– Oigan, chicos, tenemos una agenda que cumplir.
Leo giró la mirada – tu amigo te habla.
Yo rodeé su cuello con mis brazos y le respondí – estamos listos.
Elegí el jardín de la mansión por varias razones. La que le conté a todos los invitados, darle una cachetada espiritual al abuelo, porque yo, su nieta menos predilecta se estaba casando en el jardín que él mismo diseñó. Otra razón fue conmemorar la propuesta, ahí fue donde Leo me propuso matrimonio, así que tenía sentido tener la boda en el mismo lugar. La tercera, fue porque era mi lugar favorito. Cada vez que me sentaba sobre una colcha junto a la ventana y miraba desde la ventana del ático, esto era lo que veía.
El jardín, la fuente, los árboles, a los empleados corriendo de un lado al otro. Era mi visión de un lugar seguro convirtiéndose en mi boda de ensueño.
Por supuesto, cuando el pastel hizo su entrada, todo se volvió un campo de batalla. Es increíble cuán estresante es una fiesta, olvídate de disfrutarla, hay tantos detalles involucrados y tantas cosas que pueden salir mal. Uno de los meseros que llevaba el pastel tropezó y estuve a cinco centímetros de quedarme sin pastel, casi me vuelvo loca.
Había más invitados de los que calculé inicialmente, tuvimos que conseguir más mesas, y digo “tuvimos”, como un eufemismo, los organizadores de la boda hicieron la mayor parte del trabajo, yo me limité a enloquecer.
Poco después de que uno de los compañeros de banda de Jonathan se embriagara y se lanzara a la fuente, tomé una pausa y entré a la mansión. Mi madre fue detrás de mí para masajear mis sienes.
– Tienes que calmarte – dijo.
– ¿Quién lo invitó?
– Tú.
– No, jamás invitaría al idiota de mi primo, ¡sabes lo que me hizo!
– Le diste la invitación a tu tía, ¿qué pensaste?, ¡qué vendría sin su hijo!
Como dije, enloquecí.
– Respira profundamente, falta la mayor parte de la fiesta – dijo mi madre y acomodó la chalina que llevaba sobre los hombros – cariño, las fiestas son así, tienes que relajarte, hasta acá puedo ver tus arrugas.
Nadie es mejor que mi madre para asustarme, en serio, podría reencarnar dentro de una película de horror y no sentir ni la mitad del pánico que experimenté ese día – ¡qué arrugas!
– Solo bromeo, respira profundo – dijo y puso sus manos sobre mi rostro.
Leo tocó la puerta, yo giré y me lastimé el ojo con una de las piedras en los guantes de mi madre, Leo entró para verme.
– No abras los ojos – me pidió.
¿Por qué estaba tan aterrada?
Lo logré, quiero decir, realmente lo hice. Me comprometí a casarme y sucedió, su firma estaba junto a la mía, oficialmente estábamos casados y, seguía sintiéndome tan insegura como la primera vez que entré a esa oficina y lo miré.
Me picaba todo el cuerpo, era culpa del vestido, pero no podía rascarme porque no era elegante.
Leo respiró profundamente y yo lo miré.
– ¿Es grave?
– No, estarás bien – acomodó mi tocado – mi mamá quiere verte, le pedí que esperara a que todo termine, primero descansa.
Idealicé mi boda, pensé que sería igual a sentarse en una nube de algodón, no tomé en cuenta lo difícil que sería comer con ese vestido, o ir al baño. Quería que todo fuera perfecto.
Leo tomó mi mano.
Tengo esta esperanza absurda que se niega a morir, cada vez que me sonríe, que toma mi mano o que me brinda consuelo, pienso que podríamos ser una pareja, algo más allá de una simple firma, pero luego veo su expresión, su sonrisa y siento un beso en la frente.
– Todo es perfecto, tienes mi palabra.
Su forma de tratarme está llena de gratitud. No es cruel, es muy amable y eso es lo que más me duele.
Víctor interrumpió el momento – chicos, lo que sea que estén haciendo, tenemos una agenda.
Me levanté y abrí la puerta – me agradabas más cuando tenías diarrea.
– Náuseas, cuida lo que dices, mis problemas son del estómago para arriba, no para abajo – me reclamó y se aclaró la garganta – es hora del brindis.
Leo se paró detrás de mí – estamos listos.
Realmente necesitaba calmarme y tenerlo a mi lado hizo que todo fuera más fácil. Hasta que recordé el tema del brindis y volví a enloquecer.
Tomó tiempo decidir quién lo haría. En primer lugar, estaba Cristián, el padrino del novio y una persona confiable, y con facilidad de palabra. Con él parecía que teníamos el problema resuelto, pero una semana antes de la boda, su compañero picó el anzuelo y llamó a Javier para solicitar un préstamo e invertir en la empresa Quantum, Cristián dejó de ser una opción viable. La segunda opción fue Javier, a quien, por obvias razones, eliminé de la lista. Mi tercera opción fue Víctor, él dijo que ya estaba bastante ocupado con la organización y que, si le imponía el brindis, renunciaría.
La siguiente en la lista fue mi mamá, no lo pensé dos veces, taché el nombre imaginando lo que diría si le daba el poder para hacerlo y recurrí a mi última opción. Papá.
Estaba tan nerviosa que apretaba la tela de mi falda.
