Capítulo 9

1509 Words
  «Por fin tengo gente de mi lado», pensó con una sonrisa que Mirenda no alcanzó a ver.   En el apartamento de Jason, en Southwest Ranches, Tilly intentaba convencer a Julia de que comiera algo, pero ella se negaba.   Julia yacía en la cama, encogida sobre sí misma y con la mirada perdida. Tilly la observaba con creciente preocupación. Estaba muy pálida y, si seguía así, acabaría enfermando. Lo peor era que quizá ni siquiera tendría fuerzas para recuperarse.   Tilly dejó el tazón de sopa sobre la mesa, la obligó a levantarse y la sujetó por los hombros. La sacudió hasta conseguir que la mirara.   —Oye, yo también la extraño. Ella también era mi mamá —le dijo con firmeza—. ¿Pero crees que mami estaría feliz al ver lo que te estás haciendo?   —¿De verdad vas a rendirte y dejar que quienes te causaron tanto dolor sigan libres?   Sin esperar respuesta, continuó:   —Porque eso es exactamente lo que estás haciendo. Si quieres que quienes le hicieron algo tan terrible a tu madre paguen, tendrás que ser fuerte para enfrentarte a ellos.   Julia rompió a llorar. Tilly suspiró y la estrechó entre sus brazos.   —Amiga, haremos que paguen, pero necesitarás todas tus fuerzas para conseguirlo —le susurró al oído.   Julia asintió.   Tilly la sentó y le acercó la sopa.   —Ella era todo lo que tenía —dijo Julia con la voz quebrada.   —Lo sé. No se merecía lo que le hicieron. Por eso necesitas recuperar las fuerzas y hacer que esos cobardes paguen.   Julia volvió a asentir.   —Toma, termínatela.   Tilly le entregó el tazón. Julia lo aceptó y comenzó a comer.   —¿Sabes una cosa? Aquí cocinan muy bien. Este pollo está increíble —comentó Tilly.   Julia no respondió. Siguió comiendo despacio, cucharada a cucharada, hasta vaciar el tazón. Para entonces, Tilly también había terminado su comida.   —Eso sí que estuvo bueno. No puedo creer que lleves aquí todo este tiempo sin probar ninguno de estos platos y dejando que se desperdicien. Deberías haberme llamado antes. Yo te habría ayudado.   Julia sonrió.   —Sabes cuánto odio que se desperdicie la comida, sobre todo cuando está tan rica —añadió Tilly, asomándose al tazón vacío de Julia.   Aquello le arrancó otra sonrisa. Puede que Tilly no contara los mejores chistes, pero sus gestos siempre lograban hacer sonreír a los demás.   Un sirviente entró para recoger la mesa. Tilly se quedó junto a Julia y le contó algunas anécdotas divertidas que había vivido. Aunque Julia no prestaba atención todo el tiempo, hubo momentos en los que no pudo evitar sonreír.   —Jefe, el cuerpo de la madre de la señorita Julia ya fue entregado para el entierro. Tal como pidió, todo está listo —informó Peter.   —Bien —respondió Jason desde detrás del escritorio de su estudio.   —Jefe, ¿usted asistirá?   —No. Atraería la atención de los medios.   Peter asintió y salió del despacho.   El entierro de la madre de Julia se celebró al día siguiente. Uno de los guardias llevó a Julia y a Tilly en un Porsche hasta la iglesia donde tendría lugar la ceremonia. Tilly no podía dejar de maravillarse ante el lujo que las rodeaba. Julia, en cambio, ni siquiera lo veía. Seguía conmocionada, reviviendo una y otra vez la escena con la que se había encontrado al llegar a casa aquel día.   Julia ocupó el primer banco, con Tilly sentada a su lado. Frente al ataúd habían colocado una fotografía de su madre.   Se levantó, caminó hasta allí y contempló el rostro de su madre bajo el cristal. Entonces se derrumbó.   Tilly se acercó y le acarició la espalda con suavidad.   —Déjalo salir. Desahógate —le dijo mientras Julia lloraba sin consuelo.   La ceremonia terminó poco después y trasladaron el cuerpo de su madre hasta su lugar de descanso final. Desde allí, el guardia las llevó de Belle Glade al apartamento de Jason.   Las acompañó en el ascensor hasta el sexto piso. En cuanto se abrieron las puertas, se encontraron frente a frente con Jason. Llevaba un esmoquin impecable y estaba a punto de salir.   Sin saber por qué, Julia se acercó lentamente y lo abrazó.   Jason se quedó atónito. No soportaba que las mujeres invadieran así su espacio. Se paralizó, con los brazos suspendidos en el aire, incapaz de reaccionar durante unos instantes.   El guardia arqueó una ceja. Estaba seguro de que Jason la apartaría bruscamente en cualquier momento, pero no lo hizo. Se limitó a quedarse inmóvil.   