Capítulo 5✨

870 Words
A pesar de la molestia, me levanté de la cama. No lo hacía por prescripción médica, sino por una urgencia mucho más profunda: necesitaba ver a mi otra bebé, a mi pequeña. Caminé arrastrando el soporte del suero, un gesto que encendió las alarmas de la señora Martha. Ella no podía acompañarme; la había dejado a cargo de mi pequeño Arty, así que me aventuré sola por los pasillos, siguiendo los letreros de aquel hospital que, en su lujo, me resultaba ajeno. Tomé el ascensor y subí dos pisos hasta llegar al área de Cuidados Intensivos Neonatales. Antes de entrar, no pude evitar pasar frente a los cuneros: una habitación donde, supuse, mantenían a los recién nacidos mientras sus madres eran instaladas en sus habitaciones. A través del cristal vi a varias personas, probablemente familiares, que tomaban fotografías y se maravillaban ante la belleza de los pequeños. Eran familias felices. Mientras caminaba por allí, invisible para ellos, una nostalgia amarga me oprimió el pecho. Me dolía no tener lo mismo; me dolía estar sola, con la única excepción de la señora Martha. Me faltaba una madre que me guiara en la maternidad o un esposo que compartiera conmigo esa explosión de alegría. Con el suero como único acompañante, llegué a la puerta que anunciaba la especialidad. Desde el interior se filtraban llantos, algunos enérgicos y otros tan débiles que apenas parecían un suspiro. Con el corazón hecho un nudo, me atreví a llamar. Una enfermera abrió la puerta. Vestía un uniforme blanco salpicado de pequeños conejos, pero su rostro estaba casi oculto tras el cubrebocas y el gorro quirúrgico. —¿Necesita algo? —me preguntó con una seriedad que rayaba en la frialdad mientras me escaneaba de arriba abajo. —Disculpe la molestia, vengo a ver a mi pequeña —logré decir. Su mirada me hizo consciente de mi aspecto: la bata de hospital, el soporte del suero y un rostro que, seguramente, reflejaba todo mi cansancio y dolor. —¿Su pequeña? —Cuestionó, extrañada. Se volvió hacia el interior, buscando la confirmación de algún colega—. Tenemos un nuevo ingreso, ¿verdad? —preguntó mientras tomaba una tabla con expedientes. —Sí, es el bebé Sallow —respondió otra voz femenina desde el fondo. Escuchar el apellido de mi esposo fallecido fue como un golpe físico en mi ya frágil estado emocional. —Muy bien, señora —dijo la enfermera, volviéndose hacia mí con un aire de hartazgo—. Puede pasar, pero solo por esta ocasión. Acaba de salir de una cirugía; no debería volver hasta que usted misma esté recuperada. Asentí en silencio. Sus palabras, lejos de ayudar, me hicieron sentir como la peor madre del mundo, pero me tragué la culpa y seguí el protocolo que me indicó. Me obligaron a ponerme una bata azul, larga y pesada, sobre la que ya llevaba. Me cubrí el cabello y el rostro, igual que ella. Me lavé las manos siguiendo un método minucioso y eterno, diseñado para eliminar cualquier impureza que pudiera amenazar la salud de los niños. Finalmente, entré. La habitación era blanca y la luz era tenue, respetando el descanso de los pequeños que dormitaban en cuneros e incubadoras. Solo a uno lo estaban alimentando a través de una sonda gástrica: un tubo diminuto por el que una jeringa introducía la fórmula. Aquel bebé estaba desnudo, salvo por el pañal, y se veía grande en comparación con la niña que encontré después. Allí estaba. El apellido Sallow colgaba de su cunero. Hubiese querido que ese nombre no estuviera ahí; no por su padre, sino por esa odiosa familia de la que deseaba proteger a mis hijos. Suspiré con un dolor que nada tenía que ver con mi herida quirúrgica. Apenas podía creer lo que veía. Era tan diminuta que la palma de mi mano era más grande que su cabecita. Sus extremidades eran tan delgadas que me partió el alma poder contar cada una de las costillas que sobresalían bajo su piel casi traslúcida. Mi pequeña tenía una sonda gástrica que entraba por su boca. Su bracito derecho estaba inmovilizado con un vendaje grueso para proteger la vía por la que recibía suero. Un sensor rodeaba su pie como una pulsera para vigilar sus latidos y su oxígeno, y un casco cefálico —una especie de burbuja transparente— le suministraba el aire que sus pulmones apenas podían procesar. Verla así me destrozó. Me asaltó la culpa de pensar que había sufrido tanto dentro de mí. Por un momento, al verla tan débil y quieta, la esperanza pareció abandonarme, pero entonces algo cambió. Fue como si un instinto de supervivencia se activara en mi interior, una coraza para protegerme del dolor y permitirme luchar. El nudo en mi garganta se disolvió. Me juré a mí misma que podría con esto. Que sería fuerte por ella, porque nadie más lo haría. Nadie más levantaría a mi hija si no era yo. Mi chiquita dormía, y entre sueños hacía pequeños pucheros. Me indicó que, tal vez, había llorado mucho desde que la trajeron a este lugar frío, separada de lo único que conocía, con solo un pañal y un calefactor para intentar reemplazar mi calor.
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