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Condesa

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Blurb

Una sirvienta sin nada que perder. Un conde condenado por la sed. Y un pacto de sangre que lo cambiará todo.

Rosa solo buscaba su libertad: trabajar, sobrevivir y no rendirle cuentas a nadie. Víctor lo tenía todo, hasta que una noche su vida cambió para siempre. Juntos aprenderán a depender del otro y sobrevivir en un mundo donde los vampiros son vistos como monstruos.

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Hija no deseada
La mañana en que la vida de Rosa cambió, fue como cualquier otra. No hubo señales ni anuncios anticipados, solo una puerta abierta durante la madrugada y un susurro en su oído. — Cariño, despierta. Rosa entreabrió los ojos y vio a su madre, Martha Meyer, colocando todos sus vestidos dentro de una pequeña maleta de cuero gastado. El sol de la mañana apenas comenzaba a filtrarse por la ventana. Su madre se veía nerviosa, cansada y agobiada, pero se esforzó por sonreír mientras se acercaba a la cama. — Vamos a ir a un lugar muy hermoso, cariño. Un nuevo hogar con personas amables que te cuidarán por un tiempo. Ponte tu abrigo. Ella fue una hija tardía. La familia Meyer tenía dos hijos, uno de ellos se iría enseguida a la universidad y el estilo de vida ya se había solidificado cuando de pronto y la edad en que debía ser abuela, Martha Meyer quedó embarazada. Los gastos se duplicaron, su hermano mayor; Cristopher Meyer, tuvo que comenzar a trabajar para reunir dinero y completar los pagos para la universidad, su segundo hermano; Eiden Meyer, pasaba mucho tiempo con sus amigos y evitaba pasar por la casa para no jugar el papel de niñero. Su padre volvía más tarde del trabajo y Martha cocía hasta altas horas de la noche. Nadie lo había dicho, nadie tuvo que hacerlo. Rosa lo entendió; era una hija no deseada. Cada vez que las otras costureras susurraban que Martha había adoptado a su propia nieta para proteger la reputación de su hijo, siempre que Eiden la veía y ponía el cerrojo a su habitación. — ¡Mamá! Martha giraba la mirada y se cubría la boca al descubrir que había vuelto a cerrar el portón y dejado a su hija dentro. — ¿Mamá? — preguntó Rosa, mientras se sentaba en el borde de la cama y veía cómo su madre guardaba las pocas pertenencias que le quedaban. — ¿A dónde vamos? Martha se detuvo. Sus manos temblaron sobre la tela de un vestido azul y mantuvo una expresión suave. — Te explicaré en el camino. Ruidos extraños venían de afuera. Rosa se puso los zapatos y al salir de su habitación vio a dos hombres desconocidos cargando la mesa del comedor. — Ven aquí — dijo Martha, y sus dedos apretaron con una fuerza que dolía. — ¡Mamá! ¿Quiénes son esas personas? — preguntó Rosa. — Nadie importante — respondió Martha y continuó caminando. Los inviernos eran fríos y duros, y ese apenas comenzaba. Había neblina en las calles, lodo en el suelo y un aire cortante que calaba los huesos. Caminaron por dos horas, y durante todo ese tiempo, su madre habló sin parar. — La familia Siena es muy prominente. El señor Adrián fue mayordomo de un duque y su hermana fue consejera de una vizcondesa. Toda la familia se ha codeado con la alta sociedad. La mitad de la conversación giró en torno al apellido Siena. Su madre caminaba tan rápido que ella apenas podía seguirle el paso. Las personas avanzaban, algunos maletines le golpeaban los hombros y el piso se volvía lodoso en las proximidades de las tiendas. A Rosa comenzaron a dolerle los pies. — La señora Paula es mi clienta, tiene una hija de tu edad y ella… ella aceptó acogerte durante una temporada. Rosa se detuvo. Las personas siguieron pasando, pero de pronto no pudo moverse. Martha tardó dos cuadras en darse cuenta de que su hija ya no estaba. Volvió corriendo, y cuando la encontró, la sujetó de los hombros con mucha fuerza y la abrazó. — No vuelvas a hacer eso, pensé que te perdería. — ¿Me quedaré con otra persona? Martha se dio cuenta de lo que había dicho y cerró los ojos con pesar. A su alrededor todos seguían caminando sin importarles nada más que ellos mismos. Un desconocido pisó el vestido de Martha y ella se levantó, después llevó