Juliette Moreau
Tengo mi trasero bien apoyado en el borde de la cama, mis manos se sostienen de la suave sobrecama y mis pies no dejan de rebotar.
Mis dientes chirrían una y otra vez, porque me siento enojada y frustrada.
Salir del despacho de Lucifer y venir a mi habitación debía ser fácil. Lo es en un primer momento, pero resulta que alguien más tiene planes ambiciosos que llevar a cabo lo más pronto posible.
»Informe de la visita. Todos los detalles.
Leer el mensaje no debería sentirse así, pero es inevitable. Mucho más porque es el quinto que me llega en pocos días, con claras indicaciones a seguir. Después de meses sin aparecer, el que lo haga tan seguido ahora me pone de mal humor y nerviosa, muy nerviosa. Es como si fuera omnipresente, como si supiera absolutamente todo.
¿Cómo mierda lo hace?
«Janett. Hazlo por Janett».
Tengo que ser fuerte por ella. Tengo que mantener el control por ella. No puedo perder la cabeza por un ultimátum. Hacerlo sería desperdiciar mi oportunidad y terminar de arruinarlo todo.
—Vamos, Jul, mueve el culo... —me lleno de fuerzas, me doy ánimos, pero la verdad es que no quiero levantarme de aquí y mucho menos salir de la habitación.
Pero tengo que...
Porque es una orden y si quiero pasarle información, necesito estar presente. Así me cueste el mal humor de Lucifer y un posible castigo.
Me levanto de un salto sin pensarlo demasiado y voy directo a la puerta. Salgo de la habitación antes de preguntarme qué carajos estoy haciendo.
Llego al primer piso y me voy repitiendo que, si me encuentro con Aston, le diré que tengo sed.
El agua no se niega, ¿verdad?
Aunque conociéndolo, probablemente espera que la beba directo del grifo del lavabo.
Mis pasos son silenciosos mientras voy a la cocina. Respiro profundo cada vez que confirmo que Aston no está, pero no puedo contar victoria tan pronto. En cuanto entro a la cocina, sus ojos oscuros se cruzan con los míos y ahora no me miran como cuando me despachó hace unos minutos.
Ahora me mira como si quisiera comerme entera.
«¿Qué carajos?».
Aston no se mueve, apoya una mano en la isla de mármol de la cocina, pero su cuerpo entero está tenso.
Me atraviesa con esa mirada que no se parece en nada a la de hace un rato, ya no está ausente ni indiferente.
No. Ahora parece al borde de estallar.
—¿Qué haces aquí? —pregunta con voz baja, pero filosa.
Trago saliva y sostengo su mirada. No retrocedo, aunque cada célula de mi cuerpo me grita que lo haga.
—Tengo sed —respondo, fingiendo inocencia.
Él ladea la cabeza, sus ojos se clavan en los míos como si pudiera leer lo que realmente me trajo hasta aquí. Como si supiera que no fue el agua.
«Y de verdad espero que no tenga idea».
—¿Tienes sed? —repite, con un dejo de burla. Luego da un paso hacia mí, tranquilo, pero con esa amenaza invisible que siempre lo rodea cuando trata conmigo—. Esta es la razón por la que no eres lo que busco.
El corazón me da un vuelco, pero no lo muestro, me quedo donde estoy.
—¿Sabes cuál es tu problema, Juliette?
No contesto, pero mi corazón se desboca cuando lo veo acercarse. Cada paso que da en mi dirección es como un reloj con una cuenta regresiva.
—Tu irreverencia. Tu puta necesidad de cruzar límites, de jugar con fuego aunque no sepas cuánto quema.
Se detiene frente a mí. Su cuerpo queda a pocos centímetros y el aire entre los dos se vuelve espeso.
—Cuando me follo a una mujer —dice, sin bajar el tono— quiero que entienda algo muy claro, Juliette, quién tiene el poder. No quiero dudas, no quiero cuestionamientos, no quiero mentes que se rebelen, solo quiero y exijo obediencia. Quiero sumisión y entrega sin condiciones. Mías.
Sus palabras me golpean fuerte. Deberían darme asco, pero no es eso lo que siento.
Siento calor. Una corriente que me recorre desde el centro del pecho hasta el espacio entre las piernas.
Y lo peor es que él lo nota, porque sus ojos bajan a mi boca y luego a mi cuello, donde seguro late mi pulso como un tambor.
