Entre silencio y verdad

1031 Words
Capítulo 17 El resto de la mañana transcurrió en una calma extraña. No hubo más reproches ni preguntas, pero tampoco la cercanía de la noche anterior. Christopher se levantó primero, se vistió en silencio y se dirigió al baño sin mirarla. Elena aprovechó para ponerse la ropa interior y buscar su vestido, sintiéndose torpe bajo el peso de esa distancia. Cuando él salió, ya estaba de pie junto a la ventana. Fingía mirar la ciudad, pero en realidad huía de la tensión. Christopher se acercó y la abrazó por la espalda. Elena se tensó al principio, pero poco a poco se dejó llevar por el calor de sus brazos. —No me gusta este silencio —murmuró él, hundiendo el rostro en su cuello. —No sé qué decir —respondió ella con honestidad. Christopher sonrió contra su piel. —Entonces no digas nada. Solo quédate conmigo. Elena cerró los ojos. Sabía que esa promesa de calma era momentánea, un espejismo antes de que el torbellino volviera a arrastrarlos. Pero, por ahora, decidió dejarse llevar. Aun así, en lo más profundo de su corazón, la pregunta seguía latiendo con fuerza: ¿de verdad lo había dicho? ¿De verdad había escuchado ese te amo? Si, sí lo había escuchado, pero no quería aceptarlo, porque aceptar esas dos palabras era abrir una puerta de la que tal vez nunca podría salir. Era entregar un poder que no sabía si Christopher merecía tener sobre ella. Elena apretó los labios, tratando de convencerse de que su silencio era protección, un escudo necesario para no perderse en él. Pero por dentro ardía el recuerdo de esa voz ronca, vulnerable, pronunciando lo que jamás pensó escuchar de un hombre como él. Christopher seguía abrazándola desde atrás, con la respiración firme contra su cuello. No insistía, no preguntaba, pero ella sabía que estaba esperando. Siempre estaba esperando, midiendo, analizando cada reacción suya como si quisiera descifrarla por completo. Elena tragó saliva. —Christopher… —murmuró apenas, con un hilo de voz. Él respondió enseguida, como si hubiera estado al borde de un abismo, aguardando ese llamado. —Dime. Elena dudó. Tenía tantas palabras en la boca, tantas preguntas, pero todas se deshacían antes de salir. Finalmente escogió la única que no podía callar: —¿Por qué yo? Christopher la giró suavemente para enfrentarla. Su mirada era intensa, tan cruda que casi dolía sostenerla. —Porque contigo no puedo fingir. Porque cuando estoy cerca, todo lo demás desaparece —confesó, con esa mezcla de rudeza y sinceridad que lo hacía tan desconcertante—. Y porque anoche me di cuenta de que no quiero soltarte. Elena sintió que el aire se le escapaba. Sus palabras eran una promesa y una amenaza al mismo tiempo. —Pero yo… —intentó replicar. Él le tomó el rostro entre las manos y la interrumpió. —No quiero que me respondas ahora —dijo con firmeza—. Solo necesito que sepas lo que siento. Elena parpadeó, confundida, con el corazón latiendo a un ritmo doloroso. Lo que más la desconcertaba no era el amor de Christopher, sino la fuerza con la que lo había amado, pero los recuerdos regresaron a ella; cuando escuchó aquella noche que estaba teniendo sexo con aquella mujer y también el chantaje por haberle pagado su deuda del banco. Un nudo se apretó en su garganta. ¿Cómo podía su corazón latir tan fuerte por un hombre que la había herido de esa manera? ¿Cómo podía siquiera pensar en corresponderle cuando aún sentía la daga del recuerdo clavada en su pecho? Christopher notó el cambio en su expresión. Sus cejas se fruncieron con un destello de alarma. —¿Qué pasa? —preguntó, con voz baja, casi cautelosa. Elena apartó la mirada, incapaz de sostener esos ojos que parecían ver demasiado. —Nada… —murmuró, aunque sabía que era mentira. Él le tomó la barbilla y la obligó a mirarlo. —No me mientas, Elena. Te conozco. Ella tragó saliva, debatiéndose entre callar o dejar salir la tormenta. Finalmente, las palabras escaparon como un suspiro quebrado: —No puedo olvidarlo, Christopher. No puedo olvidar como me has tratado, desde que pagaste una deuda que no te pedí. Su voz salió temblorosa, pero cargada de firmeza. Era como si, por fin, se atreviera a arrancar el velo que había cubierto durante tanto tiempo. Christopher la miró en silencio, y por primera vez no respondió de inmediato. Sus labios se apretaron, sus ojos se oscurecieron como si cada palabra de Elena lo hubiera golpeado de frente. —¿Eso crees? —dijo al fin, con un tono bajo, contenido, como una fiera a punto de estallar—. ¿Qué todo lo que hago es para recordarte que me debes algo? Elena no contestó. Su silencio fue más hiriente que cualquier grito. Christopher se acercó de golpe, inclinándose sobre ella, con esa intensidad que la hacía temblar. —Pude haberte dejado sola, Elena. Pude mirar hacia otro lado mientras el banco te arrebataba todo. Pero no lo hice. ¿Sabes por qué? Ella lo retó con la mirada, aunque el corazón le latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo. —Porque te gusta tener el control. Porque disfrutas verme atada a ti —escupió, con un dolor que se mezclaba con rabia. Él cerró los ojos un segundo, como si esas palabras fueran un golpe directo al pecho. Cuando volvió a abrirlos, había fuego en su mirada. —No —dijo con firmeza—. Fue porque no podía soportar la idea de perderte. Elena se estremeció. Sus labios temblaron, queriendo negar, queriendo gritarle que no le creyera, pero algo en la voz de Christopher sonaba demasiado real. Demasiado desgarrado. —Entonces… ¿por qué me hiciste sentir como una prisionera? —preguntó, apenas audible. Él la tomó del rostro con ambas manos, con una urgencia desesperada. —Porque no sé amar de otra forma, Elena —confesó con brutal sinceridad—. Porque cuando se trata de ti, me vuelvo un maldito egoísta. Elena sintió que las lágrimas, al fin, la traicionaban. No quería llorar, pero esas palabras rompían las murallas que había levantado.
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