Capítulo 13
Elena parpadeó varias veces, tratando de procesar lo que veía. Steven… era él, después de tantos años. Su corazón latía con fuerza y una sonrisa se dibujó en su rostro; no podía creer que su amigo de la infancia estuviera frente a ella.
Steven se acercó, y Elena se levantó de inmediato. Se abrazaron con calidez, compartiendo un gesto amistoso que parecía borrar, aunque fuera por un instante, los años y la distancia que los habían separado.
Al notar la cercanía entre ellos, Christopher frunció el ceño. Su mirada se volvió fría y analítica; no le gustaba la familiaridad que Steven tenía con Elena. Cada gesto, cada sonrisa, parecía desafiar su control sobre ella.
—Mjum —carraspeó Christopher, con la voz tensa.
Elena lo miró, ligeramente incómoda por la frialdad en su tono, pero intentó mantener la compostura.
Steven, sin perder la calma, extendió la mano hacia Christopher con un leve apretón:
—Hola, Christopher —dijo con voz tranquila.
Christopher lo miró un instante, midiendo la intención detrás del gesto, y finalmente estrechó su mano con un toque firme, aunque su mirada seguía fría y calculadora.
—¿Desde cuándo se conocen? —preguntó Christopher, con fría curiosidad.
Steven rio, mirando a Elena, ella sonrió.
—Desde la infancia —comenzó Steven—, éramos vecinos y fuimos a la misma escuela. Pasábamos todo el tiempo juntos, jugando en el parque con nuestros otros amigos —su mirada se suavizó al recordar aquellos momentos. De pronto rio al recordar alguna anécdota—. ¿Recuerdas cuando pintamos aquel mural en la pared del patio y nos castigaron juntos? —dijo, riendo al evocar la travesura.
Elena soltó una carcajada suave, sintiendo cómo la nostalgia y la alegría la envolvían.
Christopher, a su lado, frunció el ceño. Su mirada se volvió fría y calculadora, claramente molesto por la familiaridad y la complicidad que Steven y Elena compartían. Apretó con fuerza la carpeta que sostenía, intentando controlar la irritación que le recorría.
El silencio que siguió estuvo cargado de tensión. Cada sonrisa, cada gesto, cada recuerdo compartido parecía aumentar la distancia invisible entre Christopher y Elena, mientras Steven permanecía tranquilo, ajeno a lo que ocurría a su alrededor.
Christopher cruzó los brazos, la mirada fija en Steven y Elena. Su voz, firme y autoritaria, llenó la sala:
—Creo que debemos empezar la reunión. Hay asuntos que no podemos retrasar.
Steven asintió con calma, pero no perdió detalle de cada gesto de Elena.
—Por supuesto —respondió, tranquilo, dejando que Christopher liderara—. Estoy listo.
Elena tomó asiento a su lado, colocando sus documentos frente a ella, consciente de la tensión que flotaba en el aire. Christopher abrió su carpeta y señaló el primer punto de la agenda:
—Primero revisaremos los resultados del último trimestre. Elena, necesito que presentes las cifras y proyecciones de la joyería con exactitud.
Cada palabra de Christopher sonaba a una orden, y Steven lo escuchaba con atención, mientras Elena intentaba mantener la calma y la profesionalidad, midiendo cada palabra y cada gesto para no desestabilizar la situación.
Elena respiró hondo y comenzó a presentar las cifras, con voz clara y segura, aunque su corazón latía con fuerza. Mostró las ventas del último trimestre, las proyecciones y los movimientos estratégicos de la joyería. Cada gesto suyo era medido; sabía que ambos hombres la observaban, evaluando su desempeño y su lealtad.
—Veo que las ventas de las colecciones exclusivas subieron un 12% respecto al trimestre anterior —comentó Steven, inclinándose ligeramente hacia Elena, con una sonrisa que mostraba interés y complicidad—. Muy buen trabajo.
Christopher frunció el ceño, notando la familiaridad y la calma de Steven, pero no interrumpió. Su mirada fija en el nuevo socio dejaba claro que no estaba dispuesto a ceder control fácilmente.
—Bien —dijo finalmente, con voz firme—. Con estos datos, podemos ajustar las estrategias de producción y marketing. Elena, necesito que prepares un informe detallado para mañana. Steven, me interesa escuchar tu opinión sobre las nuevas colecciones.
Steven asintió, confiado:
—Con gusto. Creo que podemos combinar nuestras ideas y fortalecer la joyería aún más.
Elena cerró sus carpetas con cuidado, consciente de que aquella reunión había sido más que una revisión de cifras: había sido un delicado juego de poder entre Christopher y Steven, y ella debía mantener la calma para no perder su posición en medio de esa tensión.
La reunión terminó envuelta en un silencio tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. Steven fue el primero en levantarse, acomodando sus papeles con esa calma calculada que usaba como arma. Antes de salir, se inclinó hacia Elena con una sonrisa confiada.
—¿Qué te parece si nos vemos esta noche? Sería bueno ponernos al día… lejos de juntas y números.
Christopher, sentado a su lado, apretó la mandíbula con tanta fuerza que, si hubiera habido un granito de maíz, habría salido palomita en segundos. Abrió la boca para soltar algo —seguro ácido—, pero Elena fue más rápida:
—Estaremos en contacto —respondió con voz firme, evitando mirarlo a él y al mismo tiempo negándole a Steven un “sí” demasiado fácil.
