Noche sin luna

1915 Words
Víctor permaneció unos segundos mirando hacia el horizonte, luego entró a la mansión. Su padre descansaba en silencio. Había momentos en los que Víctor podía olvidar que su padre estaba enfermo o que llevaba meses sin levantarse de la cama, luego él despertaba o comenzaba a toser sangre y Víctor recordaba que su familia era una torre derrumbándose. El paño tenía manchas carmesíes. La tos se volvió incontrolable y tuvieron que llamar al médico. Después de meses de intentar todos los métodos posibles, de viajar a diferentes hospitales y de escuchar el mismo diagnóstico una y otra vez, Víctor había llegado al punto de no saber si estaban salvando a su padre o lo torturaban. El médico cambió su expresión, hasta un par de días antes aún se mostraba optimista. En esa ocasión negó con la cabeza. El barón Teodoro Monroe intentó hablar, el médico lo ayudó a incorporarse y Víctor lo sostuvo por los hombros. Amelia entró a la habitación y vio a su esposo moviendo los labios, pero todo lo que salía de su garganta era una respiración áspera, irregular y cansada. Ella se cubrió el rostro con una mano, la otra la puso contra su pecho. Durante un segundo no quiso avanzar, como si al retroceder pudiera regresar en el tiempo a la época en que su esposo era un hombre entero, capaz de levantarse de la cama, montar a caballo, comer hasta saciarse y reír. — Teodoro… — susurró. El barón giró apenas la cabeza hacia su esposa. Intentó sonreír, pero fue una expresión débil. Otro acceso de tos lo sacudió. Esta vez la sangre fue más abundante. Víctor apretó los dientes. — Traigan agua — ordenó y se apartó de la cama. El médico examinó al barón, escuchó su respiración, tocó su pulso, observó sus ojos y al final, negó con la cabeza una vez más. Con un gesto, Teodoro le pidió a Amelia que se acercara y ella se arrodilló junto a la cama. — Teodoro… todo estará bien. El barón levantó una mano con esfuerzo y la apoyó sobre la de ella, luego le dirigió una mirada triste a Víctor. Después se quedó dormido. Fue así como sucedió, el barón descansaba tan plácidamente que nadie notó la ausencia del sonido de su respiración hasta que el médico lo señaló y les dio la noticia. La baronesa comenzó a llorar y se recargó sobre el hombro de su hijo. Él se mantuvo en silencio. A los diez años Víctor se separó de sus padres durante una aburrida fiesta y caminó por el jardín. Algo atrajo su atención aquella noche, aunque ahora no recordaba lo que era, sí sabía que fue lo bastante interesante como para alejarlo de la mansión e internarse en un laberinto. Al comienzo pensó que bastaba con caminar un rato, después comenzó a sentir miedo y fue justo esa noche cuando conoció al monstruo. El señor Henderson apareció para protegerlo, pero a su corta edad Víctor estaba seguro de que esa mirada enloquecida, los colmillos y el temor que paralizaba su cuerpo serían la peor experiencia de su vida. Se equivocó. Ese año Víctor entendió que los verdaderos monstruos no se anunciaban, no ponían una expresión aterradora ni arrancaban gritos de la garganta. La auténtica pesadilla era ese ser diminuto que atacaba desde dentro y doblegaba a los más fuertes sin siquiera mostrarse. No se necesitó un gigante, el cáncer le arrebató a su padre. Lo mató ocho meses atrás y les dejó un cascarón. Todo mientras ellos observaban. Por las noches el barón veía ángeles que bajaban del cielo para llevárselo, gritaba por el dolor y varias veces se despidió de ellos. Al llegar a ese punto Víctor se encontró deseando que su padre muriera y dejara de sufrir. Había sucedido. El barón estaba muerto y él no sentía alivio, sino tristeza. Quería llorar, gritar, golpear algo o encerrarse en una habitación y cerrar los ojos. Se agachó y se sentó sobre el suelo, llorando. A la mañana siguiente la casa estaba silenciosa. Los pasillos normalmente llenos de sirvientes, ahora tenía pasos suaves y voces bajas. Todas las ventanas fueron cubiertas por cortinas negras. Los jarrones con flores adornaban la estancia. Habían preparado y colocado el cuerpo del barón en el salón principal para el funeral. Durante horas todo siguió un horario ya establecido. Amelia permaneció en calma con su vestido de luto y dio pocas instrucciones a los sirvientes. El mayordomo se encargó de los detalles. El conde Monroe permaneció en silencio mientras le ayudaban a colocarse el traje. Las personas alrededor fueron amables, tanto el sastre que le tomó medidas como los empleados que lo atendieron, la mucama que lo peinó y la joven que trajo una taza de té. Todos fueron muy amables, tanto, que nadie mencionó la muerte de su hijo. — Ya está listo, señor. El anciano se giró y caminó hacia la puerta a paso lento. Se apoyaba sobre su bastón. Al llegar al pasillo se asomó desde el barandal y miró la decoración. La realidad lo golpeó. Sabía que su hijo estaba enfermo, pero tenía la esperanza de que todos los médicos se equivocaran. El orden de la vida se había alterado. Los hijos enterraban a los padres, no al revés. Su pecho dolió, al apoyarse sobre el barandal sintió que sus rodillas flaqueaban y el dolor trepó hacia el costado izquierdo. — ¡Señor! Los sirvientes se preocuparon, pero él levantó su bastón. — Estoy bien — anunció en voz alta — déjenme solo. El dolor se volvió más agudo y cayó al suelo. Amelia estaba sentada junto al féretro, acababan de acomodar su silla