Estaba sentada en mi escritorio, lanzando miradas al papel doblado en la esquina que ya había arrugado tras leerlo. Me mordí los dientes, rabiosa. Otra vez él. Alexander. ¿Hasta qué punto quiere fastidiarme mandando esas notas llenas de insinuaciones? Maldita sea. Me dan ganas de estamparle un puño en la cara. Es por culpa suya que estoy luchando por los derechos de las omegas… y por los míos también. Quiero romper el vínculo que me une a ese tipo, porque mientras yo me desvivía con los temas de su manada, él compraba a una mujer embarazada y ahora me sale con que fue su lobo quien lo deseaba, no él. ¿En serio? ¿Qué clase de excusa barata es esa? Podía sentir cómo mi enojo iba en aumento. Respiré hondo, intentando sacarlo de mi cabeza. Pero cada vez que su imagen aparec

