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Una + cinco = problemas.

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Blurb

Mudarte para empezar la universidad es difícil.Hacerlo para vivir con tu hermano y cuatro chicos más, es otro nivel.Annie solo quería independencia, nuevos amigos y sobrevivir a su primer año universitario… pero terminó en un apartamento donde nada es simple: miradas incómodas, bromas peligrosas, roces constantes y emociones que no sabe cómo manejar.Algunos la cuidan.Otros la confunden.Y hay quienes la sacan de quicio… sin razón aparente.Entre fiestas, clases y decisiones impulsivas, Annie descubrirá que el amor no siempre llega de la forma que esperas… ni de una sola persona.Porque a veces, el verdadero problema no es enamorarse.Es no saber de quién.

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Capítulo 1
Annie Mi primer año de universidad está por iniciar y, para ello, debo desplazarme a un lugar que queda bastante lejos de mi hogar. Por eso es necesario tener un apartamento cerca de la universidad para no estar viajando todos los días, lo cual sería muy cansado. Mi salvación es que mi hermano Daniel está en la misma universidad, así que me iré a vivir con él y sus amigos. La universidad brinda una beca en la que dan una cantidad de dinero para la compra de comida y para pagar el alquiler del apartamento, por lo que la mayoría de universitarios optan por alquilar entre varios; así les sale más barato y se ahorra dinero que sirve para gastarlo en otras cosas, como en fiestas, por ejemplo. ~Día de la mudanza~ Después de desayunar con mis padres y el cara de moco de mi hermano, subí a terminar de guardar las cosas en las maletas. Una vez dejé todo listo, me tiré sobre la cama y dejé salir un suspiro. Hoy es el día, hoy me marcharé de la casa de mis padres, lo que me entusiasma un poco, pero por otro lado me asusta, ya que nunca he estado lejos por mucho tiempo. Después de 10 minutos... Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del carro de mi hermano, quien se había ido a llenar el tanque de su auto. Bajé mis maletas, las metí en el auto y, con lágrimas en los ojos, me despedí de mis padres. Lo sé, es un poco exagerado, pero aunque es obvio que voy a venir a visitarlos seguido, ya no estaré con ellos 24/7 como lo hacía. Y para mí, que he sido una niña de mami y papi siempre, no es un cambio como que tan pequeño. Cuando terminé de despedirme, subí al auto de mi hermano y nos marchamos, dejando atrás a mis padres. (...) Varias horas después por fin llegamos a lo que será mi nuevo hogar. Mi hermano me entrega las llaves de la puerta del apartamento; mientras él baja mis maletas, voy a la puerta y la abro. Al entrar, me quedé sorprendida con lo grande que era el apartamento. No es enorme, pero es más grande de lo que imaginé que sería. -Cara de moco, tu cuarto es el del final del pasillo -dijo mi hermano con una sonrisa. Voy por donde me dice y me encuentro con el baño. -Esto es un baño, idiota. -Pues sí, ¿qué esperabas? -se ríe. Le saco el dedo de en medio. La puerta principal se abre y un chico alto, de tez morena, entra. Choca puños con mi hermano para luego mirarme. -Tú debes de ser la hermanita de Daniel. -Por desgracia -digo con enojo. Él se ríe de manera amistosa. -¿De casualidad sabes en qué cuarto puedo poner mis cosas? -¿Daniel no te quiso decir? -se burló. Asentí como respuesta a su pregunta. El chico pasó junto a Daniel, dándole un golpe con el puño en el brazo. -Tú, muy mal -le dijo, a lo cual yo aproveché para burlarme de Daniel-. Se ve que se llevan excelente. -Obvio, Dani y yo somos los mejores amigos -dije con sarcasmo. Abrió la puerta de un cuarto, haciéndome entender que es el mío. El cuarto es pequeño, pero acogedor; perfecto para mí. -Será divertido escucharlos pelear. Me alegra que estés