DANA
La primera vez que volvemos a pisar el club se forma una fiesta celebrando que Killian esté bien. Además, nos felicitan por el bebé que viene en camino.
—Menos mal que no has muerto. Estaríamos en un follón —le dice uno de los chicos—. Y enhorabuena por el crío.
Escuchar eso me para el corazón. Yo nunca he llegado a pensar en no tenerlo, en que muriera, para mi Killian siempre estuvo ahí aunque no del todo, pero no estaba muerto. No iba a morir. Yo también estaría echa un follón sin él.
—Los futuros padres del club —canturrea Andrea y abraza a Killian y después a mi con tanta fuerza que casi me levanta del suelo.
—Eh, con cuidado —gruñe él.
—La he cuidado de maravilla así que no me vengas ahora con tus mierdas. Ven, Dana, te he comprado unas cosas.
Me levanto las gafas por la nariz y quiero despedirme de Killian pero ella me arrastra hasta la cocina. Todos están bebiendo, fumando, ella me prepara una taza con yougurt batido al que me he aficionado. Me lo bebo como si fuera agua.
—He comprado como cinco botellas para cuando vengas, yo me encargo de que nadie lo toque —dice.
—Eres la mejor amiga del mundo.
—Me estoy ganando mi puesto de madrina.
Ya lo tiene.
Hace tan buen tiempo que salimos a la calle, parece que han preparado una gran cena para todos y la mesa de madera se extiende tan larga y grande que si no fuera por las gafas no vería al chico que hay sentado en el otro extremo. Yo jamás he estado rodeada de tanta gente que se considera una familia. Me gusta. Estoy cómoda, como en casa.
Siento la mano de Killian acariciarme la pierna bajo la mesa.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Yo sonrío súper feliz.
—Estoy genial.
Me da una caricia en el abdomen antes de volver a cenar. Que me de estos gestos solo reafirma que él quiere a este bebé, que quiere la familia que vamos a ser. Todavía no se me nota, hay algo en mi, algo que me ensancha, pero es casi inperceptible.
Tras la cena me siento agotada, fatigada. Sé que eso es por el embarazo, lo leí en internet, no tengo forma de aguantar despierta más allá de la una de la madrugada mientras todos esperan tener aquí una gran fiesta. Busco a Killian para decírselo pero no lo encuentro. Paro a un par de chicos pero tampoco lo saben y Ben y Andrea se han subido a hacer "sus cosas". Entonces lo veo salir de la puerta que da al sótano y no tardo en acercarme. Su gran brazo se me echa por los hombros y me regala una de sus mejores sonrisas. Yo amo a este hombre.
—¿Qué pasa, guapa?
—Estoy cansada y me he bebido una botella entera de yogurt. ¿Podemos irnos a casa?
Me hacer sentir muy segura saber que Killian haría todo por mi, que hace lo que sea para verme contenta y que solo quiere lo mejor para esta pequeña familia que vamos a ser.
Nos despedimos de quién podemos y me quedo dormida a antes de salir a la autopista, me despierto estando en sus brazos mientras me lleva a la cama.
—Estás despierta —asume y me deja de pie en el centro de la habitación—. Bien, quiero hablar contigo de algo para rematar el día.
—¿De qué? —curioseo.
Estoy muerta de sueño pero permanezco de pie. Veo como se lleva una mano al bolsillo de la chaqueta de cuero y de repente estoy más despierta que nunca admirando la pequeña caja que sostiene en su mano. Una caja pequeña, roja, de terciopelo...
—Quiero que seas mi mujer oficial.
Ya estoy llorando. Las hormonas, supongo.
—Vale, sí.
No es para romántico pero no me importa. El anillo resplandece con dos diamantes gigantes entrelazados entre sí: él y yo. Y me queda tan pero tan bien que no quiero quitármelo nunca. Lo estoy mirando como una tonta cuando siento sus manos apoyadas en mis mejillas y me quita las lágrimas.
—Ser mi mujer lleva muchas cosas, Dana.
—No me des un sermón desmotivador ahora.
—No iba a serlo, pero quiero que estés segura. Aunque si no lo estás ya no puedes irte, eres mi mujer desde hace mucho y lo que llevas te ata a mi para siempre.
—Yo quiero atarme a ti para siempre —aseguro.
KILLIAN
Y si no quisiera estaría jodida porque no la voy a dejar ir nunca. He conseguido una buena mujer para mi.
No se lo quiere quitar para dormir, tampoco para ducharse cuando nos bañamos por la mañana y mucho menos para cualquier otra cosa. Siempre lo tiene ahí bien puesto. Brilla en su dedo como un reclamo de que es mía.
—Te lo voy a quitar si no empiezas a prestarme atención.
No sabía que podía estar celoso de un puto anillo de diamantes. Ella se ríe y deja de mirarse para mirarme a mi. Así la quiero: con sus ojos bien puestos solo en mi.
—No tienes pinta de ser así —me dice con los ojos entrecerrados—. La primera vez que te vi pensaba ni siquiera llegaríamos a hablar.
—Yo pensé en follarte, pero eras menor.
Y vaya si lo hice. Dana siempre me ha parecido atractiva, desde que la veía escabullirse por los pasillos de la mansión y manteníamos charlas cortas casi escondidos. No lo entendí hasta mucho después. Recordarlo me jode. Ahora esa chiquilla encerrada es mi mujer, la madre de mi descendencia.
—Y ahora me has dado un anillo —canturrea y me lo planta delante de la cara.
Su sonrisa deslumbra mucho más que los diamantes. Cada día la veo más feliz, quiero que no sea esa chica que recogí de una carretera ni la que casi no hablaba por miedo. Es mi mujer. Nada tiene que darle miedo.
---
Dos días después tenemos que presentarmos en la clínica del doctor y no dejo de ver como lo único que se le nota son las tetas grandes.
—¿Es normal? —dudo—. No se le nota nada.
—Sí se le nota. Toca aquí —me dice el doctor.
Yo ya la he tocado mil veces desde que salí del hospital. He disfrutado de sus tetas y también he notado como tiene el abdómen más duro en un bulto ligero. Pero no es suficiente.
—Ya lo sé, pero se le nota muy poco.
—Killian, está bien —me calma Dana y señala la silla a su lado—. Siéntate.
Me he perdido todos los controles del embarazo, es la primera vez que estoy haciendo esto y no sé ni a dónde mirar hasta que me lo dicen. Le aprieto la mano a Dana. j***r. Ahí está. La emoción me sube desde los dedos de los pies hasta el pecho y lo siento más que nunca.
—Ya se ve lo que es. ¿Queréis saberlo?
¿Por qué coño lo pregunta?
—Si —murmura Dana.
Su mano me aprieta con la poca fuerza que tiene y me la llevo a la boca. La pequeña sonrisa que me da no le hace ver menos nerviosa.
Y entonces está ahí, en esa pantalla digital, y yo no sé lo que es hasta que lo escucho.
—Una niña.
Una chica. Mi hija. j***r.