El agua caliente de la bañera se suponía que debía relajarme—de esas sensaciones que te quitan el estrés, que alivian los músculos tensos después de días de presión y cálculos interminables para la propuesta. Pero hoy... se sentía diferente. Más que calidez, sentía como si el agua pesara toneladas sobre mi piel. Temblaba. El aire entraba y salía de mis pulmones de forma superficial. Tenía la cabeza apoyada hacia atrás, en el borde de la tina. Y de repente, un dolor agudo me atravesó el costado del cuello. Solté un quejido ahogado. Mi cuerpo reaccionó de forma involuntaria, balanceándome, y mi mano resbaló del borde de porcelana. La siguiente imagen fue el agua tragándome por completo. Mierda. ¿De verdad tenía que pasarme esto a mí? Al principio intenté empujarme haci