a Rosa a un costado de la calle. — Será solo por un tiempo. La familia Siena te tratará bien y en… en cuanto tengamos un lugar donde quedarnos, iré por ti. Mi niña, te juro que hago esto porque te quiero. La abrazó con fuerza, sus ojos lagrimaron y su pecho dolió. Le dio un beso en la frente a Rosa, no quería apresurarla, pero el tiempo seguía corriendo y debían llegar a su destino. — Camina, estamos cerca. Rosa avanzó por inercia, había tanto que quería decir, pero sus labios no se movían. La casa a la que llegaron tenía tres pisos, un portón alto de hierro forjado y un sendero bordeado por un jardín que incluso en invierno conservaba un aire de opulencia. Rosa nunca había visto una casa tan grande y un jardín tan cuidado. Martha dijo su nombre en la entrada y esperó a que la dejaran pasar. La puerta se abrió y una mujer con el cabello rubio salió de prisa. — Llegas tarde, mi suegra tiene media hora esperando en el salón — dijo la mujer, sin un saludo ni una sonrisa. — Caminamos tan rápido como pudimos — explicó Martha. — ¡Caminaron! — exclamó Paula. Martha entendía que había una gran diferencia entre ella y su clienta, la señora Paula Siena. Lo supo mientras confeccionaba vestidos con telas que jamás podría pagar. Pero esa diferencia se sintió devastadora aquella tarde. La señora Siena recién descubría que había personas en ese mundo que no podían pagar un carruaje y debían caminar largas distancias. Paula bajó la mirada. — Intentaré apaciguarla. Entra después de cinco minutos. Rosa esperó en la entrada. Cuando las puertas se abrieron, una mujer mayor, de cabello gris y un vestido oscuro, con las manos apoyadas sobre un bastón de ébano. La señora Lorena Siena no se detuvo mucho tiempo en Martha. Fijó la mirada sobre Rosa y sus ojos se entrecerraron. Rosa Meyer era una criatura sin porte ni misterio, con la piel un poco bronceada, producto de una educación basada en juegos descuidados bajo el sol. Su cabello, largo y ondulado, caía por su espalda con libertad, aunque su madre se esforzó por peinarla, las hebras terminaban escapando y le daban una apariencia ingenua, que resultaba vulgar. La mirada no tenía personalidad, fuerza ni encanto, solo miedo. Vestía telas de percal de segunda categoría y en pocas palabras… En pocas palabras: Rosa Meyer era una niña ordinaria que jamás opacaría a su querida Minerva. — Me agrada — dictó la anciana finalmente. Martha se entusiasmó. — Mi hija es muy inteligente, creativa y detallista. Le enseñé a coser desde que era pequeña y aprendió bien. — Señora Meyer — la interrumpió la matriarca Lorena Siena — no hace falta que intente convencerme. Su hija es justo lo que estoy buscando. La cuidaremos. Martha quiso confiar en ella. Había observado a Paula Siena durante meses. Sabía que esa casa, de entre todas las de la cuadra, la regía una mujer que no permitiría que alguien dañara a una niña pequeña durante su guardia. Pero al mirar a Rosa, al sentir el fuerte apretón de su mano, Martha sintió que el mundo se desmoronaba. Había fallado. Su hijo mayor estaba en prisión por un delito que no cometió y Eiden consiguió un trabajo como marinero. El problema era que no podían mantener la casa y debían mudarse a un lugar más barato, pequeño e inseguro para una niña de la edad de Rosa. Aunque doliera, Martha debía tomar decisiones difíciles. — Gracias — sentenció Martha y soltó la mano de su hija. Rosa sintió que algo oprimía su pecho. No podía respirar, ni moverse. Las paredes se hicieron más pequeñas y su pie se atoró en la alfombra, haciéndola tropezar. — ¡Mamá! — gritó, y su voz se quebró. Paula sintió mucha pena. Se agachó y tocó la espalda de Rosa. — Ella te ama — susurró. Rosa negó con la cabeza, enojada y dolida. Sabía que su madre la amaba. Pero eso no cambiaba el hecho de que la estaban dejando atrás. — Nuestra familia es la más digna en el lado norte del estado —dijo la señora Lorena. — Créeme, niña, has tenido mucha suerte al llegar aquí. Rosa no se sintió mejor. — Yo me encargaré — dijo Paula, tomando la mano de Rosa. — ¿Sabes? Tengo una hija de tu edad. Se llama Minerva. ¿Te gustaría conocerla? Entre lágrimas, Rosa asintió. Obligó a sus piernas a moverse y caminó detrás de la señora