Steven arqueó una ceja, sonrió con aire de conquistador y, sacando su teléfono, le mostró la pantalla con su número, dictándoselo en voz baja mientras ella lo anotaba. Luego se marchó, cerrando la puerta con un gesto casi teatral.
La tensión quedó flotando en la sala como humo espeso. Elena, incapaz de aguantarlo más, giró hacia Christopher con los ojos centelleantes.
—¿Qué fue eso, Christopher? —lo increpó, cruzándose de brazos—. Cada palabra tuya sonó como una orden, cada gesto como si quisieras marcar territorio.
Él la miró fijamente, esa intensidad que solía derretirla pero que ahora le hervía la sangre.
—No aceptaste la cita porque yo estaba aquí escuchando. Por eso dijiste “estaremos en contacto”.
—Estaremos en contacto… para asuntos de negocios —lo cortó Elena, levantando el mentón como quien blande una espada invisible.
Christopher dio un paso hacia ella. No era un hombre grande, pero tenía ese aire de lobo alfa que hacía sentir a cualquiera como presa.
—Tú sabes bien que no eres solo una empleada.
—No me queda claro —replicó Elena, con esa ironía que le encendía la mecha.
Y, como para probar su punto, tomó el celular frente a sus narices. Con movimientos teatrales marcó el número de Steven, mientras él la miraba con los ojos entrecerrados, como un tigre al que acababan de quitarle la presa.
—Hola, Steven. ¿Sabes qué? Acepto tu invitación. Te veo esta noche —dijo Elena con una sonrisa forzada, que más parecía un “ahí te va, Christopher” que una aceptación real.
El teléfono volvió a su bolso y el silencio que siguió fue mortal. Christopher estaba helado, con los puños clavados en la mesa como si quisiera romperla.
Elena, satisfecha de su atrevimiento, recogió sus cosas con calma exagerada y se dirigió a la puerta. Antes de salir, lanzó la estocada final con una sonrisa retadora:
—Si me disculpas… tengo una cita.
Estaba a punto de cruzar el umbral cuando la voz de Christopher retumbó, grave y fría, como un trueno en medio del verano:
—No olvides que te pagué los cincuenta mil dólares del banco.
Elena se quedó congelada, la mano en la manija. Sintió el golpe como un baldado de agua helada, recordándole la cadena invisible que la ataba a él. Pero en vez de dejar que la venciera, respiró hondo, enderezó la espalda y salió con la frente en alto, sin regalarle ni una mirada.
En el ascensor, sin embargo, la valentía se quebró. Las lágrimas se desbordaron, calientes, rebeldes, manchando su mejilla. Apoyó la frente contra la pared metálica y apretó el teléfono contra su pecho como si fuera un salvavidas.
***
Esa noche, la cita con Steven no fue lo que cualquiera imaginaría. Sí, estaban en un restaurante elegante, con luces bajas y copas de vino, pero Elena apenas sonreía. Su entusiasmo era tan fingido que ni la mejor actriz de telenovela habría logrado venderlo.
Steven, al verla frágil, inclinó la cabeza, mostrando una compasión inesperada.
—Elena… ¿qué pasa?
Ella negó, con un nudo en la garganta, pero al final se le escapó la verdad a medias:
—Tengo problemas con mi novio.
Steven la miró con seriedad, comprendiendo más de lo que ella decía. No preguntó, no presionó. Se limitó a quedarse cerca, con una paciencia que casi la enternecía.
Lo que Elena no sabía era que, a unos metros de distancia, oculto tras un ventanal oscuro, Christopher estaba con el ceño fruncido, observando como si estuviera frente a una telenovela de las ocho.
Cada gesto, cada inclinación de Steven hacia Elena, lo hacía hervir por dentro. Y aunque trataba de convencerse de que solo estaba allí para “cuidarla”, lo cierto era que parecía más un niño celoso mirando cómo alguien se robaba su juguete favorito.
Cuando Steven le pasó la servilleta a Elena para secar una lágrima, Christopher casi se atraganta de rabia.
—¿Qué sigue? —murmuró entre dientes—. ¿Qué le dé de probar el postre de su cuchara? ¡Por favor!
Una pareja de ancianos que pasaba cerca lo miró raro, y él, incómodo, fingió hablar por teléfono.
—Sí, sí, la bolsa subió tres puntos, ¡ajá, ajá! —balbuceó, mientras seguía espiando con ojos de halcón.
Dentro del restaurante, Steven posó una mano sobre la mesa, demasiado cerca de la de Elena. Christopher se agarró la cabeza, desesperado.
—¡Que no se le ocurra tocarla! —bufó en voz baja, casi arrancándose el cabello—. Porque si lo hace, juro que entro y le cambio el corte de cabello a puño limpio.
Por suerte, Steven no cruzó la línea. Pero la forma en que la miraba, con esa mezcla de ternura y estrategia, encendía aún más los celos de Christopher.
Porque Steven no era ingenuo. Sabía perfectamente quién era el “novio” del que Elena hablaba. Y aunque no lo decía, su mirada calculadora dejaba claro que estaba dispuesto a jugar… y quizá a ganar.
Christopher, escondido tras el cristal, se mordió el labio con furia. Y aunque no podía admitirlo en voz alta, dentro de sí pensaba lo que jamás se atrevería a confesar:
—Mía. Esa mujer es mía. Y que Dios lo ayude si ese idiota piensa lo contrario.