Entre la culpa y la furia

1442 Words
Capítulo 18 Las palabras de Christopher aún retumbaban en su mente, y Elena no sabía si odiarlo, creerle o rendirse. Sentía que cada sílaba se había incrustado en su pecho, desgarrando la muralla que con tanto esfuerzo había levantado. Se apartó de él con torpeza, como si necesitara aire para no ahogarse en aquella intensidad. Christopher no la detuvo; se limitó a mirarla con esa mezcla de orgullo herido y vulnerabilidad que la desconcertaba más que cualquier gesto suyo. Elena llevó una mano a su rostro, ocultando las lágrimas que no quería dejar ver. Lo odiaba por hacerla sentir así, por romper sus certezas y obligarla a enfrentarse a un torbellino de emociones que no sabía manejar. —No puedes decirme eso y esperar que todo cambie de un día para otro —susurró, sin mirarlo. Christopher dio un paso hacia ella, lento, como si temiera espantarla. —No espero que cambie nada, Elena. Solo quiero que entiendas que lo que siento es real. Ella soltó una risa amarga, seca. —¿Real? ¿Después de todo lo que me hiciste? ¿Después de humillarme, de recordarme que te debía algo cada vez que respiraba? El silencio se volvió insoportable. Christopher apretó la mandíbula, como si cada palabra suya fuera un látigo que lo azotaba. Y aun así, no retrocedió. Quiso acercarse, besarla, pero ella retrocedió con firmeza, como si aquel simple gesto pudiera derrumbar lo poco que le quedaba de resistencia. Christopher frunció el ceño, desconcertado. —¿Por qué me rechazas así? —su voz sonaba grave, casi herida. Elena lo sostuvo con la mirada, sintiendo cómo la furia y el dolor le subían a la garganta. —Porque no quiero más tus caricias, Christopher. No después de que me traicioneras. Él ladeó la cabeza, confundido. —¿De qué hablas? Elena respiró hondo, temblando, y entonces dejó salir la daga que llevaba días enterrada en el pecho: —De Vania… de esa noche en el despacho de la casa de tus padres. Fui a buscarte para despedirme de ti, ¿y qué me encontré? Gemidos, jadeos detrás de esa puerta. El color se le borró del rostro. Christopher dio un paso hacia ella, con la mirada encendida, pero su furia contenida era palpable, como un volcán a punto de estallar. —Elena… —su voz era grave, controlada, pero temblaba bajo la presión de su enojo. —No tienes que darme explicaciones, Christopher —dijo Elena, con la voz firme aunque cargada de dolor—. Lo que escuché basta. Christopher se quedó un momento en silencio, midiendo cada respiración, cada gesto de Elena. Su mandíbula se tensó y sus puños se cerraron, pero no dijo nada. La rabia que sentía se contenía, casi haciéndolo temblar, mientras Elena mantenía la mirada fija, mostrando que no cedería ante él. —Era obvio que, como no te di lo que querías aquella vez, ibas a buscarlo en otra —dijo Elena, con la voz firme, clavando sus ojos en los de Christopher. Él tragó saliva, intentando mantener la calma, pero sus manos se cerraron en puños a los lados de su cuerpo. La furia contenida se mezclaba con algo más profundo: sorpresa, incredulidad y un dolor que no esperaba. —¿Eso crees? —su voz era baja, cortante, como un filo que buscaba abrirse paso entre la tensión del aire. Elena respiró hondo, con cada palabra pesando como un martillo sobre el silencio que los rodeaba. No buscaba una discusión; buscaba que él sintiera aunque fuera una fracción del daño que le había causado. —No te estoy acusando por capricho, Christopher —continuó, con los dientes ligeramente apretados—. Solo te estoy diciendo lo que vi, lo que escuché. Al fin y al cabo, eres hombre, y todos son iguales: si una mujer no les da lo que quieren, se van a buscarlo en otra. Elena lo decía por experiencia. Ya le había pasado con su exnovio; la había engañado con una supuesta amiga. El dolor de esa traición todavía la marcaba, porque no se esperaba que las dos personas que más quería y en quienes más confiaba la lastimaran de esa manera. Esa herida aún estaba abierta, y no estaba dispuesta a permitirse repetirla. El rostro de Christopher se endureció al