El tercer día abusamos de la televisión, Leo me habló de una serie que tenía pensado ver tiempo atrás, pero su horario laboral no se lo permitía y siempre lo dejó para después. Encendimos la televisión desde temprano y solo nos levantamos para ordenar aperitivos o beber algo.
Cambiamos de posición muchas veces, en ocasiones cada uno ocupaba un sillón diferente, en otras nos sentábamos juntos y un par de veces me recosté y agarré sus piernas como almohada.
Se sintió muy doméstico. Como si fuéramos un matrimonio real
Luego, en el cuarto día, Leo se levantó antes que yo, se vistió con tenis, una sudadera, pantalones cortos y me dijo que iría a la playa.
No soy tan despistada, sé que ese era su plan para el segundo día y lo cambió porque yo se lo pedí, así que sonreí y le dije que estaría en la piscina. Una media hora después de que él bajó, yo me coloqué mi sombrero y salí de la habitación con un gran bolso. Pedí revistas de moda en la recepción.
La primera hora transcurrió en calma y de repente, abrí una de las revistas y en la página 17 vi un logotipo de color magenta con la forma abstracta de un rostro y la palabra “princesa”, me senté mejor para leer detenidamente todo el artículo y le envié una fotografía a Víctor.
Abajo escribí, “¿sabías sobre esto?”
Él respondió en menos de un minuto, lo cual fue bueno porque yo me estaba impacientando.
– Sí, ya lo sabía.
Escribí varios mensajes, le reclamé que no me lo dijera antes, le pregunté cómo fue que Sarah consiguió un artículo en la revista y quizá, me desquité un poco con él, porque la luna de miel era para pasar tiempo en pareja y Leo corría por la playa.
Después de varios minutos Víctor respondió.
– Veo que no te acuerdas, tú pagaste el artículo.
Parpadeé y sin consideración al resto de los huéspedes del hotel, alcé la voz – ¿Qué? – escribí de prisa pidiéndole una explicación.
– Te llevé los documentos hace semanas.
– ¿Cuándo?, no lo hiciste.
– Sí, fue en la semana en que elegiste el vestido.
Eso fue muy tramposo, mi cabeza estaba llena con los preparativos de la boda, Víctor pudo ponerme un testamento donde le dejaba todo a él y yo lo habría firmado sin darme cuenta – debiste explicarme.
– No te entiendo, si a la tienda le va bien tú ganas dinero, ¿cuál es el problema?
Me mordí el labio, porque Víctor tenía razón, de hecho, ese fue el punto, la razón por la que contraté a Víctor como mi asesor financiero fue precisamente porque quería invertir en el negocio de Sarah y hacerme más rica a costa de su trabajo duro, incluso bromeé sobre morir y encontrarme con el abuelo para decirle, “¿recuerdas a tus adorados nietos?”
Pero eso no significaba ver el rostro de mi hermana en una de mis revistas favoritas – la próxima vez infórmame. Tengo derecho – le escribí.
Él respondió – que disfrutes tu luna de miel – y fue su último mensaje.
Estaba enojada y me desquitaba con la persona equivocada. Entiendo que las parejas no necesitan pasar cada minuto del día juntos, y tuve una discusión con mi madre sobre buscar, “un respiro”, pero en esos días mis emociones estaban al rojo vivo y sentí que todo me molestaba.
Me encontraba en una balanza tan injusta, donde un solo detalle tenía el peso para desequilibrar todo.
Conforme pasaron las horas, le envíe algunos mensajes, ninguno fue leído, así que imaginé que no llevaba su celular. Esperé en la piscina a que él apareciera, pedí la comida, seguí esperando, subí a la habitación y cerca del ocaso, caminé por el sendero pavimentado que corría paralelo a la playa.
Desde ahí lo vi. Leo estaba jugando voleibol con un grupo de personas, parecía que se conocían de tiempo atrás, pero no tenía sentido, porque acabábamos de llegar. Lo vi jugar cubierto de arena, comportarse de forma amistosa y concentrarse en el juego sin pensar dónde estaba yo o cuánto tiempo pasé en la piscina.
Comprendí que somos de mundos diferentes, porque verlo ahí, divirtiéndose en nuestra luna de miel con un grupo de desconocidos me rompió el corazón, en cambio, para él todo estaba bien, no necesitaba tener su celular o buscarme.
Regresé a la habitación, entré al baño y abrí la caja con velas y sales aromáticas. Repasé las instrucciones para no equivocarme, llené la tina con agua tibia, vertí un paquete y encendí dos veladores mientras esperaba a que las sales se disolvieran, pasado el tiempo que indicaba el instructivo, me quité la ropa y entré a la tina.
– Un año – susurré.
Doce meses para seducirlo o doce meses para acumular decepciones. En un momento depresivo, me pregunté lo que habría al final de ese camino.
Diez minutos después Leo entró al baño y me miró de forma incomoda.
Yo señalé el inodoro – adelante.
– Esperaré afuera.
No hubo explicaciones de dónde estuvo, salí de la tina envuelta en la toalla y fui a la habitación a buscar ropa. Después regresé a la sala – aquí están los boletos, tenemos que estar en el aeropuerto dos horas antes para registrarnos y revisar el equipaje, ¿te parece si salimos a las diez de aquí?
– Bien – me respondió.
– Acordamos que viviremos en mi casa. Ya te registré en la entrada, te darán una identificación, mientras la tenga puesta tu choche, podrás entrar y salir sin problemas. Es importante – agregué – estamos casados, despertaría muchas sospechas si viviéramos en casas separadas.
