Capítulo 6. Orden (parte 2)

1471 Words
Juliette Moreau Aston se acerca al niño que sostiene Ivy y le acaricia la frente con los dedos. Deja un beso en la frente del pequeño y luego, así de cerca, saluda también a Ivanna. Miro hacia otro lado, porque si sigo observando voy a perder el control. —Juliette —dice, girándose hacia mí como si nada hubiera pasado hace unos minutos—. Llévalos a la habitación de la planta baja. Asiento con un movimiento casi automático. Le pido a Ivanna que me siga, ella me sonríe con amabilidad y Viena nos sigue de cerca. Camino delante de ellas sin decir nada, guiándolas por el pasillo hacia la habitación de la planta baja. Escucho sus pasos detrás de mí y el leve murmullo de sus voces mientras se aseguran de que el niño no se despierte. Es irónico que sea yo, justamente yo, quien las lleve a la habitación, porque yo no formo parte de este mundo. Lo supe desde antes, pero hoy volvió a quedar claro. Aston ni siquiera quiso que me quedara cuando supo que ellas venían. ...No es asunto tuyo... ...Solo será un asunto familiar... Frío y directo. Recordándome que no importa cuánto tiempo pase a su lado, ni cuán eficiente sea, ni siquiera lo que provoque en él. Yo no soy familia. No tengo derecho a estar cerca cuando las personas importantes para él aparecen. Aun así, no puedo darme el lujo de parecer herida, no cuando tengo un papel que cumplir. No cuando ambas me miran con la clase de simpatía que me hace sentir, por un momento, parte de algo. Abro la puerta y enciendo la luz, la habitación está impecable. Me hago a un lado para dejar que Ivanna entre primero, ella me sonríe y asiente con agradecimiento mientras pasa con el niño dormido. —Gracias, Juliette —dice con voz dulce. —De nada. Si necesitan algo, estaré cerca —respondo en tono suave, manteniendo la compostura. —¿El imbécil de mi hermano te hizo trabajar ayer, Juliette? —pregunta Viena con una mueca, mientras entra detrás de Ivanna. —Con tu hermano no existe eso idílico que llaman descanso —respondo con una sonrisa ligera. Ambas sueltan una risita y se miran como si entendieran el castigo que es servirle al gran y odioso Aston Myers. Viena incluso me da una palmadita en el brazo al pasar. —Tienes el cielo ganado, te lo juro. Ivanna acomoda al niño con cuidado en la cama, le quita los zapatos sin despertarlo y le acaricia el cabello mientras murmura algo que no alcanzo a escuchar. Viena se sienta al borde del colchón y resopla, con una mezcla de rabia y agotamiento que parece habérsele adherido desde que llegó. —¿Estás bien? —le pregunta Ivanna, mirándola con preocupación. —Voy a estarlo —responde Viena con la mandíbula apretada—. Pero Milo va a pagarme esta. Me mantengo cerca de la puerta, sin interrumpir, no porque no me importe, sino porque no es mi lugar meterme. Lo que sí es mi lugar es prestar atención, Viena también forma parte del rompecabezas, y cualquier pieza que se caiga me puede servir. —¿Qué pasó esta vez? —insiste Ivanna. —¿Tú puedes creer que antes de venir, se le ocurrió pasar a encontrarse con una de sus zorras? —escupe con desprecio—. La tipa me miró con odio y casi se lo come completo cuando me vio sentada en el asiento delantero. Ivanna suspira. —Vi… —No, Ivanna. Es una falta de respeto. ¿Quién carajo se cree que es? No, no. Se acabó. —Respira un poco, ¿sí? Lo van a solucionar. —No lo creo, Ivy. Eso no tiene arreglo. Yo no entiendo nada, no sé qué carajos pasó entre ellos, pero sí sé que esto puede servirme. Así que mantengo mi postura tranquila, mi cara de asistente siempre dispuesta, y mis oídos bien abiertos. Cuando terminan de acostar al niño, ambas se incorporan con cuidado. Viena se estira el vestido y suelta otro resoplido. Ivanna vuelve a fijarse que el pequeño esté bien tapado y me sonríe antes de hablar. —Gracias otra vez, Juliette. —Estoy para ayudar —respondo, con amabilidad. Ambas me sonríen y regresamos con paso tranquil. Riendo de algo que dice