—Bien, tengo un plan, pero necesito que se comprometan por completo. ¿Usaremos todos los medios a nuestro alcance para recuperar lo que nos pertenece?
James asintió.
Mirenda llevaba los auriculares puestos y no había oído nada de la conversación entre su madre y su hermano.
—¡Mirenda! —gritó la señora Haward.
Ella dio un respingo en el asiento.
—¿Estás con nosotros?
Mirenda miró los cuatro ojos clavados en ella y asintió.
—Sí.
—Bien —respondió la señora Haward.
En Southwest Ranches, Julia y Tilly estaban sentadas en la cama de la habitación de Julia, en el apartamento de Jason. Charlaban pese a que ya eran más de las nueve de la noche.
—Tener algo con lo que distraerte es buena idea —admitió Tilly.
—Estoy pensando en volver a conducir el autobús escolar.
—¿Para qué quieres hacer eso si tienes la oportunidad de conseguir el trabajo de tus sueños? —Tilly señaló en dirección a la habitación de Jason.
Julia arqueó una ceja.
—Espera. ¿Me estás diciendo que debería pedirle trabajo?
—Sí. Es rico y poderoso. Puede recurrir a alguno de sus contactos y conseguirte un puesto en cualquier empresa que necesite una arquitecta.
—No sé... Me parece bastante hostil. Podría empujarme o rechazarme. Y tampoco creo caerle bien a su familia —se quejó Julia.
—Noticia de última hora, amiga: su familia no está aquí. Prueba suerte. ¿Quién sabe? Quizá funcione. Hizo que el guardia me trajera para cuidarte. Para mí, eso significa que le importas o que ve algo importante en ti.
Tilly tomó una almohada, se la puso sobre el regazo y apoyó un codo en ella.
—¿En serio hizo eso? —preguntó Julia, sorprendida.
—Sí. Así que esta es tu oportunidad. Vamos a dormir y mañana se lo preguntas. No tienes por qué volver a ese trabajo sin sentido de conducir un autobús escolar. Además, ¿cuánto te pagan?
Tilly se levantó de la cama.
—Tú duerme. Y recuerda: dile que quieres trabajo y pregúntale si puede ayudarte a conseguir uno.
Ya junto a la puerta, estuvo a punto de abrirla, pero se detuvo.
—Llévate una almohada cuando vayas a hablar con él.
Julia frunció el ceño, aún sentada en la cama.
—¿Por qué? ¿Para qué?
—Por si vuelve a empujarte. Así tendrás algo blandito sobre lo que caer —bromeó Tilly.
Julia le lanzó una almohada, pero Tilly salió a tiempo y esta acabó golpeando la puerta cerrada.
Julia todavía no se había recuperado por completo del dolor de perder a su madre. Sin embargo, sabía que tenía que volver a ponerse en pie y hacerla sentir orgullosa, aunque ahora estuviera en el cielo. Sabía lo que su madre siempre había querido para ella y pensaba cumplirlo.
Además, tal vez así también podría liberarse de aquel hombre tan extraño.
Apoyó la cabeza en la almohada y se quedó dormida.
A la mañana siguiente, Julia salió de la habitación por primera vez sin que nadie la obligara. Fue entonces cuando reparó de verdad en lo que la rodeaba.
Las paredes. El suelo. Las luces.
Todo era precioso y parecía carísimo. Por un instante, incluso se preguntó si sus pies serían dignos de pisar aquellos suelos. No había ni una mota de polvo.
—¡A... le... lu... ya! ¡A... le... lu... ya! —cantó Tilly en su voz de A#.
Julia dio un respingo.
Abajo, el sirviente que llevaba unos platos al comedor se sobresaltó tanto al oírla que dejó caer dos.
—¡¿Qué?! Casi me provocas un infarto —protestó Julia.
—Pues sí: ¡aleluya, alabado sea Dios! Por fin sales de tu habitación por voluntad propia —respondió Tilly con una sonrisa.
—Sí, muy gracioso. —Julia puso los ojos en blanco.
—Supongo que hoy desayunarás en el comedor.
Julia se limitó a encogerse de hombros.
—Perfecto. Así podrás hacerle tu petición.
Tilly tomó a Julia, que ya se había bañado y vestido, y tiró de ella hacia las escaleras.
