Compromiso no deseado

2430 Words
Adrián Siena era el patriarca, como todos bien sabían, también fue mayordomo para el duque Basil Graham, y de acuerdo a Minerva, su abuelo entrenaba a su reemplazo, por eso no estaba en la mansión y la abuela era quien daba las órdenes. La tía abuela Porfiria. Segundos después de mencionarla, Minerva tembló de pies a cabeza. Poco se hablaba de ella, pero algo era seguro, había una guerra santa entre la señora Lorena y su cuñada. En palabras de Minerva, tenerlas a las dos era… — Imagina a dos águilas peleándose por el mismo nido. No quieres estar en el medio. El tío Rogert era problemático, vivía en la mansión junto a su esposa y sus hijos Iván y Cecilia, a quienes Minerva no soportaba. El tío Julián era un desastre, nadie en la familia lo decía, pero todos evitaban invitarlo a las fiestas. Aunque no siempre podían hacerlo, en especial por sus hijas; Sofía y Lucero. La tía Mónica era amable, estaba casada con un profesor y tenía tres hijos, los primos Noelia, Nicole y Narciso, en palabras de Minerva… — Presumida, arrogante, idiota. Esos son mis primos. El tío Basil era el más joven de la familia, sus hijos eran más pequeños que Minerva y los únicos que le agradaban. Finalmente, los hermanos mayores de Minerva: Roberto Siena, recién casado y con una hija de solo dos años, Damian, estudiante universitario que no lograba pasar del segundo año porque iba a clases una vez a la semana y Luis, el cerebro de la familia y el único en quien su padre confiaba. Al terminar, Minerva respiró profundamente y se giró hacia Rosa — irás conociéndolos, de momento te diré algo, si veo que Cecilia, Noelia, Nicole, Sofía o Lucero, te dan una orden y tú la obedeces… estarás muerta para mí. Rosa soltó un largo suspiro preguntándose por qué había tantas personas en la familia. Pasaron los meses. El invierno se convirtió en primavera, luego llegó el verano. Rosa creció un poco, su cabello se volvió más largo y los vestidos que trajo consigo dejaron de quedarle. A mitad del año hubo una reunión y Rosa pudo apreciar lo enorme que era la familia Siena. Entre tantas personas era difícil saber hacia dónde mirar y antes de que pudiera salir de su asombro, alguien le arrojó un enorme abrigo a la cara y ella sintió que se ahogaba, agitó los brazos liberándose de ese gran monstruo húmedo y alzó la cabeza. Roberto Siena, su esposa Amelia y la pequeña Alma de tres años, la miraron. — Tú debes ser nueva — señaló Roberto — recoge eso y límpialo. El gran monstruo fue un abrigo. Rosa se sintió avergonzada y tras observar al desconocido, supuso que, al no ser una de las primas de Minerva, estaba bien obedecerlo. En el invierno hubo una gran tormenta. — Buenos días — saludó Rosa, con doce años. Minerva tenía los brazos cruzados — siempre dices eso, deberías anunciarte de una forma más inteligente — pidió y soltó un largo resoplido, porque era inútil. — Eres tan obediente que me aburres, y sabes que no me gustan las cosas aburridas. Rosa asintió. Una tarde, mientras Minerva organizaba su guardarropa y se quejaba de sus primas, Rosa se encontró sola con sus pensamientos. Extrañaba su hogar. En ocasiones recibía cartas de su madre, pero ella jamás le decía cuándo iría a recogerla y mientras, los meses seguían pasando. — Este nunca me gustó, ya no me queda, es horrible, jamás me lo puse — dijo Minerva mientras lanzaba los vestidos a la cama — ah, este me gustó, pero estaba muy ajustado de la cintura — suspiró. Rosa se acercó y miró la falda llena de capas y moños — puede arreglarse, hay suficiente tela. Minerva giró la mirada — ¿tú podrías hacerlo? — Sí. Minerva le entregó el vestido — hazlo y esos cuatro serán tuyos — señaló la cama. Con la motivación correcta, Rosa pasó dos semanas cosiendo el vestido de Minerva y cuando terminó, se midió sus trajes nuevos. Eran muy grandes y le quedaban largos, con tal solo un paso Rosa pisaría su falda y tendría un rápido encuentro con el suelo. Se entusiasmó. Cortó las mangas teniendo cuidado de no arruinar los encajes, levantó el dobladillo y descosió las pretinas de la cintura para agrandar el talle. Le tomó un mes completo, pero los cuatro vestidos estuvieron listos. Rosa se miró en el espejo. Le agradeció a su madre por enseñarle costura, aunque solo sabía lo básico y seguía pinchándose los dedos cada cinco minutos. Gracias a esa habilidad, podía medirse vestidos tan costosos que una vida entera de trabajo no le alcanzaría para pagarlos. Aunque, después de varios minutos