Entre deseo y desafío

1040 Words
Capítulo 14 Elena estaba a punto de cerrar la puerta de su habitación cuando una mano la detuvo con firmeza. Sus ojos se clavaron en los suyos con una intensidad que le cortó la respiración. —¿Christopher? —su voz salió quebrada, apenas un susurro. Él no respondió de inmediato. Entró, cerrando la puerta detrás de él, y la presionó contra la pared. Su mirada ardía, recorriéndola como si cada centímetro de su piel le perteneciera, mientras se acercaba lo suficiente para que el aire pareciera desaparecer entre ambos. —Nunca debiste desafiarme —dijo en un susurro que cortó el aire—, y te va a costar caro haber creído que podías irte así, como si nada, con ése tipo. Elena se quedó un segundo sin poder pensar. Su cuerpo quería huir, su mente buscaba cualquier excusa que la librara de la presión en el pecho. Pero la mano que la sujetaba no permitía argumentos; era una afirmación física de su poder. —¿Qué quieres de mí? —balbuceó, tratando de ordenar las palabras. Su voz sonó pequeña. Christopher inclinó la cabeza, como si considerara su respuesta un entretenimiento. —Quiero obediencia —contestó con parsimonia—. Quiero que comprendas que desafiarme tiene consecuencias. Que tu libertad no es algo que puedas jugar a perder. Elena rió, una carcajada corta y amarga que resonó en la habitación. “Obediencia”, pensó; qué palabra más ridícula para alguien que aún creía poder elegir. —¿Obediencia? —dijo, clavando las uñas en la palma de la mano para no empujarle—. ¿Crees que puedes tratarme como tu muñeca y asustarme con esa palabra? Christopher no se inmutó. Su mirada se endureció, y por un segundo algo oscuro y frío cruzó por su rostro. —No lo intentes —advirtió—. Y si te niegas, te haré entender lo que significa pagar las consecuencias. Elena rió de nuevo, una risa baja y contenida que le saltó entre los dientes. —Sí —dijo, con descaro—, ya sé lo que me vas a decir: que gracias a ti no estoy en la calle, que tengo una deuda que pagar. Se quedó en silencio un segúndo, midiendo su osadía, como si retara al mismo destino a responder. Christopher apretó la mandíbula; sus ojos se estrecharon, pues aquella respuesta no era la sumisión que esperaba. Él sabía que Elena estaba algo tomada; se le notaba en la mirada vidriosa, en la forma en que sus labios se curvaban con insolencia. Pero no era solo el alcohol hablando: esa chispa de rebeldía siempre había estado allí, escondida, y ahora emergía como un desafío directo. Christopher se inclinó apenas, su voz tan baja que rozó lo peligroso. —Elena… —dijo con frialdad—. Estás jugando con fuego. —Uy, qué miedo —dijo Elena en un susurro cargado de ironía, ladeando la cabeza como quien prueba una broma que no le hace gracia. La risa que seguía era apenas un hilo —más provocación que nervio— y sus ojos brillaban con un atisbo de desafío incluso torcido por el alcohol. Christopher la miró como quien contempla a alguien que ha cruzado una línea. El tono de su voz no cambió, pero ganó filo. Dio un paso adelante y, sin poder evitarlo, la tomó del rostro y la besó. Fue un beso ardiente, hambriento, que la hizo olvidar por un instante el desafío y la ironía que aún se aferraban a sus labios. Sus manos subieron lentamente, temblorosas, rozando su pecho y su nuca mientras el beso se intensificaba. Cada gesto de Christopher era posesión y exigencia, y cada reacción de Elena era un torbellino de resistencia y deseo. Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad. Christopher sostuvo su rostro entre las manos, sus ojos fijos en los de ella, oscuros, dominantes. —No vuelvas a desafiarme así —susurró, más para él que para ella—. Porque podría no contenerme la próxima vez. Elena, con el corazón latiendo a mil, logró esbozar una sonrisa entre jadeos: —¿Vas a amenazarme otra vez, o solo practicar tu poder sobre mí? La habitación quedó cargada de electricidad y tensión, un espacio donde ninguno de los dos parecía dispuesto a ceder, y donde cada movimiento y cada mirada era un juego de dominación y deseo. Christopher volvió a besarla, con la misma intensidad, ardiente y hambriento, como si cada segundo sin contacto fuera un castigo. Sus manos se aferraron a su cintura, acercándola aún más, mientras Elena sentía cómo su cuerpo respondía involuntariamente al calor y la presión de él. Lo había deseado demasiado; su mente no razonaba, no podía pensar con claridad, solo se dejaba llevar por lo que sentía por aquel hombre. —Quiero que te quede claro que eres mía… eres mi novia, mi novia… —susurró Christopher, reclamando nuevamente sus labios. Mordió y succionó su labio inferior, y Elena sintió escalofríos recorrer todo su cuerpo, mientras jadeos escapaban de su boca con cada beso. Elena se olvidó por completo del muro que había levantado contra Christopher; cada toque suyo, cada beso, era un acto de posesión al que ella cedía sin darse cuenta. Su cuerpo temblaba bajo sus manos, y cada roce despertaba en ella una mezcla de miedo y deseo que la hacía sentirse viva y vulnerable a la vez. Se dejó llevar por sus besos posesivos, reclamando su boca y su cuerpo como si ya fueran suyos, aun sin poseerla del todo. Cada caricia contenida, cada suspiro que escapaba de sus labios, la envolvía en un torbellino de emociones que no podía controlar. Christopher descendió lentamente, dejando un camino de besos desde sus labios hasta su cuello, marcando cada curva con su posesión. La atrajo hacia sí con fuerza, y su cuerpo reaccionó a cada contacto, temblando, jadeando y entregándose a la intensidad que lo envolvía todo. —Elena —susurró entre jadeos, inclinando su rostro hasta rozar su pecho cubierto por la fina tela—. Te deseo… me vuelves loco. Su voz cargada de pasión la hizo estremecer, y el beso continuó, cada uno de ellos sintiendo el deseo, la tensión y la atracción acumulada.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD