Capítulo 11
Cuando Elena entró a su oficina, lo encontró sentado tras el escritorio, los dedos entrelazados, la mirada fija en ella. Un silencio pesado llenó el espacio.
—Elena —dijo, su voz baja, pero autoritaria—. He visto lo que te preocupa. Sé exactamente cómo solucionarlo. Pero hay un detalle que debemos aclarar antes.
Ella frunció el ceño; un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué detalle?
Christopher se levantó lentamente, cada paso medido, acercándose a ella. Su sola presencia llenaba la habitación, imponiéndose.
—Ese dinero que… necesitas… considera que ya lo adelanto yo —susurró, su tono apenas contenido—. Pero hay una forma de “pagarme” —una leve sonrisa curvó sus labios—… y no es con dinero.
Elena retrocedió un paso, confundida, el miedo oprimiéndole el pecho.
—¿Qué quieres decir? —preguntó con un hilo de voz.
—Quiero que estés conmigo —dijo, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo—. Cada momento a mi lado, cada decisión… será parte de “pagarme” la ayuda que te doy. No es una opción, Elena. Es la manera en que me aseguro de que estés… donde realmente debes estar: conmigo.
El corazón de Elena golpeaba con violencia, mezcla de temor y tensión que no sabía cómo manejar. La garganta se le cerró, la respiración entrecortada.
«¿Cómo se enteró de que fui estafada?», pensó.
Elena no podía permitir que Christopher la manejará a su antojo, no después de lo que le hizo.
—Estás completamente loco, si crees que por ayudarme haré lo que me pidas, solo con tronando los dedos —le replicó, desafiándolo con la mirada.
Christopher esbozó una sonrisa apenas perceptible, como si ya supiera que estaba ganando la batalla.
—Si no aceptas… tendrás que devolver cada centavo que adelanté para que no te quedaras en la calle. Y eso incluye el departamento.
Elena lo miró con rabia, los ojos brillando de indignación.
—¡Nunca te pedí nada! —exclamó—. No puedes exigirme que te pague algo que jamás solicité.
Christopher levantó ligeramente el sobre entre sus dedos, girándolo con cuidado, como si pesara más que el papel que contenía. Sus ojos nunca se apartaron de Elena.
—Mira esto —dijo, su voz baja y firme—. Cada palabra aquí me dice todo lo que necesitas… y lo que me debes.
Elena apretó los puños, sintiendo cómo su rabia se mezclaba con un escalofrío que le recorría la espalda.
—¡No puedes exigirme eso! —exclamó—. Yo nunca te pedí un adelanto… ni nada.
Christopher curvó sus labios, mostrando una sonrisa fría, calculadora.
—Pero nadie va a creerte —dijo, con voz baja y firme, como si cada palabra pesara sobre ella—. Si te fijas bien, aqui dice que me solicitaste un préstamo de cincuenta mil dólares.
Elena sintió que el aire se le escapaba, la ira mezclándose con incredulidad.
—¡Esto… esto es imposible! —exclamó, su voz temblando entre furia y miedo—. ¿Cómo tienes las escrituras de mi departamento?
Christopher se encogió de hombros, aún con la sonrisa en su rostro.
—Ya ves.
Sus manos temblaban mientras sostenía la carpeta, y sus ojos se clavaban en los de ella, intentando encontrar una rendija de verdad.
—¡Esto no vale! —gritó, golpeando ligeramente la mesa con el puño cerrado—. No voy a dejar que me manipules así.
Christopher la observaba con calma, curvando apenas sus labios en una sonrisa fría, consciente del efecto que tenía sobre ella.
—Ah, Elena… me temo que los papeles no mienten —susurró, con voz segura y peligrosa—. Y esto… es solo el comienzo.
—Te odio, Christopher Collins… —susurró Elena, con un hilo de voz cargado de rabia y dolor—. Te odio como una vez te amé.
Sus palabras fueron un puñal, pero él no dejó que eso se notara. En cambio, le dedicó una sonrisa fría, demostrando que el poder seguía de su lado.
Elena se sentó frente a su escritorio, tratando de concentrarse en los papeles que tenía delante, pero no podía quitarse de la mente la presencia de Christopher. Sabía que su vida acababa de cambiar; que ahora cada decisión, cada momento, estaba marcado por él.
De repente, la puerta se abrió. Christopher salió, con paso firme y seguro. Su mirada la recorrió de pies a cabeza, evaluándola, controlándola.
—Elena —dijo, con voz baja y firme—. Tengo una reunión importante, y debes acompañarme.
Elena asintió, conteniendo un escalofrío mientras su corazón se aceleraba, consciente de que cada momento a su lado estaba bajo su control.
Mientras caminaban por los pasillos, cada paso de Christopher parecía medir el suyo. No necesitaba tocarla; su sola presencia mantenía a Elena bajo una vigilancia silenciosa, un poder que se sentía en el aire y la obligaba a obedecer sin que él dijera una palabra.
Al llegar a la sala de juntas, Christopher se inclinó ligeramente hacia ella, su aliento rozando su oído:
—Cada palabra, cada movimiento que hagas hoy, cada decisión que tomes a mi lado… forma parte de tu pago —susurró, y su aliento rozó su oído, dejando un escalofrío que recorrió su espalda—. Aprende a obedecer sin cuestionar. Esto recién comienza.
Elena tragó saliva, consciente de que no había escapatoria. Cada día a partir de ahora estaría marcado por él, y cada instante a su lado le recordaría que estaba bajo su control… hasta que Christopher decidiera que su “pago” estaba saldado.
