Capítulo 10
Elena se alejó de Christopher con pasos rápidos. Se detuvo en medio del pasillo, respiró hondo; debía tranquilizarse. Cuando logró calmarse, volvió a su escritorio.
Minutos después, Christopher regresó. Cruzaron una leve mirada antes de que él entrara en su oficina.
«Debo averiguar qué le pasa. Se veía muy angustiada… siento que es algo grave. Tengo que ayudarla», pensó con preocupación.
—Elena —musitó para sí.
Le entró una llamada. Al ver que era Vania, la ignoró.
Ella, al darse cuenta de que Christopher la había rechazado, estalló en furia.
—¡Maldito seas, Christopher! —lo maldijo—. Me ha estado ignorando días enteros. No lo voy a permitir… ya se me escapó una vez, pero no de nuevo. Él debe ser mío.
Aventó el celular sobre la cama, desbordada de rabia.
En la empresa, Christopher revisaba documentos cuando tocaron a su puerta. Era su hermana.
—Hola, hermanito —dijo Mía con una sonrisa.
A Christopher le molestaba que lo llamara así. La miró con severidad.
—¿Qué quieres? —preguntó con tono serio.
—Nada, solo vine a verte, ya que no has aparecido por casa.
—He tenido mucho trabajo. En estos días iré.
Mía rodó los ojos.
—Siempre lo mismo: trabajo, trabajo y más trabajo. No sales, no te diviertes. El otro día Joshua te invitó a salir y lo rechazaste. ¿Por qué?
Christopher no respondió. Solo le lanzó una breve mirada y volvió a concentrarse en sus papeles.
En ese momento apareció Elena en la oficina. Al verla, Mía sonrió.
—Elena, hola, ¿cómo estás?
—Bien, gracias.
Mía percibió preocupación en su mirada.
—Solo venía a ver si necesitaban algo antes de irme.
—No, gracias. Vete con cuidado —respondió Mía.
Elena sonrió con suavidad y salió cerrando despacio la puerta.
—Algo tiene tu asistente —comentó Mía.
—¿Por qué lo dices?
—Por sus ojos. Se notaba preocupada… angustiada.
Christopher guardó silencio. Luego miró a su hermana.
—Debo salir. Tengo cosas que hacer. Nos vemos luego —se despidió con un beso en la mejilla.
Al salir, subió a su auto y, al ver el de Elena, decidió seguirla discretamente.
Ella llegó a su hogar, dejó el bolso sobre la barra y se sirvió un vaso de agua. Sobresaltada por un trueno, miró por la ventana: una fuerte lluvia azotaba la ciudad, las gotas golpeaban con violencia los cristales.
—Espero que no se vaya la luz —murmuró.
Le temía a la oscuridad, así que preparó velas por precaución.
Christopher permanecía dentro de su convertible n***o, observando el edificio bajo la tormenta. Cuando la luz se fue en el edificio, pensó en ella con preocupación. Quiso bajar, pero la lluvia era brutal. El cielo tronaba sin cesar.
Recibió una llamada de su madre.
—Hijo, ¿estás bien? ¿Tienes luz en tu penthouse?
—No lo sé, madre, aún no he llegado.
—Ven a casa, no quiero que estés solo, por favor —suplicó Fátima.
De fondo se oyó el grito de Mía ante un relámpago.
—Vente con cuidado, hijo —añadió su madre.
—Sí, mamá.
Colgó. Dio una última mirada al edificio y se marchó.
—Hijo, gracias a Dios que estás aquí —Fátima lo abrazó al recibirlo. Christopher le besó la mejilla.
En la sala, compartieron una charla ligera. Xavier, orgulloso, resaltó los logros de la empresa.
—Extrañaba tener a mi familia reunida —dijo Fátima con alegría.
Christopher le regaló una sonrisa cálida, que ella correspondió.
Mientras tanto, en su departamento, Elena recibió la llamada de sus padres. Querían asegurarse de que estuviera bien. Elisa le pidió que se cuidara mucho; Elena lo prometió y agradeció. Después intentó dormir, pero le fue imposible. La tormenta arreciaba y los truenos parecían desgarrar el cielo.
