Capítulo 15
La separó suavemente de la pared y la arrastró hacia la cama, sin dejar de recorrer su cuerpo con la boca y las manos, marcando cada curva con su posesión. Elena cayó primero, y él se apoyó sobre ella con cuidado, pero firme, reclamando cada centímetro de su entrega. Sus pasos posesivos recorrieron sus muslos dentro del vestido.
Christopher recorrió su cuerpo con besos y caricias, bajando lentamente, hacia su abdomen, dejando besos húmedos en su piel, Elena se retorcía bajo el colchón, consumida por la pasión. Sus ojos se encontraron, y en ellos había una oscuridad intensa que los envolvía.
Christopher bajó lentamente su mano; al llegar a su intimidad, percibió la humedad que delataba su deseo. Sonrió con una mezcla de triunfo y dominio, como si acabara de confirmar que Elena ya le pertenecía.
Elena cerró los ojos, incapaz de sostener su mirada, mientras un jadeo tembloroso escapaba de sus labios. Su cuerpo se arqueó instintivamente hacia él, y comprendió, con un estremecimiento, que ya no tenía fuerzas para resistirse. Sus mejillas ardían, su respiración entrecortada la delataba, y un escalofrío la recorrió entera. Soltó un jadeo ahogado, perdida entre la vergüenza y el deseo que la consumía.
—Ahhh, mmmm….
—¿Te gusta? ——preguntó Christopher, mientras su pulgar seguía acariciando con lentitud su labio inferior.
Elena apenas pudo responder; solo asintió con la respiración agitada, su pecho subiendo y bajando con desesperación.
Christopher metió otro dedo más, profundizando su caricia con un ritmo lento y seguro. Elena soltó un gemido entrecortado, arqueando la espalda, incapaz de controlar la ola de sensaciones que la invadía, cada vez más intensas, cada vez más profundas.
Le encantaba verla rendida a su merced; deseaba contemplarla así, vulnerable y completamente suya.
Elena sintió cómo su vestido subía mientras Christopher bajaba sus bragas.
—¿Qué haces? —preguntó, tímida.
—Complacerte —respondió él—. ¿Me dejas?
Asintió, llevando el dorso de su mano a la boca y mordiendo cuando sintió la lengua de Christopher recorrer su zona.
—Mmm… el mejor sabor —jadeó ante sus palabras, pero no tuvo tiempo ni neuronas para responder; él ya se había prendido de su monte de nervios, su lengua jugaba en su entrada, entrando y saliendo, tentando cada fibra de su cuerpo. Sintió uno de sus dedos entrar, y se arqueó, gimiendo su nombre.
Llevó las manos a su cabello, lo apretó y rasgó su cuero cabelludo. Él gimió sin separarse, enviando una corriente que recorrió todo su cuerpo. Se tensó alrededor del dedo que entraba y salía, sintiendo cómo se contraía a su alrededor. El sonido de sus gemidos, combinado con el de su boca y su dedo, la volvía loca. Gritó su nombre, los ojos se le cerraron, y creyó ver estrellas mientras su respiración se volvía un desastre.
Christopher sacó su dedo mientras se incorporaba, relamiendo sus labios aún manchados con su excitación. Llevó su dedo a los de Elena, y sin pensarlo, ella abrió la boca y se probó en él. Después, él se abalanzó y la besó con la misma intensidad con la que la había recorrido antes.
La ropa salió volando. Con desesperación, quedaron desnudos uno frente al otro, observándose sin tapujos, sintiendo la atracción que los consumía. La tensión era tan intensa que se dejaron llevar completamente, cada gesto y cada caricia era un juego de posesión y entrega mutua.
Sus manos no dejaban de recorrer su cuerpo, despertando cada fibra de su piel y consumiéndola en deseo.
—Tan mojada por mí —susurró él.
Ella no supo qué responder, así que lo tomó de las mejillas y lo atrajo hacia ella para besarlo con pasión.
Sintió su m*****o en su entrada y se tensó mientras soltó un ligero quejido. Quería esto, lo quería con él, pero sabía que él notaría lo inexperta que era.
Sus ojos se encontraron. Christopher habia notado que era su primera vez, por lo estrecha que estaba.
—Tranquila, relájate, seré cuidadoso, relaja tu cuerpo —dijo él, mientras la llenaba de besos en el rostro.
«Siento ganas de llorar; qué patética», pensó.
Sin poder evitarlo, unas cuantas lágrimas resbalan por sus mejillas.
Él le acarició el rostro con ternura, calmándola, y ella se acercó a su toque.
—Yo no he estado con ningún hombre jamás.
—¿Dónde has estado toda mi vida? —murmuró él, mientras la besaba con posesividad y cariño, uniendo nuevamente sus frentes. Su otra mano tomó la de ella, entrelazando sus dedos.
—Iré despacio, cariño —susurró él—. Sé que duele, pero poco a poco ese dolor se transformará en placer. Te lo prometo.
Ella asintió, mordiendo su labio inferior y cerrando los ojos, preparándose para la sensación.
—Mírame, cariño. Quiero tus ojos en mí. Háblame si es demasiado —susurró él.
Ella obedeció sin objeciones. La intromisión fue dolorosa, y jadeó, removiéndose bajo él, mientras él apretaba su mano, casi sin aliento.
—Mierda… estás muy apretada, cariño. Relájate, o el que no soportará seré yo —dijo, besando suavemente su rostro, como venerándola, mientras descendía. Su mano libre recorría su cuerpo, acariciando su rostro y su piel, hasta llegar a su pierna y engancharla a su cadera, con un empujón firme.
El aliento se le atascó; él no se movía precipitadamente, solo la besaba y susurraba cosas tranquilizadoras, alternando con caricias. El dolor comenzó a desaparecer y ella se movió bajo él. Inmediatamente entendió el mensaje y empezó el vaivén; sus cuerpos encajaban a la perfección. Los sonidos que emitían eran música para la danza que compartían.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero el placer era abrumador. Sentía cómo él se hinchaba dentro de ella, como si palpitara, y se contraía a su alrededor. El calor en su vientre aumentaba.
—No lo retengas, cariño, déjate llevar —susurró él, al borde del abismo.
Sus movimientos eran alucinantes; él había perdido el control. Ella no respondía, solo gemía y gritaba su nombre.
—¡Christopher! —gritó cuando el clímax la alcanzó, arrastrándolo consigo. Sintió cómo él dejaba su calor dentro de ella.
Poco a poco, sus respiraciones comenzaron a normalizarse. Él se separó, se puso boca arriba y la atrajo a su pecho. Había sido demasiado; antes de caer en la inconsciencia, ella sintió cómo él besaba su cabeza y murmuraba un “te amo”.
Elena se quedó paralizada, confundida. No estaba segura de si él realmente lo había dicho o no, y decidió no responder. Su silencio llenó el aire, y él interpretó que, aunque lo había escuchado, ella no sentía lo mismo, por eso no respondió.