Jason apagó el portátil, lo cerró y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de no olvidar nada. Peter se lo quitó de las manos y ambos salieron del edificio para regresar en auto a Southwest Ranches.
Mientras tanto, en Aventura, James había vuelto a la gran residencia familiar después de visitar en Chicago las dos empresas que su padre le había dejado bajo su dirección ejecutiva en el testamento. Estaba encantado y quería compartir la alegría con su familia.
Fiel a su afición por las mujeres, no regresó solo, sino acompañado de una hermosa joven.
—Oh, James, ¿es tu nueva asistente personal? —preguntó Mirenda, aunque sabía perfectamente que su hermano solo estaba siendo él mismo.
—Podría decirse que sí. —James sonrió e invitó a la joven a sentarse—. Es la asistente personal de mi corazón.
Se inclinó para besarla en la mejilla y ella se sonrojó.
Mirenda puso los ojos en blanco. Al oírla conversando con alguien, la Sra. Haward se reunió con ellos en la sala.
—¿Quién es ella? —preguntó con el ceño fruncido, mirando a James.
—La asistente personal de su corazón —respondió Mirenda.
Estaba sentada en el sofá frente a la joven, con las piernas cruzadas, escribiendo en el teléfono.
El gesto de la Sra. Haward se ensombreció todavía más. Ya empezaba a perder la cuenta de cuántas mujeres había llevado James a la casa. Probablemente por eso su padre nunca había confiado en él para administrar el negocio familiar y había preferido entregárselo a un completo desconocido.
—James, necesito hablar contigo en privado.
Él estaba sentado junto a la joven. La Sra. Haward esbozó una sonrisa forzada cuando esta la miró.
—Claro, mamá.
Antes de levantarse del sofá, James le dio un beso rápido en la mejilla a su acompañante.
—Ahora vuelvo.
Siguió a la Sra. Haward hasta la sala privada. Una vez que entraron, la puerta se cerró de golpe y las cortinas quedaron corridas.
—James, ¿cuántas veces tengo que decirte que no traigas a todas tus chicas a nuestra casa? ¿Qué pasó con eso de llevarlas a un hotel?
—Mamá, precisamente la estaba llevando a uno cuando llamaste para decirme que viniera a casa porque era importante.
Al oír aquella explicación, la Sra. Haward se llevó una mano a la cara.
—Pídele a un chofer que la lleve a cualquier hotel. Tenemos un asunto familiar que discutir. Después podrás ir a terminar tus asuntos con ella.
Dicho eso, salió de la sala.
James obedeció. Al fin y al cabo, era el hijo favorito de la Sra. Haward. Ella lo consentía tanto que él siempre lograba salirse con la suya.
Matilda Haward era el nombre de su madre. Se había casado con el Sr. Johan Haward veintiséis años atrás, y James había sido su primer hijo. Acababa de cumplir cincuenta años y ahora era viuda y madre de tres hijos: James Haward, el mayor, de veinticinco años; Jason Haward, el hijo adoptivo que ignoraba serlo, de veinticuatro; y Mirenda Haward, la menor, de veinte.
Los Haward tenían una forma peculiar de elegir pareja y poner nombre a sus hijos. Los nombres de todas las mujeres debían comenzar con M, para que sus iniciales fueran siempre M. H., y su posición se indicaba con un número. Si la Sra. Haward hubiera conseguido convertirse en la administradora de la fortuna de los Haward hasta que alguno de sus hijos contrajera matrimonio, habría usado las iniciales M. H. 7.ª. En el caso de los hombres, se empleaban las iniciales J. H. y se aplicaba la misma regla.
Los tres hermanos se sentaron en la habitación de su madre mientras ella comenzaba a hablarles.
—¿Estás contento con lo que te dejó tu padre?
Mirenda bajó la cabeza. Sabía perfectamente lo que la Sra. Haward estaba a punto de decir.
—Sí. Deberías haber visto la empresa de Chicago que papá me dejó. Es enorme y no tengo que hacer gran cosa, aparte de firmar documentos y asuntos por el estilo. El personal está muy bien preparado y tiene experiencia para encargarse de todo sin ayuda. Tendré más tiempo para mí mientras gano algo de dinero —explicó James con entusiasmo.
La Sra. Haward suspiró.
—Hijo, ¿de verdad no ves nada malo en eso? No eres más que una figura decorativa. ¿Y aun así estás contento?
James arqueó una ceja, pero no respondió.