Él respondió – lo hicimos y te dije que estaba de acuerdo, ¿qué quieres para cenar?
– ¿Qué comiste a medio día?, no te vi en varias horas.
– Una hamburguesa.
– Quiero pescado empapelado, lo vi en el menú: tú pide lo que quieras.
Comencé a sentirme culpable y tuve pensamientos muy negativos, porque después de un largo tiempo, doce años para ser exactos, entendí lo que me hacía falta, lo que yo no tenía.
Di un solo paso en la arena, mi tacón se hundió y trastabillé, intenté caminar descalza, pero la arena estaba caliente y había hierba y piedras. También pensé en subir a la habitación y cambiar mis zapatos, pero después de llegar a la playa, ¿qué seguía?
¿Jugar al voleibol?, ni de broma.
¿Actuar como una perra territorial y decir delante de todos que él es mi esposo?, jamás le haría eso a Leo.
¿Conversar con personas a las que jamás he visto antes?, yo convierto amigos en desconocidos, no funciono a la inversa. Esa tarde en la playa hice lo que era correcto. Dar la vuelta y no interrumpirlo.
Casi no comí, sostuve los trozos de pescado y mastiqué muchas veces, para cuanto terminé, Leo ya se había dado una ducha.
Vimos una película, en cuanto terminó, alcé los brazos, bostecé y dije – iré a dormir, buenas noches – le di un beso, simulando que todo estaba bien y me recosté en la cama. Menos de media hora después, Leo entró y se acostó en su lado.
Pensé en todas las veces que salimos juntos y todas las ocasiones en las que yo me sentía como pez en el agua, fiestas, reuniones, restaurantes elegantes. Luego pensé en Leo y en lo incomodo que debió ser para él, acompañarme.
A la mañana siguiente organizamos nuestras maletas, revisamos que todo estuviera en su lugar y comenzamos el viaje de regreso. Pensé que sería menos cansado, pero fue agotador.
Varias horas después estábamos en casa.
La estancia de Víctor en mi casa fue temporal, debido a su mala salud, pero en las últimas semanas se sintió mejor. Al volver de la luna de miel la casa estaba sola. Había comida preparada en el refrigerador, solo debía meterla al microondas y las cosas de Leo estaban en cajas.
Él miró el pasillo y resopló.
– Suerte organizando todo eso – le dije con una sonrisa y tomé mi maleta para llevarla arriba.
– Te ayudo.
A diferencia de la suite en el hotel, mi casa sí tenía suficientes habitaciones, esperé a que Leo terminara de subir mis maletas y me recargué sobre su hombro – estoy agotada, quiero acostarme y no despertar hasta mañana – bostecé – la casa perteneció a una familia antes de que la comprara, hay cuatro habitaciones en total, la que está al fondo es la que usaba Víctor, la cama es individual, las otras dos habitaciones tienen camas dobles, toma la que tú quieras.
No tenía deseos de discutir, por eso le di una habitación propia, antes de que él la pidiera.
Pasé el resto de la noche desempacando, ordenando mis cosas y buscando el contrato que contenía el artículo de Princesa, me molestaba bastante no recordarlo y supuse que, así como ese evento, había muchas noticias que me perdí porque estaba muy ocupada organizando la boda.
Tenía lo que tanto quería, pero me dejó un sentimiento agridulce.
Logré acomodar los documentos, también revisé mi correo y encontré varias invitaciones de Obsidiana y los archivos sobre la información financiera, al final revisé los informes de Víctor sobre las acciones y pasé un largo tiempo intentando concentrarme.
Incluso amarré mi cabello, no digo que eso haya cambiado algo, lo coment porque Felicia solía decir que, si tenías el cabello amarrado, te entraba aire en el cerebro. Y ahora que lo dije, es bastante tonto, no sé por qué le creí.
Sentí que estaba fuera de lugar.
Salí más tarde para ver qué habitación había elegido Leo y me topé con muchas de sus cajas. Me recargué en la pared del pasillo y él se levantó.
– ¿Quieres ayudarme?
– ¿Cómo es que tienes tantas cosas? – le pregunté y tomé la navaja para abrir el resto de las cajas, comprendí de inmediato el problema, algunas estaban llenas de libros y carpetas.
Leo se encogió de hombros – acumulas cosas, te guste o no y me cuesta trabajo tirarlas. ¿Te ha pasado que guardas algo por diez años, un día dices, es suficiente, no lo voy a usar, decides tirarlo y justo al día siguiente, lo necesitas?
Negué con la cabeza y dije – jamás.
Viajo ligera, no es que sea mi decisión, solo pasó.
Justo después de la lectura del testamento, mientras yo estaba en el banco revisando la caja de seguridad, Jorge fue a casa y destruyó mi habitación. Libros, revistas, ropa, cosméticos, tiró todo por la ventana, Felicia logró rescatar algunas de mis cosas, la mayoría se perdió. Pero no importó, podía comprarlo todo de nuevo y usar ese evento como excusa para dejar la casa de mis padres y mudarme.
Todo lo que tengo es relativamente nuevo. Desde el guardarropa hasta la caja de seguridad escondida detrás del retrato del abuelo con todas las joyas que llevan escrito el nombre de Regina.
A diferencia de mí, Leo tenía muchas cosas y acomodamos todas en las repisas.
En una de las cajas estaba una fotografía de su familia, la miré y pensé en el cuadro de la boda, se suponía que iba a llegar en un par de días y me pregunté en qué parte de la casa debía colgarlo.
Por los siguientes doce meses ese iba a ser nuestro hogar.