Viena, Ivanna va un poco delante de nosotras y apenas llega al espacio abierto, va directo al hombre que conversa con Aston sentado en la butaca. Unos ojos azules que se iluminan en cuanto la ven. Ojos idénticos al pequeño Shawn, así que no dudo que es su padre. Y por lo que antes insinuó Viena, ¿es también su hermano? Aston se pone de pie y se fija en Viena con atención. La escanea sin disimulo, como buscando signos de que ya no está a punto de explotar. —¿Te sientes mejor, Vi? —pregunta, con un tono menos rudo del habitual, lo que ya es decir mucho viniendo de él. Viena asiente, aunque su ceño no se relaja del todo. Yo me quedo un paso por detrás, sin querer interrumpir, pero no pasa desapercibido que Aston gira la cabeza hacia mí. Su mirada me encuentra y no tarda en acercarse. Camina con decisión y con ese estilo suyo que parece estar al borde de romper todo lo que toca. Se detiene frente a mí, tan cerca que su perfume caro me envuelve. —¿Quieres jugar con fuego entonces? —susurra, sin quitarme los ojos de encima. Aprieto los puños y mantengo la mirada. No puedo creer que me esté diciendo esto justo ahora, con la compañía de su familia. «¿Qué mierda le pasa?». —Pues sube a tu habitación y espérame desnuda en la cama —dice, con la voz baja y grave, una orden que me hace contener la respiración—. Quiero que me digas qué pensabas ayer mientras te follabas con los dedos. Mis pulmones se olvidan de funcionar, el calor se me sube al rostro, a las orejas y por todo el puto pecho. Siento el pulso en la garganta y también entre las piernas. Me quedo un segundo clavada en el lugar, atrapada entre la rabia, el deseo y la puta humillación que es sentirme así frente a él, pero justo en ese instante, se escuchan pasos. Aston se gira hacia la entrada, yo apenas logro parpadear antes de que aparezcan dos figuras. Una la reconozco al instante, es Milo. El otro es un desconocido, alto, de rostro afilado y mirada directa. Ambos miran a Viena en cuanto entran a la casa. La tensión se instala de golpe. Yo no entiendo una mierda, pero no me sorprende cuando Aston se gira hacia mí, con su expresión neutra y cortante, como si volviera a ponerse el maldito traje de hielo que tanto domina. —Por favor, déjanos solos —dice, en voz alta, con tono seco—. Esto es un tema familiar. Familiar. Otra vez esa palabra. Otra vez me saca del salón como si no tuviera ningún derecho a estar aquí. Como si lo de hace un minuto no hubiera ocurrido. Como si no me hubiera dado una orden que aún retumba en mi cabeza y me hace arder de las putas ganas que me niego a sentir. Me pongo colorada, no solo de rabia, sino de vergüenza, porque todos están presentes. Doy media vuelta y camino hacia el interior de la casa sin decir una palabra. Me quema la nuca sentir su mirada, o tal vez solo me la imagino. Tal vez ya se olvidó de mí por completo. Estoy por doblar en el pasillo cuando escucho la voz de Viena, cargada de reproche. —¿Podías ser menos cabrón? No sé cómo te soporta. El corazón me da un golpe, me detengo un segundo sin querer hacerlo. —Le pago lo suficiente para soportarme. Si no le gusta puede buscarse otro trabajo. Ahora, ¿podemos ir a lo que en verdad nos importa? —Me llega su respuesta, seca, cruel y sin una gota de remordimiento. Trago saliva, con un nudo en la garganta que no esperaba. No es por la frase, es por la frialdad, por cómo me borra con tanta facilidad. Camino sin rumbo claro, ni siquiera sé si voy a mi habitación realmente. Me arde la cara de impotencia y me duele el orgullo. Y lo peor es que me sigue latiendo el cuerpo, como si sus palabras de antes todavía me tuvieran temblando por dentro. ...Sube a tu habitación. Espérame desnuda. Quiero que me digas qué pensabas mientras te follabas con los dedos... «Hijo de puta». No sé si quiero obedecer, pero sé que debo hacerlo. De mi decisión depende mucho más. ¿Será que puedo resistir?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD