Capítulo 12
El hotel era imponente. Paredes de mármol. Lámparas que caían como cascadas de cristal. Elena caminaba detrás de Christopher, consciente de cada paso, como si todo el lugar la observara.
En la recepción, él se encargó de los registros con la misma seguridad que en la oficina. Antes de que ella pudiera reaccionar, le entregó una llave magnética.
—Tendrás la habitación junto a la mía. Quiero que estés disponible en todo momento —dijo sin mirarla, como si fuera la orden más natural del mundo.
Las palabras sonaron como una sentencia. Elena asintió, guardando la tarjeta entre sus dedos sudorosos. Estar tan cerca de él, a tan solo una puerta de distancia, le revolvía el estómago.
Subieron en silencio por el ascensor. El espacio parecía demasiado pequeño, cada respiración de Christopher llenaba el aire. El sonido metálico marcaba los segundos de una cuenta regresiva invisible.
Al llegar al piso, él la dejó pasar primero. Antes de entrar a su habitación, se inclinó apenas hacia ella, con una sonrisa que no suavizó la firmeza de su voz.
—Descansa, Elena. Mañana comienza lo importante… y necesito que no falles.
Elena cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda contra la madera. Por primera vez desde que aceptó aquel “acuerdo”, comprendió que este viaje sería una prueba más dura de lo que imaginaba.
***
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas del hotel, bañando la habitación en un resplandor dorado. Elena se levantó temprano, repasando mentalmente la agenda del día. Había preparado documentos, carpetas y recordatorios en su teléfono, pero nada lograba calmar la inquietud que la consumía.
Un golpe en la puerta la sobresaltó.
—Elena, ya es hora —la voz grave de Christopher resonó al otro lado.
Se apresuró a terminar de arreglarse y salió al pasillo. Christopher la esperaba impecable con su traje oscuro, la mirada fija en ella, evaluadora como siempre.
—Bien —dijo, extendiéndole una carpeta—. Este es el orden de los puntos que trataremos con el socio. Quiero que lo domines a la perfección antes de la reunión.
Caminaron juntos hacia el comedor del hotel. Él hablaba de cifras, de estrategias, de expectativas. Entre palabra y palabra, dejaba caer miradas que la hacían sentir desnuda, como si además de evaluar su desempeño, descifrara lo que llevaba por dentro.
—Escúchame bien, Elena —dijo de pronto, inclinándose hacia ella. El murmullo de las mesas alrededor pareció desvanecerse—. Aquí no habrá margen de error. Lo que pase en esta reunión marcará el rumbo de la empresa… y tu lugar a mi lado.
Elena sostuvo su mirada, luchando por que sus manos temblorosas no delataran la tensión que sentía en el pecho.
—Lo entiendo —respondió con voz baja, aunque la presión en su pecho era insoportable.
Christopher asintió apenas y retomó su café, como si con esa sola frase hubiera sellado un acuerdo silencioso.
Al terminar, pagó la cuenta sin decir palabra y juntos salieron del restaurante, el murmullo del lugar quedando atrás mientras cada paso recordaba a Elena que seguía bajo su control. Mientras caminaban por el pasillo, el teléfono de Elena vibró en su mano: una notificación de w******p. Era una de las chicas estafadas, contándole que había encontrado un abogado que podría ayudarlas a resolver el problema.
Elena respiró hondo y respondió rápidamente:
Elena: Me alegra mucho escuchar eso… ojalá todo avance pronto.
Al levantar la mirada, notó que Christopher la observaba de reojo. Rodó los ojos con rabia contenida, deseando poder ignorar su presencia, pero era imposible. Cada gesto suyo parecía medirla, evaluarla, recordándole que, aunque estuvieran fuera de la oficina, seguía bajo su control.
Elena apretó los dedos sobre la carpeta, respirando hondo para que su enojo no se delatara. No voy a dejar que me domine así, se repitió mentalmente, aunque la proximidad de Christopher hacía tambalear incluso sus propias convicciones.
—Elena —dijo él suavemente, inclinándose apenas hacia ella—, hoy más que nunca, cada movimiento cuenta. No quiero errores.
Ella levantó la cabeza, fijando su mirada en la suya, intentando mantener firme su postura:
—Lo sé. No tienes que estarme recordando; siempre he hecho bien mi trabajo —dijo, mirándolo con desdén.
Pero por dentro, un torbellino de emociones la consumía: furia, frustración y algo más que no se atrevía a nombrar. Christopher la observaba, y una sonrisa empezó a dibujarse en sus labios.
«Después del aniversario, todo cambió en su forma de mirarme e incluso en cómo me dirigía la palabra. Pero cuando dijo que no quería sentir amor por mí, algo dentro se apoderó de mí al sentir su rechazo. Sentí la necesidad de probar el sabor de sus labios; fantaseaba con sentir su cuerpo, aquel que me negó. Pero esta vez la tengo bajo mi control y, quiera o no, tendrá que entregarse a mí», pensó.
Elena seguía mirando su celular mientras caminaban hacia la salida del hotel, evitando encontrarse con su mirada. El chófer les abrió la puerta, y ambos subieron al auto en silencio; la tensión entre ellos se sentía en el aire.
El trayecto hasta su destino transcurrió en un silencio incómodo, cargado de palabras no dichas. De vez en cuando, él la miraba de reojo, y cada vez que lo hacía, Elena sentía cómo se tensaban sus hombros y su estómago se encogía.
Estaban llegando al majestuoso edificio de Gaviria Fine Jewelry. Al entrar a recepción para anunciar su llegada, la secretaria, muy amable, los atendió y los dirigió al elevador para subir a la sala de juntas, donde se llevaría a cabo la reunión. Al salir del elevador, una asistente centró su mirada en Christopher, mientras Elena sentía cómo sus ojos la recorrían de pies a cabeza.
Elena la miró, enarcando una ceja. Un ligero desafío se dibujó en su expresión; no estaba dispuesta a dejarse intimidar por la curiosidad de la asistente. Sin embargo, Christopher parecía percibir incluso los más mínimos movimientos de su asistente. Su mirada se clavó en Elena un instante más de lo habitual, como si detectara la lucha interna que ella intentaba ocultar. Una leve sonrisa apareció en sus labios, divertida por la actitud firme de Elena.
Elena respiró hondo, esforzándose por no dejar que la sonrisa de Christopher quebrara su compostura. Cada paso hacia la sala de juntas era medido, consciente de que él la observaba, disfrutando de su firmeza, mientras ella se obligaba a mantener la calma y no revelar ni un ápice de sus emociones.
Al abrir la puerta, la sala de juntas se desplegó ante ellos: una mesa larga de madera oscura, rodeada de sillas de cuero, un ventanal que dejaba entrar la luz de la tarde y mostraba la ciudad extendiéndose a lo lejos, y en una pared, un gran monitor preparado para la presentación. El ambiente transmitía seriedad y poder, cada detalle reflejaba la importancia de la reunión que estaban a punto de iniciar.
Elena se sentó, organizando sus documentos con cuidado y manteniendo la mirada fija en sus papeles para no ceder a la presión silenciosa de Christopher. Él, tranquilo, la observaba en silencio, evaluando cada gesto, cada respiración.
De pronto, la puerta se abrió y apareció un hombre joven. Con un traje azul marino de finas rayas verticales y corbata de seda del mismo tono, su apariencia era impecable y elegante. Llevaba el cabello castaño oscuro peinado hacia atrás, resaltando sus facciones definidas y una mirada profunda. Aunque su expresión era seria, proyectaba confianza y sofisticación. Sus manos, discretamente ocultas en los bolsillos, sugerían una postura relajada y segura.
Cuando Elena lo vio, sus ojos se abrieron de par en par; jamás habría imaginado volver a encontrarse con su amigo de la infancia: Steven Gaviria.
Al notar la forma en que Elena lo miraba, esa sonrisa en su rostro dejó a Christopher confundido, y su mirada se volvió fría, reflejando la sorpresa y desconcierto que le provocaba. Mientras tanto, Elena permanecía paralizada, con el corazón latiendo con fuerza, intentando procesar que aquel hombre frente a ella era realmente su amigo de la infancia, intacto en recuerdos y gestos. Steven los observaba con cautela, y la habitación parecía más silenciosa de lo habitual, como si cada respiración y cada parpadeo acentuaran la tensión que se respiraba entre ellos.
—¿Elena Gilbert?