de tu marca. Te convertirás en una paria de la industria, una diva tóxica con la que ningún director querrá arriesgar su presupuesto. Están en el límite del abismo. O se salvan juntos en este bote de basura legal, o se ahogan solos en el océano de la irrelevancia.
Me pongo en pie de un salto definitivo.
—No estoy tan desesperada, Casper. —Miento con un hilo de voz que intenta mantener la dignidad, fulminándolo con la mirada mientras aprieto mi bolso de cuero contra mi costado con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos—. Tengo una carrera que me respalda. Tengo un nombre que gané con mi propio sudor, no con un apellido heredado. No necesito encadenarme legalmente a un adicto al descontrol, a las fiestas y a los calabozos para volver a ser relevante en esta ciudad de mierda. Búscate a otra que quiera hacer el papel de la esposa abnegada y comprensiva de este papanatas destructivo, porque yo no voy a pasar por esta humillación. Me niego.
Silas también se levanta de su asiento con un movimiento brusco, soltando una risa cínica, una carcajada seca que es puro veneno concentrado. Clava sus ojos en mí, recorriéndome de arriba abajo con un desprecio tan absoluto que puedo sentir la hostilidad vibrar en el aire del despacho.
—Ni loco aceptaría estar ligado contractualmente a una mujer como ella —grita Silas, señalándome directamente con el dedo índice, la voz resonando contra los paneles insonorizados—. ¿Un matrimonio con Audrey Hart? Por favor, Casper, tienes que estar jodiéndome. No pienso pasar ni un solo segundo de mis malditos días fingiendo que soporto el drama constante, las exigencias ridículas de diva en decadencia y los berrinches infantiles de una mujer hueca que solo sabe vivir de las apariencias y del reflejo de los flashes. Prefiero que la fiscalía de Los Ángeles me clave otra multa de cien mil dólares o que me encierren una temporada en una celda real antes que tener que ponerle un anillo de compromiso en el dedo a alguien tan superficial como ella.
—Ah, ¿sí? ¡Pues el sentimiento es exactamente mutuo, Vance! —le devuelvo el golpe verbal de inmediato, dando un paso firme hacia el frente, acortando la distancia entre los dos hasta quedar a escasos centímetros de su rostro, desafiando la diferencia de altura con la ayuda de mis stilettos—. Eres un desastre andante, un agujero n***o que devora todo lo que toca. Tu apellido es lo único que te mantiene fuera de una celda de detención estatal. No vales el dolor de cabeza ni el gasto de saliva, Silas.
—¡Suficiente! —La voz de Casper truena en el espacio cerrado de la oficina con la contundencia de un disparo de escopeta, haciéndonos callar a los dos al instante.
El silencio regresa de golpe, roto únicamente por el sonido de nuestras respiraciones agitadas. Silas y yo nos quedamos congelados en nuestra posición de combate, a centímetros de distancia, fulminándonos con la mirada como dos animales territoriales sedientos de sangre.
Casper se pone en pie con toda la calma del mundo. Rodea el gran escritorio de cristal, camina hacia el centro de la estancia y se coloca físicamente entre los dos, mirándonos alternativamente con una ceja alzada y una expresión de profundo aburrimiento profesional. La tensión entre Silas y yo es tan densa, tan cargada de odio y frustración, que casi se podría cortar con un cuchillo de cocina, pero Casper solo se permite sonreír de esa forma sutil, maquiavélica y despiadada que utiliza siempre que sabe que tiene todas las cartas ganadoras del juego sobre la mesa y que nosotros no somos más que peones acorralados por sus reglas.
—Vayan a casa —dice finalmente en un tono extrañamente tranquilo, casi casual, señalando la puerta de madera con un movimiento fluido de la mano—. Ódiense todo lo que quieran hoy. Tienen exactamente veinticuatro horas para pensarlo por su cuenta, sin gritos de por medio. Mañana a esta misma hora, los contratos definitivos para el acuerdo prenupcial y las cláusulas de confidencialidad estarán redactados y listos sobre esta mesa. Si no vienen a firmar el documento, asumiré que rechazan la estrategia. Emitiré los comunicados oficiales de prensa lavándome las manos y dejando que cada uno maneje sus respectivas crisis y sus obituarios profesionales como pueda. Que tengan un muy buen día los dos.
Silas suelta un bufido, me da una última mirada que promete mil infiernos, da media vuelta sobre sus talones y sale de la oficina ejecutiva de Casper. Da un portazo tan violento al salir que hace que los cristales panorámicos y las molduras del techo vibren con un eco sordo.
Yo me quedo un segundo más fija en el sitio, con la respiración entrecortada, los puños cerrados y el corazón golpeándome las costillas con una fuerza salvaje que me marea. Miro a Casper fijamente a los ojos, buscando de manera desesperada alguna señal de debilidad, algún indicio de que va a dar marcha atrás o de que tiene un plan alternativo bajo la manga si nos negamos. Pero su rostro es una pared de piedra pulida, impenetrable, la viva imagen de la determinación corporativa. Sabe que nos tiene donde quiere.
Entonces, sin decir una sola palabra más, doy media vuelta y salgo de la oficina con la cabeza convertida en un auténtico torbellino de pensamientos destructivos. Camino por el pasillo a una velocidad vertiginosa, ignorando las miradas curiosas de los empleados, y me meto en el ascensor privado de la planta ejecutiva.
Mientras el cubículo de metal y cristal baja a toda velocidad hacia los niveles subterráneos del estacionamiento, el pánico real, ese frío y paralizante que se mete en los huesos cuando la rabia se extingue, empieza a suplantar a la indignación en mi pecho. Me quito las gafas de sol con una mano temblorosa y me observo en el espejo del ascensor. Estoy pálida, con los ojos verdes desorbitados por la ansiedad y la respiración superficial. Sé que Casper tiene razón. Jodidamente sé que cada una de sus frías palabras es una verdad indiscutible. Sé perfectamente lo que dicen los correos electrónicos urgentes que mi agente me ha estado enviando desde el amanecer; sé que mi marca está a punto de irse al carajo y yo con ella.
No quiero hacerlo. Detesto la idea de ligar mi existencia al nombre de Silas Vance, detesto su arrogancia, su inestabilidad y detesto la forma en que me mira como si fuera una muñeca hueca.
Pero mientras las puertas metálicas del ascensor se abren con un zumbido electrónico ante la penumbra del estacionamiento, la horrible y fría certeza de que ese maldito matrimonio por contrato podría ser mi única y desesperada salida de emergencia se queda flotando en el centro de mi mente, abriendo una pequeña, maldita, oscura y humillante posibilidad de aceptar los términos de Casper para recuperar mi vida.