para que ella se instalara y Víctor terminaba de ajustarse el saco. Varias personas entraron de prisa a la habitación, Víctor se giró, sintió que algo no estaba bien y frunció el ceño. — Señor… El conde Adolfo Monroe sufrió un infarto y falleció un día después de su hijo. — ¡Ayuda! — gritó alguien desde el salón. Víctor salió de la habitación, miró el ataúd, después a los sirvientes que subían los escalones hacia el barandal y finalmente a su madre. Amelia casi tropezó al momento de levantarse y las sirvientas a su lado la ayudaron. Ella alzó la falda de su vestido para no volver a pisar la tela y abrazó a su hijo. Víctor sintió algo extraño en su pecho. Un latido desordenado, un golpe fuerte y pronto, le faltó el aire. En una misma noche dos asientos en la sala familiar desaparecieron. Su padre y su abuelo estaban muertos, médicos entraban y salían de la mansión, los invitados comenzaban a llegar y todos murmuraban. La tragedia había golpeado dos veces a la familia Monroe. ¿Qué pasaría ahora? Víctor miró el salón y de repente, alguien se acercó y susurró a su lado. — Conde, la funeraria pregunta si desea que realicen una autopsia. No hacerla apresurará el funeral. Víctor se paralizó, la persona a su lado parecía un espejismo, no podía ser real porque lo había llamado: Conde. Ese título era de su abuelo, tras su muerte sería su padre quien lo heredara. Cualquiera de ellos dos debía responder esa pregunta tan fuera de lugar en un momento en el que Víctor solo quería salir corriendo. “Conde” El título lo golpeó y su corazón cedió. Los sirvientes lo llamaron, pero él no se detuvo. Cruzó la puerta principal, ignoró todos los murmullos, siguió avanzando, abriendo y cerrando puertas sin mirarlas hasta que la luz del sol le golpeó el rostro, sus pies pisaron hojas secas y supo que estaba en el jardín. Volvieron a casa sin avisarle a los sirvientes y el patio trasero se veía abandonado. Víctor caminó despacio, pero sin mirar hacia donde iba y tropezó con una raíz expuesta. Antes de darse cuenta su barbilla se golpeó contra el suelo y le dolió el pecho. El golpe fue brusco, su labio superior sangró y él se quedó en esa posición, con las manos apoyadas sobre la tierra y la cabeza baja. Si su padre había muerto… Si su abuelo había muerto… Entonces él… Víctor se giró y miró hacia el cielo. Su traje estaba un poco sucio por la tierra recogida, y al momento de limpiarse el rostro con la manga, lo que hizo fue ensuciarse. Las voces comenzaron como susurros y eventualmente llegaron a sus oídos. Lo estaba buscando. Lo más valiente habría sido ponerse en pie, volver al salón y enfrentar a todos; a su madre, a los invitados, a los sirvientes y empleados que ya le habían dado el título de conde. Lo que Víctor hizo fue correr y esconderse. En la mansión Siena la noticia acababa de llegar. La señora Lorena ya estaba lista, Cecilia se miraba en el espejo, Iván comía un trozo de pastel, Paula caminaba de prisa para buscar a Minerva que bajaba los escalones con Rosa detrás de ella y un sirviente al mismo tiempo, subía para buscar a Luis. — Tomaste mi peineta — dijo Minerva, alzando la voz. Cecilia no apartó la mirada del espejo. — No lo hice. — Sí — reclamó y le arrebató el espejo a su prima. — Deja de culparme, no tomé tu estúpida peineta. El señor Saúl Siena levantó el brazo para pedirles a todos que guardaran silencio y al ver que esto no funcionaba, la señora Lorena golpeó su bastón contra el suelo. El ambiente cambió. — El conde ha muerto — anunció el señor Siena. Hubo varias miradas confundidas. — ¿No era el barón? — dijo Amelia en un susurro y Roberto negó con la cabeza para indicarle que guardara silencio. — Ambos fallecieron — dijo el señor Siena. Todos esperaban la muerte del barón, desde que los rumores dejaron en claro que su enfermedad no tenía cura, asumieron que moriría pronto y esperaban por el anuncio, pero nadie anticipó que el conde también fallecería. — Estupendas noticias — soltó la señora Lorena. — ¡Mamá! — gimió Paula. — No me miren así, todos tenemos una cita en la tumba, algunos se van primero, otros gozamos de excelente salud — se ufanó. — Lo que importa son los vivos — miró a Minerva. Todos comprendieron a qué se refería. En lugar de esperar hasta los treinta o cuarenta años para convertirse en condesa, Minerva lo sería en el instante en que se casara con Víctor. El corazón de Minerva se estremeció y se llenó de vergüenza. Esa era su familia, el grupo de personas que celebraban la muerte de un hombre y la herencia de su título. — Hay que irnos ahora — dijo Paula y miró a su hija — ¿ya estás lista? Las manos de Minerva se apretaron. Paula pasó la mirada hacia Rosa. — Cámbiate los zapatos, irás con nosotros. Mantente cerca de Minerva. Veinte minutos después abordaron los carruajes y se dirigieron a la mansión Monroe, a tiempo para el funeral del barón. Al día siguiente habría dos ataúdes en ese salón. El trayecto fue silencioso. Rosa lo agradeció, miró por la ventana y suspiró. Aquel era un día soleado y brillante. En las novelas que le leía a Minerva los funerales tenían lugar en días nublados y lluviosos, ese día se sentía especialmente iluminado. Pero cuando llegaron a su destino y Rosa cruzó el umbral de la mansión Monroe, justo detrás de la familia; supo que el sol no tenía permitido entrar en el salón.
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