Capítulo 7✨

900 Words
El alta hospitalaria me aterrorizó. Lo que para cualquier madre habría sido un motivo de celebración, para mí era un abismo de incertidumbre. ¿Cómo explicaría que no tenía con qué pagar la cuenta? ¿Me darían la oportunidad de saldar la deuda en cuotas? Aun sin respuestas, tuve que acercarme al área de caja. La vergüenza me pesaba en los pies, pero caminaba con la disposición de negociar cualquier acuerdo, siempre que el hospital estuviera dispuesto a escucharme. —Buenos días —me saludó una mujer de aspecto afable, cabello cano y mejillas rosadas—. ¿En qué puedo ayudarte, corazón? —¿Qué tal? —respondí con una sonrisa forzada. No le había mencionado nada a la señora Martha; no había forma en que ella pudiera ayudarme con una suma que intuía astronómica—. ¿Podría darme el estado de cuenta de la habitación diecinueve, por favor? —Por supuesto, tesoro. Sus dedos volaron sobre el teclado y, a los pocos segundos, una pequeña impresora escupió un ticket. Lo tomó y me lo extendió con amabilidad. Al mirar la cifra, sentí que el mundo se detenía. Sabía que sería exorbitante, pero la realidad superaba mis peores pesadillas. Tragué saliva, sintiendo la boca seca, y levanté la vista hacia ella. —Disculpe —mi voz tembló ligeramente—, hay un problema que me gustaría comentarle. —Dime, tesoro —respondió ella con la misma cortesía. Solo esperaba que su amabilidad no se evaporara al conocer mi situación. —Sucede que, en este momento, no cuento con la liquidez para cubrir la totalidad de la cuenta —confesé. Mis mejillas ardieron por la humillación. Coloqué el ticket sobre el mostrador. Ella lo tomó, revisó la cantidad y, para mi sorpresa, sonrió con calma. —No te preocupes, cariño —dijo mientras me devolvía el papel—. La cuenta ya está cubierta. —¿Qué? —me quedé helada. Yo misma había visto el monto hace un segundo. ¿Cómo era posible? —Mira aquí —señaló la parte inferior del ticket, justo debajo del total. Había un desglose que indicaba que el pago se había realizado mediante una transferencia desde una cuenta bancaria sin nombre, pero con origen en un banco suizo—. Hace unas dos horas vino un abogado y liquidó todo. —¿Un abogado, dice? —intervino la señora Martha a mis espaldas, mientras mecía a Arty en sus brazos. —Sí. Vino en representación de alguien, pagó y se marchó sin dar explicaciones —explicó la mujer, igual de extrañada—. ¡Ah, espere! Creo que mencionó el apellido Sallow. Sí, me parece que era el abogado de alguien con ese apellido. —¿No dejó ninguna identificación? —pregunté, aferrándome a la esperanza de obtener un nombre concreto. —Lo lamento, pero no solemos exigir identificaciones cuando alguien viene a liquidar una cuenta externa —respondió ella. Supuse que era una excusa protocolaria; probablemente aquel hombre era un cliente importante del hospital y tenía garantizada la discreción. Solo conocía a dos personas con el apellido Sallow capaces de mover semejante suma. Uno de ellos era el menos probable y, al mismo tiempo, el más peligroso. Si era él, sabía que me cobraría este "favor" de la forma más cruel posible. —En ese caso, muchas gracias —dije, forzando una sonrisa. Me sentía patética; de haber sabido que la cuenta estaba paga, jamás habría expuesto mi precariedad económica. Salimos del hospital bajo el sol de la tarde. Tenía a Arty entre mis brazos y, por un instante, me permití perderme en la suavidad de su rostro, acariciando su piel con la punta de los dedos. Finalmente, estaba conmigo. —¿Irás a la lectura del testamento de Arthur? —La voz de la señora Martha me arrancó de mi burbuja y me devolvió a la realidad que tanto evitaba: mi esposo estaba bajo tierra, en un terreno frío lleno de lápidas. —No, no tengo tiempo para eso —respondí tajante. Con un recién nacido y su gemela en cuidados intensivos, lo último que deseaba era encerrarme en una oficina con personas que me detestaban y que, seguramente, deseaban verme muerta junto a mi marido. —Deberías ir —insistió ella con tono protector—. Estoy segura de que Arthur no te dejó desamparada. Si reclamas lo que te corresponde, no tendrás que pasar por humillaciones como la de hoy. ¿Por qué no me dijiste que necesitabas dinero, Christine? Supe que se refería a su propio ahorro, y aunque me urgía, el orgullo me impedía aceptar nada de ella. —No creo que sea una buena idea —dije, tratando de recordarle que mi anonimato era mi única defensa. No quería problemas con los Sallow; quería a mis hijos lejos de su alcance. —Yo tampoco creo que sea lo ideal, pero vas a necesitar mucho dinero para los cuidados de la pequeña —me recordó con severidad—. Está en las mejores manos, pero la medicina neonatal es carísima. Es un dinero que no tienes. —Lo sé —murmuré. En mi interior, una voz me gritaba que reclamar esa herencia era como entrar voluntariamente en la guarida del lobo, pero otra voz, mucho más pragmática y desesperada, me recordaba que el amor de madre también se mide en la capacidad de proveer lo imposible.
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