Capítulo 3

1444 Words
  "Faye está embarazada."   Por un segundo, pensé que había imaginado lo que dijo. Parpadeé lento, intentando procesar las palabras de Alexander. La seriedad en su cara me confirmó que no era una broma. No solo había traído de regreso a su amante, encima la había dejado embarazada.   Me quedé mirándolo, esperando la sonrisa burlona, el “era broma” o algo que me dijera que todo eso era un mal chiste.   Pero su mirada seguía fija—sin rastro de arrepentimiento.   No solo la trajo de vuelta, también le dio lo que yo llevaba años intentando darle.   Un heredero.   "¡Eres un desgraciado!" El grito me salió con tanta rabia que ni lo pensé dos veces.   Y ahí estaba la explicación.   La marca me ardía desde hace semanas, el dolor fantasma en mi cuello—cada vez que su lobo se unía con otra, mi cuerpo lo sentía. Y cada vez que lo confrontaba, me decía que “estaba exagerando”.   Le lancé una bofetada, pero atrapó mi muñeca en el aire, mis dedos se clavaron en su piel.   "Scarlett," dijo con un tono que intentaba sonar calmado, "no hagas algo de lo que te arrepientas."   Mi lobo gruñó furiosa dentro de mí. "¡Suéltame, maldito!"   Sus garras se asomaron un poco, apenas una amenaza, sin llegar a herirme. "Si vuelves a desafiar mi autoridad, te voy a recordar quién manda en esta manada."   No nosotros.   No los dos.   Solo él.   Mi lobo lloró bajo mi piel—herida más allá de lo que yo podía soportar. Ella rogó por su aceptación durante tres años. Rogó, aguantó, cedió. Para terminar siendo reemplazada por quien él siempre quiso.   Tragué el sabor metálico que subió a mi boca.   "¿La vas a nombrar Luna?"   "No."   La respuesta fue rápida. Demasiado. Su lobo retrocedió, como si algo lo hubiera asustado.   "Tú sigues siendo la Luna de Crescent Moon," afirmó con fuerza.   Me reí, no de gracia, sino de incredulidad. "Dices que me amas, pero dejas embarazada a otra."   Su quijada se tensó. "No fue planeado."   "Eso lo hace aún peor."   Sus ojos se oscurecieron. "Scarlett, escúchame. La manada necesita un heredero. Tú no me lo diste."   Eso dolió más que toda la infidelidad junta.   Tú no pudiste.   Como si mi cuerpo fuera el problema, como si fallar en ser madre invalidara todo lo demás.   "¿Y jamás se te ocurrió hablar conmigo?" le dije, la voz temblando. "¿Ni siquiera intentarlo de verdad?"   "Lo intenté," gruñó. "Por años. El consejo nos está presionando. Todos nos vigilan. No puedo poner en riesgo Crescent Moon solo porque tú te niegas a ceder."   "¿Ceder?" repetí, helada.   "Tu lugar como mi pareja. No como Luna. Necesito las dos cosas. Mi poder y mi linaje."   Ni una pizca de remordimiento. Me apretó el pecho.   "Quieres esposa y vientre alquilado," murmuré. "Dos mujeres, un solo trono."   "Deja el drama. Ella solo lleva a mi heredero."   "¿Y después de que nazca?"   Su silencio lo dijo todo.   Faye siempre iba a tenerlo.   Y él siempre iba a permitírselo.   "Recházame," dije, sintiendo que se quebraba mi voz. "No voy a quedarme al lado de alguien que me humilla así."   "No." Su mano se cerró con más fuerza. "Jamás va a haber rechazo."   "¿Por qué?"   "Porque si te rechazo, media manada se queda contigo. Y no pienso arriesgarme a una rebelión."   Eso era. Por fin.   No era amor.   No era lealtad.   Era control.   Me reí, seca. "¿Así que soy tu seguro? ¿Tu rehén?"   "Eres mi Luna," escupió. "Y no vas a irte."   Antes de que pudiera decirle otra cosa, alguien tocó la puerta.   Alexander abrió.   Faye apareció en la entrada, cubierta en seda blanca que resaltaba justo lo suficiente la curva apenas visible de su vientre. Llevaba el pelo trenzado, labios brillantes, maquillaje escondiendo las señales de su cansancio.   "Alexander," dijo con dulzura, entrando sin permiso. "Me preocupé cuando saliste sin decir nada."   Sus ojos cayeron sobre mí, con falsa compasión. "Oh, Luna Scarlett, te ves pálida. No quise interrumpir. Solo quería asegurarme… sé cuánto lo intentaste, y me imagino que esto debe doler."   Se acarició la barriga, sonriendo suave. El gesto parecía inocente, pero leí bien el mensaje.   'Mira lo que yo le di. Lo que tú no pudiste.'   