Capítulo 19
Steven estaba con los codos sobre el escritorio, repasando los detalles enviados por la joyería, cuando tocaron a la puerta.
—Adelante —dijo, sin apartar la vista de los documentos.
—Señor Gaviria, ya lo esperan en la sala de juntas —informó su secretaria.
—Gracias, enseguida voy… y asegúrate de que a Elena no le falte nada.
—Por supuesto, señor.
La chica salió con el pecho apretado. Por más que intentara que no le afectara la frialdad de Steven después de aquella noche, no podía. Lo amaba, y esa distancia la desgarraba. Respiró hondo, volvió a su puesto y se obligó a trabajar.
Steven se dirigió a la sala de juntas. Todo estaba listo: documentos, carpetas, el murmullo lejano de la oficina. Al entrar, la vio. Elena estaba sentada frente al ventanal, bañada por la luz de la mañana, el cabello suelto cayendo sobre los hombros mientras revisaba unos papeles.
La observó un segundo. No era amor; era calma, respeto, una admiración limpia.
—Buenos días, Elena.
—Buenos días, Steven. Ya dejé todo preparado para la firma.
Él asintió, acercándose despacio a la mesa.
—Veo que sigues siendo tan organizada como siempre.
Elena rio suavemente.
—Alguien tiene que asegurarse de que todo funcione.
Hubo un silencio breve, casi cómodo. Hasta que Steven, con ese instinto que rara vez fallaba, percibió el peso invisible que ella cargaba.
—¿Estás bien? —preguntó con tono sincero.
Elena titubeó, pero asintió.
—Sí, solo… mucho trabajo.
Steven no insistió, aunque sus ojos lo decían todo: había comprendido más de lo que ella estaba dispuesta a admitir.
Afuera, el sonido de pasos se acercaba. Christopher estaba a punto de entrar. Y el aire, que hasta ese momento había sido tranquilo, empezó a cargarse de una tensión sutil, casi eléctrica.
Steven la observó unos segundos. Notó un mechón rebelde que caía sobre el rostro de Elena y, sin pensarlo demasiado, extendió la mano para colocárselo detrás de la oreja. Sus dedos rozaron apenas su piel, un contacto breve, casi inocente.
La puerta se abrió de golpe.
La secretaria entró con paso seguro, fingiendo naturalidad aunque sus ojos delataban otra cosa.
—Disculpe, señor Gaviria —dijo con voz profesional—, traje los documentos que pidió para la firma.
Steven se incorporó enseguida, con gesto profesional, pero Elena se apartó ligeramente, incómoda por la cercanía y por la mirada que ahora pesaba sobre ella.
Y entonces apareció Christopher, justo detrás de la secretaria. Su mirada recorrió la escena con frialdad, deteniéndose en ese espacio demasiado corto que había entre Elena y Steven.
El ambiente se tensó de inmediato.
La secretaria dejó las carpetas sobre la mesa y se retiró sin decir más.
Apenas cruzó la puerta, sintió cómo el aire le pesaba en los pulmones. Caminó por el pasillo con pasos apresurados, fingiendo que debía llevar otro informe, solo para alejarse de ahí. Su corazón latía con fuerza, no por nervios de trabajo… sino por la escena que acababa de presenciar.
Entró al baño, cerró la puerta y apoyó las manos en el lavabo. El espejo le devolvió su reflejo con los ojos enrojecidos, la expresión cansada. Abrió la llave del agua y se mojó el rostro, intentando recomponerse.
—Vamos… contrólate —susurró, apretando los labios.
Pero la puerta del baño se abrió y entraron dos secretarias más. Reían, hablando justo de lo que ella temía oír.
—¿Viste cómo la miraba? —dijo una, bajando la voz—. A veces pienso que esa Elena tiene algo con el jefe.
—¿Y quién no quisiera? —respondió la otra con una sonrisa burlona—. Aunque alguien por aquí seguro se muere de celos. ¿No es así, Anahí? —preguntó riéndose con burla.
Anahí bajó la mirada, fingiendo que no escuchaba, mientras se secaba el rostro con una toalla.
—Tengo trabajo que hacer —murmuró, saliendo rápido antes de que su voz temblara.
Caminó directo a su escritorio, ignorando las risas de aquellas mujeres. Se sentó, respiró hondo y fingió concentración frente a la pantalla. Nadie notó que sus manos temblaban levemente sobre el teclado.
