CAPÍTULO 30

1109 Words

El tintineo constante del tren sobre los rieles fue el único sonido que me acompañó esa noche al huir de la mansión Cavendish. Todavía puedo sentir la helada gratitud hacia Victoria, quien con una mezcla de lástima y realismo ordenó al chófer privado de la mansión que me llevara adonde yo dispusiera. Pero la paranoica prudencia que me nació en las entrañas fue más fuerte: no me fiaba de la lealtad de un empleado de la familia Cavendish. Le pedí al conductor que me dejara en la estación de tren local y ahí tomé el primer vagón de vuelta a la ciudad. Volver a su ático jamás fue una opción. La idea de poner un pie en la residencia de William, donde pasé semanas respirando su presencia y guardando mis pertenencias bajo su techo, me revolvía el estómago de pura humillación. Así que terminé en

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