Le sonreí de vuelta, filosa. "¿Dolor? No, dolor es no saber cuál es tu lugar."   Su sonrisa perdió fuerza.   "Eres una sustituta, Faye. Nada más. Ese niño es del Manada—y mío como Luna. Tú nunca vas a ser algo más que la amante escondida del Alfa."   Por un momento, vi el miedo romper en su cara perfecta. Casi me reí.   Entonces se llevó las manos al vientre, gimiendo como en una mala obra de teatro.   "Alexander—mi estómago—"   Y él corrió hacia ella sin dudar.   Lo que me revolvía el estómago no era su actuación.   Era la de él.   "Scarlett," ladró sin voltearse, "cuidado con cómo le hablas. Está llevando a mi heredero."   Tu heredero.   No el nuestro.   Mientras la ayudaba a salir, murmuró justo lo suficiente para que lo oyera. "Faye, ignórala. Mereces más amor del que esa Luna fría me ha dado."   ~   Me tragué toda la rabia y las ganas de gritar. Bajé las escaleras con la cabeza en alto—seguía siendo la Luna—pero las miradas me seguían. Algunas con lástima. Otras con satisfacción. Y detrás de mí, los murmullos.   "Dicen que la Luna no puede tener hijos."   "Tal vez por eso el Alfa eligió a Faye."   "Menos mal que está Faye para darnos un heredero."   "Qué pena por nuestra Luna."   Pena.   Eso es lo último que quería que sintieran por mí.   Quería gritar que me habían envenenado, que alguien saboteó mis ciclos. Quería lanzar la verdad como una lanza.   Pero nadie me creería. No después de que él la mostrara como trofeo, como si fuera su Luna.   Mis piernas me llevaron hasta mi oficina. Cerré la puerta, la aseguré, y por fin dejé que se me cayera el mundo encima.   Tomé el teléfono y llamé al Rey Lobo. Sin respuesta.   Marqué a cada Alfa en deuda conmigo. De todos, hasta dejé mensajes.   Después, desesperada, contacté a mi teniente más leal.   Tampoco contestó.   Me sentí abandonada por todos los lados.   Hasta que un nombre apareció.   Alfa Reno.   Contesté en cuanto sonó. "Alexander me engañó. Faye está embarazada. Quiere criar al crío en la manada—sin rechazarme."   La respiración de Reno era pesada. "Scarlett… lo lamento."   "El lamento no me sirve," susurré. "Ayúdame a frenarlo."   "Sabes que no podemos meternos en asuntos internos de una manada. A menos que haya abuso físico o peligro de muerte."   Solté una risa amarga. "¿Entonces la infidelidad está bien mientras no me mate?"   "Legalmente… sí."   "¿Y qué hay de mis derechos como Luna? ¿Pierdo todo si me voy?"   "Sí," admitió. "A menos que te conviertas en Alfa. Pero la ley para mujeres Alfa aún no se aprueba."   "Porque un montón de hombres votaron en contra."   "Porque tienen miedo," me corrigió Reno. "Una Alfa mujer les rompe el esquema de poder."   Miré al techo y no pude evitar soltar una risita sarcástica.   "A menos que…" Reno dudó. "Si consigues el respaldo del Alfa más fuerte de la región, los demás podrían seguir su ejemplo."   "El Alfa de Nightshade," susurré.   Un hombre temido, respetado, imposible de controlar.   Reno suspiró. "Ten cuidado, Scarlett. Si das este paso, ya no hay vuelta atrás."   "Lo sé."   Colgué.   Me dejé caer en el sofá, mareada. Las lágrimas amenazaron, pero me las limpié antes de que pudieran caer.   "Kyra… ¿estás allí?"   Mi loba no respondió.   La marca mate la había destrozado.   Apoyé una mano en el pecho. "No me dejes sola. Te necesito."   Nada.   Así que respiré hondo.   Porque si ella no podía pelear—yo lo haría por las dos.   Abrí un cajón y saqué documentos—las leyes de la manada, los reglamentos del consejo, antiguos tratados que mi padre usó alguna vez.   Leí con ojos nublados, subrayando cláusulas, marcando vacíos legales, buscando palabras con filo de cuchillo.   Si Alexander quería poder—yo se lo iba a arrancar.   Si quería control—yo lo iba a romper.   Si quería legado—yo lo reescribiría.   Mis manos temblaban, pero no por miedo.   Era claridad pura.   El mundo creía que yo no tenía salida.   Alexander pensaba que me tenía atrapada.   No sabía a quién acababa de empujar hacia la guerra.   Ahora, necesitaba contactar al único que podía ayudar—el hermano de Kathleen. El único lo bastante fuerte para ponerse a mi lado.
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