con nosotros... -Annie, me llamo Annie. -Mucho gusto, Annie. Mi nombre es Sandro. -Muchas gracias por ser amable conmigo y ayudarme, Sandro. Este me guiña el ojo y me deja sola en la habitación. Al terminar de desempacar, voy al baño y tomo una ducha. Me pongo un short y una camisa floja que le robé a mi hermano. No hay nada mejor que ponerse ropa grande en casa, aunque eso implique una pelea con mi hermano por usar su ropa, lo cual no me molestaría: una pelea más, una menos, ¿quién las cuenta? Salgo del cuarto y voy a la cocina a comer algo, ya que aún no he almorzado y son las cuatro de la tarde. Muero de hambre, pero no he ido a comprar nada. Voy al cuarto de Daniel y toco la puerta. Segundos después esta se abre. -Mono, necesito un favor. -¿Y eso a mí en qué me afecta? -En que llamaré a mamá si no me llevas a hacer las compras del diario ahora mismo. Dani entrecerró los ojos, pero luego se dio vuelta para ir a tomar una camisa de su ropero y ponérsela. -Vamos, chismosa. Nos montamos en su auto y vamos al supermercado más cercano. Al llegar, bajo del auto. -¿No vendrás conmigo? -No, me da pereza. Solo avísame en cuanto termines y vengo por ti, ¿sí? -Está bien, te veo luego. Mi hermano se marcha y entro al supermercado. Tomo un carrito y voy por orden de pasillos, empezando por el pasillo de salsas, especias y pastas. Busco con la mirada mi salsa favorita y no la encuentro. Cuando pienso darme por vencida, la veo en el último estante de arriba, exactamente donde yo no la alcanzo. Perfecto. Quizá saltando la alcance. Doy saltos y nada, y así hasta que me percato de que no estoy sola, que probablemente me están observando. Miro a mi costado y hay un chico alto, de piel blanca, cabello castaño y ojos verdes mirándome con burla. El chico camina hacia mí y, al estar a mi lado, estira su brazo y toma una de las salsas. Le sonrío y estiro la mano para que me la entregue. Pero no lo hace: él se da la vuelta y se va con la salsa en su mano. ¡Trágame, tierra! ... Termino de hacer las compras y llamo a mi hermano para que venga por mí. Cinco minutos después él llega; me acerco al auto y veo que no viene solo. El chico de la salsa se encuentra sentado en el asiento del copiloto. Ahora resulta que el idiota este es amigo de mi hermano. No me sorprende tanto, la verdad. Daniel me ayuda a subir las compras al auto. De regreso, el silencio se apodera del auto hasta que Daniel decide hablar. -Mocosa, él es Luis. Creo que ya les había hablado de él, ya que vive con nosotros. Y Luis, ella es Annie. Su mirada se encuentra con la mía gracias al retrovisor del lado del copiloto. -Mucho gusto, Annie -dice, con lo que yo logro identificar como sarcasmo. Le sonrío con hipocresía y miro por la ventana. Un rato después ya nos encontramos estacionando el auto frente a la casa. Ambos me ayudan a llevar las compras hasta dentro. Al entrar a la casa me encontré con otros dos chicos, además de Sandro. -Annie, cuando termine eso, venga un toque para presentarle a estos dos. -Claro -le contesté desde la cocina. -Esta es la última -dijo Luis, poniendo la bolsa con las compras encima del desayunador. -Gracias por la ayuda. -Sí, bueno, no había de otra -dijo, para luego marcharse. Maldito grosero. Termino de guardar las cosas en los estantes y en la refrigeradora para luego ir a la sala, donde se encuentran todos los demás. -Chicos, ella es Annie, la hermanita de Daniel. Y síguele con lo de "hermanita". Yo ya estoy grande. -Annie, ellos son Sack -me señaló a un chico alto, grueso, de ojos cafés claros-. Y Thomás. Thomás levantó la mano; él es rubio, de ojos verdes. Acá la pregunta importante es: ¿por qué todos son tan guapos? No es justo y uno aquí, todo maltratado por la vida. -Entonces ella es la hermana de Daniel... no parece -dijo Thomás. -A como veo, ella se llevó la belleza de la familia -dijo Sack, mostrando su linda sonrisa. -Oh, vamos, sé que tienes envidia por lo guapo que soy. No es necesario que le mientas a Annie: yo soy el guapo de la familia. Levanté una ceja. Intenté defenderme, pero fui interrumpida por Thomás. -No le hagas caso a tu hermano. Él no acepta que en realidad tú eres la más guapa. ¡Mis mejillas empiezan a arder! -Sí, sí, hagamos algo productivo. ¿O van a seguir conquistando a la hermana de Daniel? -habló Luis con su semblante serio. Qué idiota. Por mí que sigan diciendo cosas lindas. La verdad no es como que me moleste que tres chicos guapos me estén diciendo cosas lindas, ya sea por amabilidad o lo que sea. Creo que es lo máximo que conseguiré. -¿Qué estudian? -les pregunto para cambiar de tema. -Todos acá estudiamos Arquitectura -contestó Sandro. -¿Vos qué estudias? -Terapia Física -contesté. Mi estómago provocó un sonido. -Iré a buscar comida, muero de hambre. -Está bien, creo que nosotros iremos al gimnasio. Volvemos en un rato. Fui a la cocina y ellos se marcharon, con la excepción de Luis, que se quedó en la sala viendo televisión. Dispuesta a saciar mi incontrolable apetito, voy a la cocina en busca de cualquier cosa comestible y que ojalá no dure mucho en preparar. Abro la refri y saco una maruchan. Sigo uno a uno los pasos de las instrucciones que vienen explicados en el cartón y listo: mi maruchan está lista. ¡Excelente! Ahora solo falta la Coca-Cola y está lista mi comida. A veces pienso que debería ser chef. ¿Por qué? Porque preparo unas maruchan deliciosas, pero luego recuerdo que a mí hasta el agua se me quema y se me pasa. Una de las cosas malas de estar en otra casa es no saber dónde están las cosas, como, por ejemplo, las cucharas y los tenedores. Tengo diez minutos buscando los estúpidos tenedores y ya me estoy empezando a estresar, y no, no pienso preguntarle al odioso de Luis. Continué buscando, abriendo todas las gavetas, hasta que por fin localicé los tenedores en una repisa. Lo malo es que está muy alto, pero no importa: tengo que llegar hasta allí sea como sea. Tengo mucha hambre. En una de mis típicas ideas brillantes, decido subirme encima de una silla para intentar alcanzar los tenedores. ¿A quién se le ocurre poner los tenedores allí? Oh, cierto: al estúpido de mi hermano o a sus amigos. Subí a la silla y ¡genial!, aun así no alcanzo. Me pongo de puntillas para poder alcanzar los tenedores, pero pierdo el equilibrio y caigo. Esperando el duro contacto de mi cuerpo contra el suelo, cierro los ojos, pero el golpe nunca llega. En lugar de eso, siento unos fuertes brazos sosteniéndome. Abro los ojos y me encuentro con el rostro de Luis a centímetros del mío, quien me baja segundos después. ¿Cómo mierda llegó tan rápido de la sala a la cocina? -Gracias por eso. Él, sin contestar nada, solo se marcha de regreso a la sala. INCÓMODO. Será bastante difícil aprender a llevarme con él. Incluso con mi hermano: él y yo peleamos muchísimo estando en casa, con nuestros padres como mediadores. No imagino ahora que solo estamos él y yo. Daniel siempre ha tenido uno o dos problemas: es un poco machista y sobreprotector. Él no entiende que yo ya soy una persona adulta; él piensa que me manda y no es así. Espero que este tiempo que viviremos juntos le sirva para darse cuenta de que yo soy capaz de comportarme como una persona adulta; que puedo tomar decisiones y que, aunque no siempre sean las mejores, no importa porque al final es lo que yo decido. Por otro lado, no sé por qué pienso que este chico, Luis, va a ser un dolor de cabeza. Siento que su personalidad es muy parecida a la de Daniel. Y aunque Daniel me estrese muchísimo, está bien: tengo que lidiar con él por ser mi hermano. Pero Luis... Luis no es ni familia como para que yo lo tenga que aguantar.

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