Mientras tanto en la sala de juntas, Christopher apretó la mandíbula con tanta fuerza que el músculo le tembló. Sus manos se cerraron en puños, tratando de contener el impulso de romperle la cara a Steven. Sentía el corazón golpearle el pecho, un fuego ciego ardiéndole en las venas.
Respiró hondo. Una vez. Dos. Tenía que controlarse.
—Podemos comenzar —dijo al fin, voz baja y controlada—. Tenemos poco tiempo y mucho que revisar.
Elena presentó los documentos: cifras, puntos clave, anotaciones. Steven intervenía con precisión; Christopher no apartaba la vista, irritado por cada inclinación profesional de Steven hacia ella. Tensión sorda, duelo silencioso.
Finalmente, Christopher cerró la carpeta con un chasquido.
—Bien —dijo—. Todo está en orden. Prepararemos los contratos para la firma.
Steven se inclinó ligeramente hacia Elena:
—Excelente trabajo, Elena. Gracias por mantener todo en orden.
Ella asintió, guardando los papeles. Christopher revisó los contratos, luego Steven los firmó, todo con cuidado, manteniendo la compostura y el mínimo contacto visual necesario.
El silencio posterior era pesado, cargado de tensión contenida.
—Todo listo —dijo Steven finalmente—. La firma concluyó sin inconvenientes.
Christopher miró a Elena un instante más de lo necesario, luego giró hacia Steven con un leve suspiro que decía:“Nada ni nadie interfiere con lo mío”.
Steven recogió sus cosas con calma.
—Ha sido un placer hacer volver a verte, Elena —dijo, ofreciéndole un abrazo breve y un beso en la mejilla.
Elena correspondió, sonriendo suavemente:
—Igualmente, Steven. Me alegra que todo haya salido bien.
—Prometo volver algún día para ver a los amigos y revisar más proyectos —añadió él, guiñándole un ojo.
—Te estaré esperando —replicó Elena, cálida, aunque con el corazón acelerado.
Christopher permanecía detrás, brazos cruzados, mandíbula tensa. La cordialidad entre ellos lo irritaba: no quería compartir a Elena con nadie.
—Vamos, Elena —dijo finalmente, firme—. Debemos partir si queremos tomar el vuelo a tiempo.
Salieron. Afuera, el calor los envolvió. El chófer esperaba; subieron en silencio. El trayecto fue corto y denso: ese tipo de silencio que dice demasiado. En el aeropuerto, entre anuncios, ruedas de maletas y colas ordenadas, cumplieron el ritual sin hablar. Documentos, facturación, seguridad. Miradas medidas que se encontraban de reojo y se disolvían al instante.
En la sala de espera, Christopher se detuvo frente al ventanal que daba a la pista; Elena se quedó un paso atrás. Pronto abordaron. Ya en primera clase, él abrió su tableta y fingió concentrarse; ella, con la respiración contenida, buscó en su celular la app de Dreame para distraerse con un libro de su biblioteca. A veces, sus miradas se cruzaban en el reflejo de la ventanilla: breves, controladas, insoportablemente elocuentes.
El aterrizaje en Dallas fue suave. Recogieron sus cosas y salieron. Otra vez el calor, ahora con humedad pesada. En el auto, rumbo a casa de Elena, el tráfico fluyó a su alrededor. Ellos siguieron sin decir palabra.
Frente al edificio, el motor se detuvo.
—Llegamos —dijo Christopher.
Elena asintió, bajó sin mirarlo y caminó hasta la entrada. En su piso, abrió la puerta; el aroma familiar la envolvió. Exhaló. Estaba por cerrar cuando una mano detuvo la puerta. El golpe seco la hizo girar. Christopher estaba ahí, inmóvil.
Entró despacio y la puerta se cerró con un clic definitivo.
—No puedo más con este silencio —murmuró, acercándose hasta quedar a un paso. Le tomó el rostro con ambas manos—. No podemos fingir que no pasó nada. Anoche hicimos el amor, Elena… fuiste mía, y yo fui completamente tuyo.
Elena sintió el aire atorado en el pecho. La respiración se le volvió irregular. Lo miró, sin saber si retroceder o rendirse al impulso de besarlo. La intensidad en los ojos de Christopher la atravesó: profunda, ardiente, imposible de sostener sin perder el control.