mirándose en el espejo una pregunta surgió, ¿Cuándo podría ponérselos? Era una sirvienta, todo a lo que podía aspirar era a medírselos y mirar su reflejo. El verano volvió a la mansión Siena con un calor que Rosa nunca había experimentado en su vida. Las ventanas se estaban abiertas de lado a lado y el aroma a flores silvestres llenaba los pasillos. Para Minerva, significaba el fin de las clases y el inicio de una temporada de aburrimiento. Rosa llevaba dos años en la mansión. Una mañana Minerva se sentía desganada, estiró los brazos y se ganó una mirada acusadora de su madre. — Esos vestidos ya no te quedan — dijo Paula — habrá que comprarte algo diferente para la fiesta de té. Minerva puso los ojos en blanco, su madre había mencionado esa reunión cinco veces en la semana y la hacía sentir incómoda. — Me duele la garganta, tal vez no vaya. — De ninguna manera — agregó la abuela — tienes que estar en la fiesta. Minerva sintió que oprimía su pecho, se levantó y las miró. — ¿Por qué? ¿Qué es lo que no me están diciendo? El ambiente se tensó. — ¡Mamá! Paula suspiró — solo es una fiesta. — Pronto lo descubrirá — declaró la anciana y miró a su nieta — te presentaremos con la baronesa Monroe, es el primer paso si queremos establecer un arreglo matrimonial. Minerva sintió un fuerte dolor en el pecho, miró a su madre sin poder creerlo y después a su abuela, autora intelectual de ese desastre. — Quieres que me comprometa con Víctor Monroe — susurró y frunció el ceño con enfado — nunca — decretó, dio la vuelta enojada y salió de la sala. Rosa bajó la cabeza y susurró — me retiro. Minerva ya estaba en su habitación, con las manos unidas, presionando la tela de su falda y mirando por la ventana. Cuando la puerta se abrió, ella giró de manera agresiva. — ¿Por qué tardaste tanto? Rosa se detuvo. Minerva podía correr por el pasillo sin que alguien le dijera algo, pero ella era diferente. Bajó la cabeza y susurró — lo siento mucho. — Olvídalo — reclamó Minerva — tenemos que pensar en algo, no puedo casarme con Víctor. Rosa no supo qué decir. No sabía cómo escapar de un compromiso, ni siquiera tenía edad para pensar en ello, y tampoco conocía a la baronesa. Temiendo que la despidieran, habló despacio: — Señorita, ¿qué clase de persona es el joven Monroe? Minerva volteó a verla, después suspiró y caminó hacia la cama — ven, siéntate. Rosa tomó un cojín redondo de color rojo, lo colocó sobre el piso y se sentó con las rodillas juntas. Minerva sonrió, no solo por la postura de Rosa, sino porque gran parte de su mal humor se había ido, gracias a su sirvienta. — Víctor Monroe es bastante astuto, intuitivo, sociable y con buenos modales. Lo conozco desde hace años, estuvo en la fiesta de aniversario de mis tíos, en la graduación de mis hermanos, el baile de invierno del año pasado. Supongo que nos hemos visto muchas veces, como si hubieran planeado nuestro compromiso desde hace… ¡la tía es una maldita bruja! — exclamó de pronto y se derrumbó sobre la cama golpeando el colchón con los puños. Estaba enojada consigo misma por no haberse dado cuenta antes. Unos segundos después, volvió a acomodarse para continuar con su análisis. — Víctor es un poco bromista y arrogante, pero solo cuando tiene que serlo. Sabe que hay temas que deben tomarse con seriedad y su compromiso es un asunto serio, además su familia tiene muchos contactos y es… — se mordió el labio mientras su cabeza se volvía un lío — es lindo, supongo. Rosa quería decir algo, pero no sabía si era correcto — señorita, si el joven Monroe es lindo, ¿por qué no quiere casarse con él? En el momento en que pronunciaron su nombre, Minerva se descompuso, gritó y corrió a su habitación. Fue un rechazo bastante visceral para un chico “lindo” Minerva suspiró e hizo una larga pausa antes de decir: — Víctor ya tiene a alguien que le gusta. Su familia es influyente, en unos diez años su abuelo morirá y él se convertirá en el nuevo Barón, después será Conde, heredará la propiedad de su familia, el título nobiliario y la reputación de los Monroe — explicó con una gran exhalación — es obvio lo que la tía quiere; convertirme en condesa. No le importan los sentimientos de Víctor o los míos. Rosa lo comprendió. Minerva no estaba huyendo de un chico que no le gustaba, era lo opuesto, ella huía porque sentía algo por Víctor Monroe, y sabía que él no la correspondía. — Lo siento. — No te disculpes — pidió Minerva — esto es culpa de mi abuela, o de la tía, no sé. Rosa se lamentó. El día de