Paula. Ella tenía una voz amable y maternal, pero el golpe seco que provocaba el bastón de la señora Lorena la hacía recordar que estaba en un lugar ajeno. Esa mañana Minerva se recostó una silla en el patio, sostenía un libro y cada tanto, miraba en dirección a los árboles. Paula la miró y soltó un largo suspiro — hija, hoy llegó alguien importante. Minerva se incorporó, cerró el libro y miró a su abuela con una sonrisa muy exagerada, luego notó la sombra que estaba atrás e inclinó la cabeza. — Postura, jovencita, postura — reclamó la señora Lorena y se adelantó para presionar las mejillas de su nieta — eres la niña más bella que tiene esta familia, no tuerzas la boca. — No es justo, es culpa de mis primas por ser feas. Abuela, basta — chilló Minerva. Paula no intervino, esperó a que su suegra pellizcada las mejillas de su hija para sentirse más tranquila. — ¿Quién es ella? — preguntó Minerva. La señora Lorena golpeó el piso con su bastón y esperó, pero Rosa, que recién llegaba, permaneció en la parte de atrás. Minerva lo encontró gracioso. — Te están ordenando que te presentes — dictó la señora Lorena. Rosa tardó en comprenderlo, dio dos pasos hacia la izquierda, uno más al frente y miró a Minerva — yo soy Rosa. La señora Lorena soltó un resoplido — no es muy inteligente. Esta niña es Rosa Meyer, la hija de la costurera de tu madre, se quedará una temporada con nosotros, sabe coser, limpiar y… — la miró — ya le encontraremos una utilidad. Minerva cruzó los brazos — ¿qué edad tienes? Rosa dudó antes de responder, como si de repente hubiera olvidado todo — diez años. — Yo tengo doce — anunció Minerva con mucha seguridad, pero al ver a Rosa temblando su semblante cambió — ¿estás bien? — preguntó. Rosa negó con la cabeza — quiero ir con mi mamá. Cuando Minerva escuchó que habían contratado a otra persona, supuso que se trataba de una espía, alguien mayor que la delatara cada vez que quisiera escaparse de clases, pero una niña de diez años llorando por su madre… no fue lo que imaginó. — ¿Mamá? — exclamó Minerva, algo confundida. Paula se interpuso. — Cariño, Rosa aún es una niña, su familia atraviesa una situación complicada y le prometí a su madre que cuidaríamos de ella. Me ayudarás con esto, ¿cierto? Minerva exhaló un suspiro y asintió. Los días en la mansión Siena se convirtieron en una rutina que Rosa aprendió a manejar por necesidad, no por gusto. Se levantaba antes del amanecer, se vestía con la ropa que su madre había empacado para ella y bajaba a la cocina donde la señora Mónica Méndez la miraba con una mezcla de lástima y pragmatismo. — Tienes que estar afuera de la habitación de la señorita Minerva antes de que despierte. Apresúrate a desayunar. Rosa trepaba una silla junto a la mesa y comía lo que le daban, sin preguntar. A las seis y media de la mañana, estaba frente a la puerta de la habitación de Minerva y ahí se quedaba hasta las nueve. — Buenos días — dijo Rosa, levantándose de prisa cuando la puerta finalmente se abrió. Había esperado tanto tiempo que sus piernas se entumecieron. Se sentó en el suelo, apoyada contra la pared, y ahora se levantaba con torpeza. — Buenos días, señorita. Minerva torció la boca en una mueca. La niña de doce años tenía el cabello castaño oscuro y una mirada analítica. — Ven conmigo. Papá quiere que lea un libro muy aburrido y yo no tengo tiempo. Lo harás por mí. Rosa se detuvo. Miró a Minerva, luego a la habitación, y de nuevo a Minerva. Las palabras salieron antes de que pudiera contenerlas. — Señorita, lo siento, no puedo hacer eso. Minerva también se detuvo. — ¿Es porque dije que era un libro aburrido? Rosa negó con la cabeza y se mordió el labio. — Yo... no sé leer — confesó. Minerva torció la boca en una mueca. — Ah, no es bueno. Le diré a mi tutora. Si no puedo conversar contigo, esto me aburrirá extremadamente. Cierto, acabas de llegar. El ambiente cambió. Rosa notó la mirada inquisitiva de Minerva y dio dos pasos hacia atrás. — Lo más importante que debes saber sobre mí es lo siguiente: odio las cosas aburridas. ¿Comprendes? — Sí — dijo Rosa, y asintió con la cabeza. — Perfecto. Ahora ven, te hablaré de mi familia.

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