—Mira a Jason. Puede mover montañas con solo aclararse la garganta. Aparece en la televisión y en los canales de noticias. Si baja de su auto, en cinco minutos la gente se amontona a su alrededor como hormigas sobre el azúcar. Lo invitan como huésped de honor a conferencias internacionales. Cuando visita una empresa, es como si el propio Jesús hubiera descendido del cielo. Consigue lo que quiere cuando quiere. La gente está dispuesta a hacer cualquier cosa por él. ¿Y tú, hijo? Aparte de tener un rostro capaz de atraer al tipo de mujer que se te antoje, ¿qué más tienes?
—Mamá, Jason es así. Yo no necesito nada de eso. —James cruzó una pierna sobre la otra—. Además, requiere demasiado trabajo y no me interesa. Mira la vida de Jason. Te apuesto mil dólares a que no sabe nada de mujeres. La única forma de que termine acostándose con alguien sería que lo drogaran o que una mujer lo violara.
Se echó a reír.
—¿Entonces crees que la vida solo se trata de sexo? —cuestionó su madre.
En ese momento, Mirenda se puso los auriculares para no seguir escuchando aquella discusión.
—Quizá no, pero tampoco creo que se trate de someterse a la opinión pública. No le veo la gracia a permitir que un grupo de personas que no sabe nada de mí me diga cómo debo vestirme, comer o hablar, ni con quién puedo o no puedo estar. Esa es prácticamente la vida de Jason, y no me interesa.
Alzó una ceja antes de continuar:
—Mírame a mí. Soy un ciudadano libre. Tengo dinero, mujeres y todo lo demás. Me limito a disfrutar de la vida. El estilo de vida de Jason no tiene nada de divertido.
Su madre estaba furiosa. El entrecejo se le marcó con fuerza.
—Hijo, este mundo es una selva. La única manera de sobrevivir es teniendo dinero y poder.
—¿Me estás pidiendo que viva como Jason? Mamá, en serio, ¿de qué lado estás? Pensé que era tu hijo favorito.
—Lo eres. Precisamente por eso no quiero que un completo desconocido se quede con lo que por derecho les pertenece a ti y a tu hermana.
James volvió a arquear una ceja.
—Espera... ¿qué? ¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que Jason no es tu hermano. Si no despiertas de tu letargo, mañana todos terminaremos en la calle. Desde que llegó a esta familia, ha estado abriéndose paso hasta la fortuna familiar. Yo no podía decir gran cosa porque tu padre lo adoraba.
James guardó silencio.
—¿Recuerdas cuando tenías doce años e intentaste construir aquel carro de juguete con las herramientas de tu padre, pero no pudiste? ¿Recuerdas lo que hizo Jason?
La Sra. Haward acababa de recordarle algo que Jason había hecho cuando eran niños.
—Me ayudó a construirlo e insistió en que se lo presentara a papá —respondió James.
No veía nada malo en aquello. Recordaba ese día como si hubiera ocurrido ayer.
—Y él recibió el premio honorífico de tu padre —señaló la Sra. Haward.
—Sí, pero después me lo dio. Dijo que la idea había sido mía y que él solo me había ayudado a descubrir qué faltaba.
—Exacto. Te lo dio a escondidas, después de recibirlo delante de todos y quedarse con los elogios.
James quiso replicar, pero se quedó inmóvil al pensar en las palabras de su madre.
—¿Ahora lo ves? Así fue como se ganó el corazón de tu padre y los engañó a todos. Te entregó el premio después de recibir los honores. Se aseguró de mantenerlos a todos bajo su sombra. Y hoy su plan ha dado resultado. Él es el heredero de la familia. ¿Y tú qué eres? Nada.
James frunció el ceño.
Pensó en los años que habían pasado creciendo juntos y en muchos otros incidentes parecidos relacionados con Jason. Poco a poco, comenzó a creer que su madre tenía razón.
Jason los había engañado a todos.
—Y fíjate en esto —continuó la Sra. Haward—. Cuando el matrimonio se convirtió en el requisito indispensable para ser el heredero de la familia, ¡bum! Nos presentó como esposa a una mujer que ninguno de nosotros había visto antes. Todos sabemos cómo es Jason con las mujeres. Entonces, ¿cuándo salió con alguna? ¿Y en qué momento llegó siquiera a hablar de matrimonio? Después de todo esto, ¿qué posición ocupa ahora? Es el heredero de la familia Haward. Ese fue su plan desde el principio: conseguir la herencia a cualquier precio.
Hizo una pausa antes de rematar:
—¿Ves por qué necesitas despertar? Está aquí para destruirlos a todos.
El ceño de James se acentuó.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Tengo un plan, pero necesito tu compromiso absoluto. Usaremos todos los medios a nuestro alcance para recuperar lo que nos pertenece.
James asintió.
Mirenda tenía la música puesta en los auriculares, así que no se había enterado de lo que hablaban su madre y su hermano.