Lo primero que vi al abrir los ojos fue a él. Ni más ni menos que Lucien. Estaba sentado justo al lado de mi cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza inclinada hacia mí, como si llevara horas observándome. La luz tenue de la lámpara proyectaba sombras sobre su mandíbula afilada, y sus ojos plateados ardían, no de ternura, sino de ira. Sentí una punzada de culpa, aunque no tenía claro qué había hecho para que me mirara con tanto enojo. Apenas cruzamos la mirada, su expresión cambió. Rabia. Rabia pura, sin filtro alguno. “Vaya, por fin despiertas”, dijo, con un tono cargado de burla. Parpadeé. “Sí… ¿Qué pasa?” “¿Qué pasa? ¿¡De verdad me preguntas qué pasa?! ¿¡Sabes lo que hiciste!? ¿¡Tienes idea de lo peligroso que fue?!” explotó, furioso. Me q

