Narración de Scarlett
"Faye, cielo — recuerda a todos los presentes. ¿No fuiste tú quien le dijo a Alexander que no estaba a tu altura? ¿Que te ibas a buscar a alguien digno de tu tiempo?"
La gente en la sala se revolvía como agua inquieta.
Todos giraban hacia Faye, cuyo rostro pasó del blanco al rojo en segundos.
"Eso fue hace mucho," balbuceó, su fachada empezando a romperse. "Volví para... para ayudar—"
"¿Ayudar con qué, exactamente?" Me acerqué un poco más. La mano de Alexander hizo un gesto, como queriendo detenerme... pero no pudo. No frente a tanta gente.
"Porque si por 'ayudar' te refieres a meterte en la cama con mi esposo, entonces gracias. Gracias por dejar tan claro su engaño."
Alguien ahogó un grito. Otro murmuró una grosería.
Los ojos de Faye se llenaron con lágrimas de esas bien estudiadas. Ahora sí tenía miedo, porque notó que el público ya no estaba con ella.
Se giró hacia Alexander, con esa vocecita rota que parecía ensayada.
"Alfa, yo... entiendo que fue un error venir. Me voy antes de causar más problemas—"
Avanzó tres pasos antes de que Alexander la sujetara del brazo.
El tiempo se frenó. Vi cómo sus dedos se cerraban sobre su muñeca. Cómo tiró de ella, pegándola a su pecho. Cómo la rodeó con su brazo.
Cada lobo en esa sala lo vio.
Cada testigo del vínculo entre nosotros presenció cómo él elegía a ella.
La marca en mi cuello — la que me había hecho durante la ceremonia de apareamiento tres años atrás — ardía.
Y no con dulzura... sino con esta quemazón que sólo la traición provoca.
"Scarlett." Su voz sonó baja, con ese tono de Alfa que exigía obediencia. "Sabes lo clave que es esta noche. Todo tiene que salir perfecto ante los del Consejo."
Sus ojos clavados en los míos. Un aviso. Frío. Cruel.
"Si sigues con esto, no solo mi reputación se va al carajo. Tu negocio de perfumes, todos esos contratos que estás cerrando... se esfuman."
Y no mentía.
La mitad de mis clientes estaban en esa sala, viendo cómo se armaba el drama.
Los representantes del Consejo cuchicheaban sin disimulo.
Pero ya no. Ya no más manipulaciones. Ya no más amenazas. Ya no sería esa Luna de adorno que sonreía mientras él lo arruinaba todo.
"Tienes toda la razón, ALFA." Hablé alto, para que varios miembros me oyeran. Sonreí con filo.
"Esta celebración es demasiado importante para arruinarla con sentimientos incómodos. Así que por favor —" hice un gesto muy teatral hacia Faye, "— atiende a tu ex. Solo recuerda dónde duerme tu esposa cuando termines."
Mantuve su mirada un segundo más. Que viera todo lo que destrozó en mí.
Luego me di la vuelta antes de que pudiera decir nada. Antes de ver si venía detrás o se quedaba con ella.
Sabíamos la respuesta.
La multitud se abrió a mi paso como si apestara.
El silencio dolía más que los insultos — era juicio callado. Lástima encubierta. Todos vieron cómo me humillaban y ninguno hizo nada.
Pasé entre ellos con la cabeza en alto y la espalda recta, aunque sentía el alma rompérseme en pedazos.
Aunque sentía a Kara apagándose poco a poco dentro de mí, gimoteando como un animal herido.
Detrás, escuché a Alexander decir algo muy bajo. Luego a Faye, aún con voz llorosa. Luego la música regresó — tímida primero, después animándose.
La fiesta siguió.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no acabaran de borrarme delante de todos.
Apenas crucé la puerta de casa, las piernas me fallaron.
Caí con las manos primero, luego las rodillas. El golpe dolió, pero no tanto como el fuego que salía de la marca en mi cuello.
"¡Luna!" Una voz sonó desde alguna parte, entre asustada y lejana.
No pude responder. Solo podía arrastrarme hacia el baño más cercano, con el abrigo como una sombra.
El frío de las baldosas me atravesaba las palmas.
Apenas alcé la tapa del inodoro cuando volví a vomitar. Nada más que bilis y champaña. Champaña que ni siquiera recordaba haber probado.
La marca ardía más.
Dentro de mí, Kara aullaba. Un sonido que retumbaba en mi mente como un eco de muerte.
"Nos está matando," sollozaba. "Cada vez que la toca, morimos un poco más."
Lo sabía. Por Dios... lo sabía.
Esto era castigo de la Diosa Luna.
Si el Alfa que te marcó se acuesta con otra, tú lo pagas.
Cada gemido, cada suspiro, cada movimiento... se traducía en tu sufrimiento.
El vínculo no miente.
No puede.
Ya lo había sentido antes — esas náuseas sin sentido en medio de reuniones, esa debilidad repentina entrenando, esas quemazones a media noche.
Pensé que era agotamiento. Estrés. Tanta presión con la manada y mi negocio.
Pero no.
Cada vez que mi cuerpo se derrumbaba... él estaba con ella.
En nuestra cama. En nuestra casa.
Mientras yo me desvivía por levantar su imperio.
Me quedé ahí, en el suelo del baño, con la espalda apoyada contra la bañera, la mirada perdida.
Odiaba a la Diosa Luna por esto. Con cada fibra de mi ser.
Castiga a las que se quedan. A las fieles.
Obliga a mujeres a unirse a hombres que las destruyen.
Y lo llama destino.
Ve a sus hijas sufrir... y no hace nada.
Nada.
Pasé toda la noche en el baño. Alexander... no apareció.
Hasta las 8 de la mañana, cuando la puerta principal se abrió.
Sus pasos se oían firmes, cruzando directo mi oficina.
Dejé la taza de café sobre la mesa y giré hacia la puerta.
Entró sin tocar. Aún con el traje arrugado de anoche. El pelo desordenado y su corbata colgando floja. Apestaba a jazmín y sexo.
La marca en mi cuello punzó.
Nos miramos a través de la alfombra cara.
Entonces abrió la boca y, con una frase, me destrozó el mundo:
"Faye está embarazada."