Pienso rápido. No puedo dejar que me saque de juego.
—Entonces enséñame —respondo, sin bajar la mirada.
Sus cejas se fruncen.
—No sabes lo que pides.
—Sí sé. Quiero que me enseñes —repito con firmeza—. Si tan bueno eres en lo que haces, si eres ese hombre que quiere sumisión y entrega, entonces conviérteme en eso.
Él no pestañea. Me estudia como si no supiera si estoy bromeando o si de verdad me estoy ofreciendo como su maldito experimento.
—Tú no sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé —insisto—. Y también sé lo que vi en tu habitación. Lo que hiciste y lo que dijiste. Lo que me hiciste sentir sin siquiera tocarme de verdad.
Doy un paso más hacia él.
—No soy estúpida, Aston, y no soy una niña asustada. Si me vas a rechazar otra vez, hazlo, pero no finjas que no sentiste nada, porque lo sentiste.
Sus fosas nasales se dilatan; me mira con rabia, con deseo y con duda. Es un caos contenido y por primera vez, siento que le gané una batalla.
—¿Qué dices, jefe? —añado, despacio—. ¿Te animas a enseñarme o vas a seguir huyendo?
Aston va a responderme, a reclamarme de nuevo por esta irreverencia que según dice no puedo controlar, pero en el instante en que abre la boca, el sonido de la puerta de entrada interrumpe todo.
Unos pasos rápidos y el grito de una voz familiar atraviesan la casa.
—¡Aston!
«Viena».
Aston gira la cabeza hacia la puerta con el cuerpo rígido y los músculos tensos. Vuelve a mirarme, con los labios apretados y la respiración contenida.
—Esta conversación no ha terminado —dice con la voz grave.
Y aunque intenta mantener el control, hay una vibración en sus palabras, un temblor de advertencia o de deseo.
Se aleja sin decir más. Deja su exquisito y masculino aroma colgando en el aire. Además de una jodida tensión que puede cortarse con un cuchillo.
Yo me quedo un segundo más en la cocina, mis piernas tiemblan un poco. No sé si por la rabia, por la adrenalina o por el maldito deseo que aún me quema la piel.
Busco un vaso, lo lleno de agua del dispensador y bebo un largo trago para enfriar la garganta.
No sirve de mucho, pero igual lo hago.
Al menos conseguí algo, un paso, una g****a en esa maldita armadura suya. No sé qué va a pasar, pero me empiezo a divertir con la idea de que lo tenga dando vueltas.
Salgo de la cocina y me dirijo al salón. Llego justo a tiempo para ver a Ivanna entrando por la puerta.
Luce hermosa, siempre lo es. Lleva al niño en brazos, el pequeño apoya la cabeza en su hombro y ella le acaricia la espalda mientras camina con pasos seguros.
Su sonrisa ilumina la habitación apenas ve a Aston.
Y él… él se transforma.
Es como si el aire que había contenido todo este tiempo volviera a su cuerpo. Sus ojos brillan, su postura se suaviza, y la forma en que la mira me corta el aire a mí.
No es deseo, tampoco es lujuria. Es devoción y es amor.
Lo disimula, pero lo siente y se nota. Y a mí me sabe a puro veneno.
Ivanna le sonríe con dulzura, no se da cuenta ni imagina lo que provoca. Solo se acerca y le habla como si él no fuera el maldito diablo, como si no acabara de escupirme su veneno en la cocina.
—Shane está fuera... con Milo —dice ella, y da un rápido vistazo a Viena cuando esta resopla.
Todos nos giramos para verla.
—Ojalá le parta la cara por idiota —exclama con rabia y yo me sorprendo por ese nivel de violencia.
No conozco a Viena en esta versión. No es que sepa mucho de ella, pero nunca me había dado está impresión.
Sé quien es Milo, el amigo de Aston visitó bastantes veces la empresa los meses anteriores a su traslado a Boston.
—¿Qué tiene que ver Milo con todo esto? —cuestiona Aston con confusión.
—A mi jodido hermano... —señala al exterior—, se le ocurrió la grandiosa idea de que hiciera este viaje desde la empresa con el amigo tuyo insoportable.
—¿El amigo que te caía bien?
Viena vuelve a resoplar.
—Aparentemente solo era una estúpida sin criterio —murmura ella con impaciencia, luego señala a Ivanna—. ¿Dónde podemos acostarlo un rato? Ivanna no puede cargar al niño para siempre.