la reunión llegó. Los Graham había enviado la invitación semanas antes y todos en la familia estaban listos con sus mejores trajes. Excepto por Minerva. La señora Lorena respiró profundamente y miró a su hija — irás, lo quieras o no. — Oblígame — pidió Minerva. Cecilia puso los ojos en blanco — tía, llegaremos tarde por tu culpa. Rogert Siena también se mostró molesto — siento decirlo, mamá, pero mi hija tiene razón. La puntualidad es importante para los Graham, papá siempre lo ha dicho. — Ni siquiera es la familia del duque, solo se trata de un tío tercero del lado de su padre que usa el apellido como estandarte de buenas costumbres — declaró Minerva. Paula y Saúl se lamentaron tras escuchar a su hija hablar de esa manera. — Bien, quédate — anunció la señora Lorena. Damian y Luis miraron a su hermana pequeña con condescendencia y tomaron sus abrigos para ir a la fiesta. Minerva mantuvo los brazos cruzados, su plan comenzó desde temprano; en lugar de peinarse, le pidió a Rosa que enredara su cabello y untara mantequilla. Dejó de lado su vestido y usó un atuendo bastante sencillo, finalmente, ensució sus zapatillas en el lodo y de esa forma logró convertirse en la joven menos presentable en la familia. Para Minerva, todo fue un acto de rebeldía y búsqueda de identidad, pero había personas menos afortunadas. — Esta mañana te dije que Minerva debía estar lista a tiempo, ¿conocías sus planes? — preguntó la señora Lorena. Rosa mantuvo la mirada baja y asintió. — La señorita… Un golpe en la mejilla que la dejó helada interrumpió sus palabras. — Tu trabajo es atender a mi nieta, no confabular con ella. Si sus planes eran desobedecerme debiste buscarme e informarme. — Mamá, no seas muy dura, es solo una niña — suplicó Paula, intentando calmar a su suegra. Ella conocía a su hija y entendía que habían puesto a Rosa en una situación complicada. — Esto es intolerable, apuesto a que fue esta mocosa quien arruinó el vestido. Escúchame bien, pagarás la tela de tu salario — continuó la señora Lorena. Rosa observó a la dueña de la casa mirarla con odio, al señor Siena que alzaba la barbilla, a sus hijos pasando a su lado y fijando la vista por un momento para poder ubicarla y burlándose. Al final, el señor Saúl colocó un abrigo sobre los hombros de su esposa y miró brevemente en dirección a Rosa — pobre niña. Paula coincidió. — Espera un momento, ahora vuelto. — Entiendo — sonrió el señor Saúl y salió primero. Rosa mantuvo la mirada sobre el suelo. Paula se acercó y tomó un pañuelo para limpiar el rostro de Rosa. — Mi suegra fue muy injusta. No hiciste algo malo. Estabas siguiendo las indicaciones de mi hija y yo te lo agradezco — dijo, y se agachó para susurrar en el oído de Rosa — me encargaré de que te paguen lo que te corresponde. Sigue quedándote al lado de mi hija. Rosa asintió, pero mientras la señora Paula se dirigía a la fiesta, la siguió con la mirada sin comprender lo que había pasado. — Veo que tienes dudas — anunció la señora Norelia Marquéz, jefa de las mucamas. — Hice lo que me ordenaron — susurró Rosa — no hice algo malo, la señora Paula lo dijo, pero me golpearon. Algunas lecciones quedaban fuertemente grabadas en la mente y Rosa estaba a punto de aprender una que cambiaría su vida. — A los sirvientes nos castigan sin importar que hayamos hecho lo correcto. Es así como funciona, la señorita Minerva fue rebelde y decidió quedarse en contra de los deseos de su familia. La señora Siena sabe que su nieta la desobedeció, pero no puede castigarla porque es su nieta. Tú eres la sirvienta. Parte de tu trabajo es asumir la culpa y tomar los castigos físicos en nombre de tu ama. Así se mantiene la unión familiar. Rosa retrocedió hasta que su espalda tocó la pared y la sintió fría. Su mirada bajó hacia el piso, aun pensando en lo que acababan de decirle. Norelia suspiró, no era de su agrado asustar a una niña, pero había lecciones que debían aprenderse. — No dejes que la señorita Minerva vea tu herida, si ella se molesta con la señora Siena por culpa tuya, te despedirán. Había cuatro hermosos vestidos en el armario de Rosa, todos ellos con telas costosas, costura fina, encajes tejidos a mano y broches que podrían pagar una comida completa. En ocasiones, Minerva le invitaba un chocolate o le entregaba las sobras de su plato. Rosa se sentía tan feliz que lo olvidó por completo. No eran iguales; Minera era la señorita de la casa Siena y Rosa era una sirvienta.
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