– Primero que nada, quiero darles las gracias a todos nuestros amigos y conocidos por asistir. No soy la persona idónea para hablar de matrimonio, aun así, mi hija me pidió que dijera unas palabras y le estoy agradecido por darme esta oportunidad – giró hacia mi – el matrimonio es más que una unión, es una decisión, elijes a la persona que estará contigo en la felicidad, la incertidumbre y lo inevitable. A su matrimonio, le deseo respeto, paciencia y dignidad, por los obstáculos que vienen y que estén juntos para enfrentarlos – alzó su copa.
No tenía expectativas, pero me hizo sentir más relajada.
Leo y yo bebimos de la copa del otro, partimos juntos el pastel y lancé el ramo como estaba programado. Brenda, la compañera de trabajo de Leo fue quien lo atrapó, después de arrebatárselo de las manos a una adolescente que llegó como invitada de mi mamá.
Esa parte fue muy divertida.
Mis hermanos no asistieron. Ya lo había anticipado, de hecho, si Sarah se hubiera presentado, Víctor habría tenido que esconderse o fingir que se coló en la fiesta. No los invité para que fueran, solo quería hacerles llegar la invitación. Jorge envió una tarjeta de felicitación bastante sarcástica y yo agradecí el gesto, entre eso y su presencia en mi boda, prefiero la tarjeta.
Perdí la noción del tiempo, me cambié de ropa para el viaje de luna de miel y cuando volví a la habitación, cerca de las tres de la madrugada, alguien tocó.
Creí que era Víctor – ya casi estoy lista, dame cinco minutos.
– ¿Puedo pasar? – dijo una voz muy suave.
Entre el estrés, los nervios y el alcohol, olvidé que la madre de Leo quería hablar conmigo. Me limpié la cara por el exceso de maquillaje, revisé mi ropa, los zapatos, hasta quise ponerme a limpiar la habitación y después de casi tener un colapso nervioso, abrí la puerta – adelante.
Ella entró y se sentó.
Me sentí desnuda. Esa mujer no era parte de mi familia, tampoco uno de los payasos que trabajaba en la empresa, ella era la mujer que tomó mi mano y me invitó a quedarse en su casa. Antes de que Sabrina llegara, solía visitarla con frecuencia, me enseñó a preparar gelatina, flan y postre de durazno con yogur congelado.
Antes de Sabrina, secretamente, la llamaba; suegra.
– Te traje algo – me dijo y abrió su bolso – estuve buscando desde que Leo me dio la noticia y encontré esto.
Era una fotografía de cuando tenía diez años, llevaba un vestido y le pedí a mi mamá que me planchara el cabello, Leo traía un short, la playera de un equipo de futbol y una pelota bajo el brazo, nos veíamos muy diferentes, no parecía que estábamos vestidos para ir a la misma fiesta de cumpleaños.
– Siempre supe que harían una buena pareja, cuando Leo era pequeño no dejaba de hablar de ti, todos los días regresaba a casa y era; Regina esto, Regina lo otro, decía que nadie lo hacía enojar tanto como tú.
– ¿Eh?
Su expresión cambió – me refiero, en un buen sentido. Siempre estaba al pendiente de ti.
Lo sé, estuve ahí y le faltó agregar, “siempre estaba al pendiente de ti, como su amiga”
– Por eso no me sorprendió saber que se casarían, aunque, no me esperaba que fuera tan pronto – esa parte la sentí como un reclamo – Leo me llevó la invitación y dijo que no era necesario preparar un regalo, pero no podía presentarme con las manos vacías – extendió sus manos y atrapó las mías – tuve una muy mala relación con mi suegra – sentí un fuerte apretón – no llegué a contártelo, cuando mi esposo murió ella me culpó. Yo tomé mis cosas, a mis hijos y me fui de la casa para jamás volver, por eso quiero que nuestra relación sea mejor que eso, puedes llamarme cuando quieras o ir de visita, sé que lo mejor es no entrometerme, solo quiero que sepas que tienes mi apoyo.
Me sentí culpable, pasé tanto tiempo organizando la boda y temiendo que Leo cambiara de opinión, que me olvidé de su familia.
Ella me abrazó.
Todas las frases que llegaron a mi cabeza, líneas como, “voy a hacerlo feliz”, “me esforzaré”, o “pase lo que pase, por el tiempo que duré, haré lo que sea para apoyarlo”, una tras otra, se sintieron incorrectas, porque ella no sabía sobre el contrato, tampoco de la venganza. Para ella, la boda era real y no quise arruinar esa imagen.
Ella me soltó y sostuvo mis manos – cuídense mucho – fue su último consejo.
Para las cinco de la madrugada la fiesta había terminado. Víctor tenía las maletas, los dos llevábamos ropa más cómoda y nuestra siguiente parada fue el aeropuerto.
Consideré retrasar el viaje, comprar los boletos para el día siguiente y pasar la primera noche en la mansión del abuelo. Esa misma noche tuve una pesadilla en la que el abuelo me corría de su casa, en consecuencia, ahí estábamos, haciendo fila para abordar un avión.
Dicen que el amor empieza cuando compartes el silencio sin miedo, pero nuestro silencio fue causado por el insomnio.
Ya en los asientos Leo volteó a verme – ¿tienes frío?
– Un poco.
Él acomodó la sábana y nos recostamos.
Estábamos sentados uno junto al otro, afuera de la ventana el mundo se veía muy pequeño, me quedé mirando y eventualmente me quedé dormida, Leo acomodó la cobija.
Recuerdo que pensé, “el amor es distinto para todos”, va a diferentes velocidades y se presenta de maneras muy variadas.
Era el comienzo y había un anillo sobre mi dedo que lo decía, estaba casada.