El silencio en la pequeña habitación del hotel se vuelve una masa densa, aplastante, que amenaza con sofocarme. Los ruidos apagados del tráfico de la ciudad al otro lado del cristal parecen provenir de un planeta lejano. Mi propia respiración se escucha acelerada, irregular, rasgando el aire frío de este refugio provisional. Mi padre se queda paralizado a un par de metros de mí. Lo observo. Observo las arrugas marcadas alrededor de sus ojos, la palidez súbita que le ha robado el color y el temblor imperceptible en sus manos. Por un instante, el nudo de rabia que me abrasa el pecho intenta transformarse en un sollozo ahogado, pero mantengo la barbilla erguida, sosteniendo la mirada con toda la frialdad que soy capaz de reunir para no desmoronarme frente a él. Mi padre traga saliva con di