instante. Sus ojos se iluminaron con un fuego que intentaba contener, y su mandíbula se tensó como si luchara contra el impulso de gritar. Dio un paso hacia ella, pero no la tocó; cada fibra de su cuerpo pedía lanzarse, pero su mente le ordenaba controlarse. —¿Eso crees de mí? —su voz salió baja, grave, cargada de tensión—. ¿Qué… lo que hago depende de que no me des lo que quiero? Elena lo sostuvo con la mirada, firme, aunque el temblor de su rabia y miedo recorría todo su cuerpo. No iba a retroceder. Christopher respiró hondo, tratando de dominar la furia que subía en su pecho. Cada palabra de Elena era un golpe directo, una mezcla de reproche y dolor que lo obligaba a replantearse sus propios límites. Por un instante, todo su orgullo y su deseo de control chocaron con la culpa y la verdad de lo que había hecho. —No… —musitó, conteniendo un rugido que apenas logró mantenerse dentro—. No es así… No puedes… no puedes juzgarme solo por eso. Elena no retrocedió. Sabía que cada palabra de Christopher cargaba un peligro, y aun así necesitaba decir lo que sentía. —Lo que escuché es suficiente —replicó, firme—. No necesito que me des explicaciones. Y ya no quiero seguir hablando del tema, lo que pasó anoche fue… porque estaba tomada y no pensé. Lo de anoche fue un error que no se repetirá. Christopher la miró, incrédulo, tragando saliva. La mezcla de furia contenida y culpa lo consumía por dentro, un fuego que amenazaba con estallar. Sus manos temblaban levemente y su orgullo se sentía herido, desarmado por la fuerza de la sinceridad de Elena. Por un instante, no supo cómo responder, dividido entre la ira y la culpa, atrapado entre lo que hizo y lo que sentía por ella. —¿Un error? ¿Estás segura? —preguntó, su voz baja pero cargada de tensión, tratando de contener el temblor que le delataba—. Porque… anoche… yo… Elena respiró hondo, manteniendo la mirada firme. —Sí, un error —replicó con voz firme—. Lo de anoche fue porque me dejé llevar… estaba tomada, no razonaba con claridad. Lo de anoche no se repetirá, ¿okay? Elena tomó la llave, dio media vuelta y salió de la habitación, dejando a Christopher solo, con el eco de sus palabras resonando en la estancia. La ira lo consumía por dentro, queriendo destrozarlo todo, pero sabía que debía tranquilizarse. No se daría por vencido; tenía que recuperar la confianza y el amor de Elena. Su mente, sin embargo, no podía escapar del recuerdo que lo torturaba: Flashback… No sé en qué momento Vania me llevó al despacho. Estaba desorientado, confundido y lleno de celos al ver cómo miraban a Elena, como si no pudiera marcar mi territorio ni sacarles los ojos, sobre todo al imbécil de mi primo. En ese instante, todo se me nubló y no medí mis actos. La puerta del despacho se cerró detrás de nosotros con un silencio cargado. Nos besamos con una desesperación que no permitió pensar en otra cosa. La encaminé hacia el escritorio sin separarme, mientras Vania, con manos decididas y llenas de urgencia, desabotonaba mi camisa. Sin embargo, no permití que me la quitara; la necesidad fue más grande que la paciencia. La senté en el escritorio, el vestido ya levantado hasta la cintura, me coloqué en medio de sus piernas. Mis manos recorrieron sus piernas hasta que mi diestra se coló entre ellas. Sentí su cuerpo, pero mi mente estaba nublada; y la que realmente acariciaba era Elena… mi Elena. Creía que era a ella a la que tenía en mis brazos. De un tirón, jalé su prenda. Sin dejar de besarla, introduje un dedo. Ella estaba tan húmeda, un hecho que no pasó desapercibido. Me desabroché el pantalón, y de una sola estocada, la penetré. En ese estado, solo se escuchaban nuestros jadeos y gemidos, sonidos que rompieron la quietud del despacho. *** De vuelta en la realidad, Christopher se acercó a la cama y se dejó caer en la orilla. Sus codos descansaban sobre sus muslos mientras llevaba las manos al rostro, frotándoselo con frustración, tratando de calmar la mezcla de culpa y furia que lo consumía por dentro.
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