Jason quería alejarla, pero algo en su interior, algo demasiado poderoso, se lo impedía. No le devolvió el abrazo; mantuvo los brazos en alto, sin rodearla. De pronto notó el calor de las lágrimas empapándole la camisa a la altura del pecho. Julia lloraba y se aferró a él con más fuerza.   Tilly tampoco esperaba que hiciera algo así. Al final pasó junto a ellos con la cabeza gacha, entró en la sala y se dirigió directamente a su habitación.   El guardia permaneció frente al ascensor.   —Quítamela de encima —le ordenó Jason cuando decidió que ya había sido suficiente y que Julia estaba arruinando su esmoquin.   Sin embargo, en su mirada y en su voz no había ni rastro de la ira que solía mostrar cuando una mujer lo abordaba de manera inesperada. Era evidente que aquella mujer era especial.   El guardia se acercó y tomó a Julia de la mano para apartarla. Ella se volvió y lo abrazó a él.   Jason frunció el ceño.   Comprendió casi de inmediato que tampoco soportaba verla abrazar al guardia. La apartó rápidamente, sujetándola por los brazos, y la hizo cruzar la puerta principal hasta la sala. Sin soltarla, la guio escaleras arriba, rumbo a su habitación.   El guardia no salía de su asombro. Nunca había visto a su jefe comportarse de esa manera con ninguna mujer.   «¿El jefe se puso celoso?», se preguntó mientras veía a Jason llevarse personalmente a Julia.   Después abandonó el piso, bajó al quinto y se reunió con los demás guardias, que se alojaban allí.   Jason abrió la puerta del dormitorio de Julia y la condujo al interior, todavía sujetándola por los brazos. Ella recorrió la habitación con la mirada, pero no dio ni un paso más.   —Descansa un poco.   Julia asintió, aunque siguió inmóvil.   Jason la llevó hasta la cama. Sin embargo, ella se volvió y lo abrazó otra vez.   —Por favor, te lo ruego... Solo abrázame —pidió con voz apagada.   El dolor en su voz le llegó al corazón. Jason se quedó quieto y permitió que lo abrazara durante un rato.   Pronto empezó a sentirse incómodo. Una parte de él quería apartarla y abandonar la habitación, pero otra deseaba estrecharla entre sus brazos. Su aroma le llenó los sentidos. Al bajar la vista hacia la mano que lo rodeaba, no pudo apartar los ojos de su piel impecable. Le gustaba tenerla tan cerca. Por eso no lograba alejarla.   No sabía qué estaba sucediendo en su cuerpo ni qué lo impulsaba a actuar así. Aun así, se descubrió inclinando la cabeza hacia el cuello de Julia mientras por fin la rodeaba con los brazos.   Apoyó los labios en su cuello y la besó con los ojos cerrados.   Entonces una imagen cruzó su mente, como un déjà vu.   Jason la soltó de golpe. Aquello lo devolvió a la realidad y la apartó de sí. Salió furioso del dormitorio a toda prisa, sin volver la mirada.   Julia perdió el equilibrio, pero cayó sobre la cama. Abrazó la almohada y comenzó a sollozar. En ese momento, Tilly regresó del baño.   Jason entró en su dormitorio, se quitó la ropa y se metió en la ducha. Ardía por dentro y se dio cuenta de que una parte de su cuerpo estaba ahora dura y erecta.   Bajo el agua, apoyó una mano contra la pared del baño y cerró los ojos.   Otra imagen apareció en su mente.   Sostenía entre sus brazos a una mujer de cabello n***o, largo y ondulado, igual que el de Julia. La besaba en el cuello de la misma forma mientras ella lo abrazaba con la cabeza apoyada en su pecho, exactamente como había sucedido unos minutos antes en el dormitorio de Julia.   La imagen desapareció antes de que pudiera recordar dónde se encontraba.   «¿Tendrá algo que ver haber despertado junto a Julia medio desnuda con la imagen que acabo de ver?», se preguntó.   Salió de la ducha y la mirada se le desvió hacia la cama.   Otra imagen le cruzó la mente.   Besaba los hombros de una mujer mientras le bajaba la manga del vestido.   Jason apretó los ojos y sacudió la cabeza para librarse de aquellas visiones. Se puso ropa limpia a toda prisa, tomó las llaves y salió del dormitorio.   Sin decirle una palabra a nadie, bajó en ascensor hasta el garaje y abandonó el complejo al volante de su auto. Uno de los guardias lo vio marcharse, subió de inmediato al vehículo siguiente y fue tras él.
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