—Me quedan solo dos días… Dios mío, ¿qué voy a hacer? —sollozó.
No quería contárselo a su amiga; le daba vergüenza. Temía que se burlara por haber creído en esas páginas.
La tormenta terminó entrada la madrugada.
A la mañana siguiente, la familia Collins desayunó reunida como hacía tiempo no lo hacían.
—Me voy, debo llegar a la empresa —anunció Christopher, besando la frente de su madre.
—Cuídate, cariño —Fátima le dio la bendición. Él besó el dorso de su mano antes de salir.
Elena, por su parte, llegó temprano por primera vez. Saludó a la recepcionista, tomó el elevador y se estremeció al ver el aviso del banco. Cerró los ojos, la angustia la consumía. Al llegar a su escritorio, Ashley bromeó:
—¿Se te pegaron las sábanas? —rió.
Elena rodó los ojos. No tenía humor.
Ashley la observó sorprendida; siempre se reía de sus ocurrencias, pero hoy estaba distinta.
Cuando Christopher llegó, las muchachas lo saludaron en coro. Todas, menos Elena.
Poco después, Sarah entró agitada y se acomodó en su lugar.
—¿Ya llegó el jefe?
—Sí —contestó Ashley. Sarah maldijo y ambas rieron.
Luego Sarah volteó a Elena.
—Hola, amiga, ¿cómo estás?
—Bien.
Sarah la miró con suspicacia; sabía que no era verdad, pero prefirió callar.
Mientras conversaban sobre la tormenta, Ashley mencionó a su bebé de cuatro meses, que había pasado la noche nerviosa con los truenos. Las demás secretarias compadecieron al pequeño.
Elena se mantuvo callada, con la mente atrapada en su problema. Le quedaba solo un día. Sin poder evitarlo, un sollozo escapó de sus labios. Sarah se acercó preocupada, pero Elena se levantó y se fue al baño; odiaba que la vieran llorar.
Christopher, al notar su ausencia, preguntó:
—¿Dónde está Elena?
—Fue al baño, no se sentía bien —respondió Sarah.
Asintió con calma y se dirigió hacia el pasillo. En ese instante, Elena salía. Chocó con él sin darse cuenta, ocupada en limpiarse las lágrimas. Christopher alcanzó a ver el sobre que llevaba en las manos. Estaba seguro: ahí estaba la razón de su angustia.
—Discúlpame —murmuró Elena, desviando la mirada.
Él la observó con frialdad.
«De una manera u otra, ese sobre será mío».
Al regresar a su oficina, llamó a Ashley.
—Quiero que me traigas un sobre blanco que Elena guarda en su bolso. Esto debe quedar entre nosotros, ¿entendido?
Ashley asintió.
—A la hora de la comida lo hago, señor.
—Bien. Puedes retirarte.
Ella salió cerrando con cuidado la puerta. Ante la curiosidad de las otras secretarias, inventó que se trataba de un asunto de trabajo. Ellas asintieron y no insistieron más.
Se llegó la hora de la comida. Ashley comentó a sus amigas que iría al baño y que después las alcanzaría en el restaurante. Cuando se quedó sola, tomó el bolso de Elena, sacó el sobre y, tras acomodar el bolso como estaba, entró a la oficina de Christopher.
Se lo entregó directamente en la mano.
—Gracias.
Ashley asintió, dio media vuelta y salió de la oficina.
Christopher abrió el sobre en cuanto estuvo solo.
—Veremos por qué estás tan preocupada —murmuró.
Leyó con atención y frunció el ceño.
—No puede ser… —negó con la cabeza—. ¿Cómo llegaste a esto? —suspiró—. No importa, te ayudaré. Tengo un plan.
Guardó la hoja de nuevo en el sobre, salió de la oficina, tomó el bolso de Elena y lo volvió a guardar como si nada.
Sabía exactamente cómo resolver el problema, y también cómo asegurarse de que ella permaneciera cerca… mucho más cerca de lo que imaginaba.