Al terminar, cuando salían de la sala, él se detuvo y la miró fijamente:
—Elena, esto recién comienza. Tu “pago” no tiene fin hasta que yo diga que está saldado —su voz era baja, seductora y amenazante al mismo tiempo—. Y créeme, cada momento a mi lado será recordado.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía que no había escapatoria, y que cada día a partir de ese momento estaría marcado por la presencia y el control absoluto de Christopher.
Cada quien fue a su lugar de trabajo: Elena, contrariada por la situación en la que se encontraba; Christopher, con la sensación de haber ganado una batalla.
Ambos se sumergieron en sus pensamientos durante el día. Ella, tratando de convencerse de que aún tenía el control; él, seguro de que ya había comenzado a tejer la red que la mantendría cerca de él.
Al final de la jornada todo fue igual: cada quien siguió su propio camino, pero con la certeza de que el mañana no sería distinto… y que esa deuda apenas comenzaba a cobrarse.
Los siguientes días transcurrieron entre las exigencias de Christopher y los proyectos nuevos. Elena intentaba retomar su rutina diaria, aunque la incertidumbre nunca la abandonaba.
Estaba concentrada revisando unos documentos cuando una voz firme a su espalda la hizo estremecerse.
—Elena, a mi oficina.
Dejó lo que tenía en las manos y caminó hacia allí, intentando que su expresión se mantuviera serena.
Christopher estaba de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos del pantalón. No la miró de inmediato, como si midiera el momento exacto para hacerlo.
—Tienes una semana para organizar todo —dijo finalmente, con tono seguro—. Viajaremos a Los Ángeles. Habrá una reunión con un nuevo socio, y necesito que todo esté perfectamente preparado.
Elena asintió en silencio, tomando nota mental de la magnitud de lo que implicaba. Pero cuando él giró por fin la cabeza y sus miradas se encontraron, sintió un peso invisible sobre sus hombros. No era solo trabajo; era esa sensación constante de estar bajo su control.
—Confío en que estarás a la altura —añadió, volviendo la vista hacia el ventanal.
Ella respiró hondo, ocultando el temblor de sus manos. Sabía que no podía fallar, no solo porque era su jefe, sino porque algo más —algo que no se atrevía a nombrar— la ataba a él.
Elena salió de la oficina con la libreta en mano, la mandíbula apretada, respirando con fuerza para calmar el enojo que le bullía por dentro. Cada paso hacia su escritorio parecía pesado, como si arrastrara el peso de la “deuda” que Christopher había impuesto.
Mientras hacía llamadas y revisaba itinerarios, trataba de concentrarse en los números y horarios, pero cada pensamiento se veía interrumpido por la presencia invisible de él. La rabia le quemaba la garganta, mezclada con la sensación de impotencia. No podía admitirlo, pero no podía ignorar cómo su control la afectaba.
Cuando Christopher se apoyó en el borde de su escritorio en silencio, Elena sintió que el aire se le enredaba. No dijo nada, solo la observó, y eso bastó para que el pulso de su ira se mezclara con un escalofrío que le recorría la espalda.
—Quiero los itinerarios en mi correo antes de que termine el día —dijo él, su voz baja, firme, peligrosa, lo suficientemente cerca para que cada palabra fuera un recordatorio de su dominio.
Elena asintió, la mandíbula todavía tensa:
—Sí, señor.
Apenas se alejó, respiró hondo, intentando expulsar la frustración que le hervía por dentro. “Maldita sea”, pensó, “no voy a dejar que me domine tan fácilmente… aunque lo intente.”
A la mañana siguiente, en el aeropuerto, él apareció impecable, con su porte autoritario y sereno. La saludó con una leve inclinación de cabeza, sin pronunciar palabra alguna. Elena sintió que, incluso entre la multitud, él lograba encerrarla en un círculo invisible donde solo existían los dos.
—Asegúrate de que todo marche puntual —ordenó, entregándole la carpeta con los documentos.
—Sí, señor —respondió ella, esforzándose por ocultar el temblor que recorría su cuerpo.
Durante el vuelo, el enojo seguía latente en su pecho. Cada vez que él la miraba de reojo, Elena sentía un cóctel de indignación y miedo que le hacía apretar los puños bajo la manta. Intentaba no devolverle la mirada, pero la tensión en el aire era imposible de ignorar.
Cuando llegaron a Los Ángeles, el chofer ya los esperaba. Les abrió la puerta y subieron al auto. Elena se sentó rígida, con los dedos entrelazados sobre la libreta. Christopher la dejó entrar primero, y la cercanía de él le resultaba casi insoportable. Por dentro, se repetía que no cedería a sus juegos, que su enojo no le permitiría mostrarse vulnerable… aunque cada fibra de su cuerpo gritara otra cosa.
—Recuerda, Elena. Aquí no eres solo mi asistente —dijo él, rompiendo el silencio con voz baja y firme—. Cada cosa que hagas, cada palabra que digas, forma parte de nuestro acuerdo. Y quiero que no lo olvides, ni un segundo.
Elena contuvo la respiración, apretando los labios. “Maldito”, pensó, con el corazón latiéndole rápido, la ira mezclada con la tensión que él provocaba. Sabía que este viaje no sería solo profesional; que Christopher comenzaría a cobrar lo que decía que le "debía"… y eso la enfurecía más de lo que podía admitir.