Capítulo 10

1459 Words
  Sin decirle una palabra a nadie, bajó en ascensor hasta el garaje y salió del recinto al volante de su coche. Uno de los guardias lo vio marcharse, subió enseguida al vehículo más cercano y lo siguió.   Jason nunca conducía a ninguna parte, así que el guardia supo que algo no iba bien desde el momento en que lo vio al volante. Sus sospechas aumentaron cuando pasó de largo sin dirigirles la palabra, algo muy poco habitual en él.   Jason conducía su Maybach n***o sin un destino concreto. Estaba tan absorto en sus pensamientos que no vio a la anciana que cruzaba la calle. Por poco la atropelló: el coche pasó a escasos centímetros de ella.   La mujer se llevó una mano al pecho y cayó al suelo.   Jason se quedó inmóvil dentro del coche, sin saber qué hacer. Por suerte, el guardia que lo seguía llegó a tiempo. Bajó de su vehículo, corrió hacia la anciana, la levantó en brazos y la llevó hasta su coche. Después se acercó a Jason, que bajó la ventanilla.   —Señor, voy a llevarla al hospital más cercano. ¿Quiere venir?   Jason asintió y volvió a subir la ventanilla.   El guardia regresó a su coche y trasladó a la anciana, que no parecía tener ninguna herida física, al hospital más cercano.   Jason estacionó en el aparcamiento del hospital, pero no bajó. No llevaba ningún disfraz y quería evitar a los medios en la medida de lo posible.   El guardia se encargó de todos los trámites y pagó los gastos con la tarjeta de crédito de Jason. Tras examinar a la anciana y comprobar que todas las pruebas habían salido bien, los médicos le dieron el alta. No tenía ninguna lesión; se había desplomado por el susto.   —Señora, ¿dónde vive? Puedo llevarla a casa —se ofreció el guardia, siguiendo las instrucciones de Jason.   —Gracias. Es usted muy bondadoso por ayudar a una anciana. ¿Atrapó al sinvergüenza que intentó matarme?   —Eh... Señora, en realidad es mi jefe. Él pagó sus gastos y me pidió que la llevara adonde usted quisiera ir.   —¡Oh! Entonces está bien. Al menos se responsabiliza de sus actos. Pero ¿por qué no prestaba atención a la carretera? El semáforo le indicaba que debía detenerse.   —Le aseguro que mi jefe es una buena persona. Solo que últimamente tiene demasiadas cosas en la cabeza —lo defendió el guardia.   —Entonces, ¿dónde está? ¿No debería estar aquí dándome una explicación? —preguntó la anciana, irritada.   El guardia no supo qué responder. Aquella mujer tenía preguntas de sobra. ¿No debería guardar energías después de haber estado a punto de morir?   —En fin, iba a comprar unas cosas. ¿Podría llevarme a la tienda? Mi nieta estará allí esperándome.   Agarró el bastón y se levantó de la cama.   El guardia asintió y la ayudó a salir de la sala. Juntos se dirigieron al aparcamiento, donde había dejado el coche.   Jason estaba estacionado justo a su lado. En cuanto llegaron, la anciana reconoció el vehículo.   —¿Ese es el jefe del que me habló?   Al guardia le sorprendió que hubiera identificado el coche.   —Sí, señora.   La mujer se acercó al lado del conductor y golpeó la puerta con el bastón.   Jason bajó la ventanilla y la miró sin expresión.   —Para empezar, gracias por no abandonarme en la calle y por pagar los gastos. Ya no importa quién tuvo la culpa. Solo tenemos una vida y, si acaba con ella, nunca podrá recuperarla. La mejor forma de afrontar los problemas no es ponerse a conducir, sino salir a caminar por un lugar tranquilo. Créame, la naturaleza sabe cómo calmar a una persona. Pero bueno, si conducir lo tranquiliza, será mejor que otra persona lo lleve en lugar de ponerse usted al volante.   La anciana sostuvo la mirada de Jason. Él abrió la puerta para que pudiera verlo mejor, aunque permaneció dentro del coche.   —Es un buen joven y tiene un futuro brillante por delante. Por lo que veo, no es arrogante ni malcriado como algunos hijos de ricos que conozco. Sea siempre humilde y la gente acabará queriéndolo y respetándolo.   Jason intentó sonreír mientras ella lo observaba. Sin embargo, la sonrisa forzada solo consiguió darle un aspecto torpe.   —Y no sea tan frío ni intimidante. Acabará espantando a la buena gente —añadió antes de volverse hacia el guardia—. Por favor, lléveme a la tienda de comestibles de la calle donde me encontró.   El guardia asintió. Sabía a qué establecimiento se refería.   Jason se limitó a aceptar el consejo con un gesto y volvió a subir la ventanilla. Salió del aparcamiento del hospital y condujo hasta la oficina. Necesitaba distraerse, y sabía que regresar a casa no le serviría de nada.   Estacionó y subió a su despacho, en el tercer piso del edificio. Envió un mensaje a Peter para pedirle que pasara a recogerlo a las cinco de la tarde y lo llevara de vuelta a casa.   Se sentó tras el escritorio dispuesto a trabajar, pero las imágenes de una mujer junto a él no dejaban de asaltarlo. Incapaz de concentrarse, se levantó e hizo una llamada.   —Hola. Ven a mi oficina, por favor. Es una emergencia.   Colgó en cuanto la otra persona respondió.   Jason se preparó una taza de té y la bebió a pequeños sorbos mientras veía el canal de noticias, con la esperanza de apartar aquellas imágenes de la mente.   Unos suaves golpes en la puerta llamaron su atención.   —Adelante, la puerta está abierta —dijo sin apartar la vista de la entrada.   La puerta se abrió y entró un joven casi de la misma edad que Jason.   —Hola, señor Haward.   —Hola, Henry.   Se estrecharon la mano y Henry tomó asiento en el sofá frente a Jason.   —Entonces, ¿cómo estás? —preguntó con una sonrisa.   —No muy bien.   Jason se levantó y se acercó a la mesa para servirse más té.   —¿Quieres té?   —No, gracias.   Henry sacó del bolso una pequeña libreta y un bolígrafo. Jason regresó a su asiento con el rostro inexpresivo.   —Entonces, ¿qué ha pasado? —preguntó Henry.   —Hay unas imágenes que aparecen una y otra vez en mi memoria. Me están causando mucho estrés.   —¿Qué clase de imágenes?   —Me veo con una mujer.   —Mmm. ¿Es alguien a quien conoces?   —Yo... ella... No.   Jason no quería contarle lo que había visto en realidad.   Henry se dio cuenta de que ocultaba parte de la información, pero ya estaba acostumbrado. Para Jason, ciertas cosas eran privadas y, pasara lo que pasara, no hablaría de ellas.   —Está bien. Dime, ¿ocurrió algo antes de que empezaras a ver esas imágenes?   Jason se sintió un poco avergonzado y Henry lo notó.   —Nada importante. No quiero hablar de eso.   Aún no estaba preparado para contarle nada sobre Julia y él.   —De acuerdo. En ese caso, respóndeme solo sí o no —dijo Henry.   Jason asintió.   —Esa mujer que ves, ¿crees que ya la habías conocido?   —No, la verdad es que no.   —¿Quieres conocerla?   —No —respondió Jason de inmediato.   Henry se quedó sorprendido.   —Está bien. ¿Esas imágenes influyen de alguna forma en cómo te sientes?   Jason asintió.   —Bien, entonces ¿qué es? —preguntó.   —No tengo suficiente información para llegar a una conclusión, pero la mejor forma de describir lo que estás experimentando es como un recuerdo fugaz. Probablemente sea algo que ya viviste, pero que no recuerdas.   —¿Y cómo puedo afrontarlo?   —Si esperas que te dé un medicamento, esa no será la solución. Tienes dos opciones: recordar el episodio completo o evitar aquello que desencadena las imágenes.   Henry observó con atención su reacción.   Jason guardó silencio durante un rato, reflexionando sobre sus palabras. Estaba casi convencido de que la mujer de sus recuerdos era Julia y de que aquello había ocurrido la noche anterior a despertar y encontrarla dormida en su cama.   Por mucho que lo creyera, no quería admitirlo. Mucho menos hablarlo con nadie.   Unos golpes en la puerta rompieron el silencio del despacho. Un instante después, Peter entró.   —Buenas tardes.   Jason y Henry volvieron la mirada hacia él.   —Ya llegaste —se limitó a decir Jason.   Después se volvió hacia Henry mientras ambos se ponían de pie.   —Gracias.   Henry asintió y se marchó.   Jason apagó el portátil, lo recogió y echó un vistazo alrededor para comprobar que no olvidaba nada. Peter le quitó el ordenador de las manos y ambos salieron del edificio para regresar en coche a la ciudad de southwest ranches.
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