—¿De verdad crees que es buena idea hablar de eso durante el desayuno? —preguntó Julia.
No estaba nada convencida. Jason le daba miedo.
—Si quieres pedirle algo a un demonio como ese, lo mejor es hacerlo cuando esté de buen humor. Y créeme, nadie puede comer si está de mal humor. Así que el desayuno es el momento perfecto.
Con esas palabras de ánimo, Tilly la condujo escaleras abajo.
Al llegar a la sala, Julia abrió los ojos de par en par. Era perfecta, decorada en blanco y gris con algunos detalles dorados. Parecía el tipo de lugar en el que uno necesitaba permiso hasta para sentarse en el sofá.
Atravesaron la sala, entraron en el comedor y tomaron asiento a la mesa.
—Hola, ¿cómo está? —saludó Tilly al sirviente que acababa de entrar con unos sándwiches.
—Estoy bien. ¿Y usted?
—Genial. ¿El señor Haward desayunará con nosotras?
Julia observó el intercambio en silencio.
—No, señora. Salió temprano a trabajar.
Al ver que Tilly no tenía más preguntas, el sirviente abandonó el comedor.
—¡Tacos! —exclamó ella en cuanto descubrió el plato sobre la mesa.
Julia se sirvió lentamente un poco de cereal y permaneció callada mientras Tilly continuaba hablando.
Después de desayunar, salieron al balcón. Tilly no dejó de hablar ni un instante. Julia participaba cada vez menos en la conversación, pero eso no logró detener a su amiga.
—¿Dónde está Jason? —preguntó una voz femenina desde el interior de la casa.
Julia volvió la mirada hacia la puerta.
A continuación se oyó el repiqueteo de unos tacones.
—¿Trabaja incluso los domingos? —añadió la misma voz.
Tilly se levantó para averiguar quién era. Abrió la puerta corrediza del comedor y entró en la sala, donde se encontró cara a cara con una elegante mujer mayor.
—¿Desde cuándo permite Jason que sus sirvientes se sienten en su comedor? —le preguntó la señora Haward al empleado que permanecía de pie a su lado.
—Son invitadas del señor Haward, señora.
—Cállate. No te he pedido que respondas. Ahora, lárgate —ordenó ella con furia.
Tilly la observó en silencio.
—¿Y tú? —La señora Haward la miró con expresión de asco—. ¿Quién eres?
—Soy Matilda Hayford, amiga de Julia —respondió Tilly sin inmutarse.
—Ah, así que eres amiga de esa pulga. ¿Y tú qué eres? ¿Una mosca doméstica?
Sin esperar respuesta, la señora Haward dirigió la mirada hacia la cocina.
—¡Llamen a los fumigadores! Tenemos una plaga en esta casa.
—Vámonos, Julia —dijo Tilly, mirándola con dureza.
Julia le tomó la mano y ambas se dirigieron hacia las escaleras.
—¿Adónde creen que van? —preguntó la señora Haward.
Las dos se detuvieron en seco.
—Por la puerta.
La señora Haward ordenó al guardia que había llegado con ella que las echara por la entrada principal. Después, hizo que uno de los sirvientes limpiara el lugar de inmediato y se sentó a esperar a Jason mientras bebía una copa de vino y veía una serie de televisión.
Tilly y Julia se quedaron frente al ascensor, mirando hacia la puerta principal. Ninguna de las dos era de Florida, así que no sabían adónde ir. Al final, se sentaron en la escalera situada a la izquierda de la entrada.
El ascensor emitió un sonido y ambas se pusieron de pie.
Jason frunció el ceño al encontrarlas allí fuera, aunque se alegró de ver que Julia también había salido.
—¿Qué hacen aquí?
Tilly estuvo a punto de responder, pero Julia se le adelantó.
—Aire fresco. Salimos a tomar aire fresco.
El ceño de Jason se marcó aún más, y Julia subió dos escalones.
—Son las seis de la tarde —señaló él.
—Sí, y estábamos charlando —añadió Julia.
Sin embargo, Jason supo por la expresión de Tilly que algo no iba bien.
—Hace frío. Entren.
Tilly caminó hacia la puerta principal, tirando de Julia con ella. Al abrirla y entrar, se encontró con la mirada de la señora Haward.
—¿Qué quieren? —preguntó esta al verlas en la sala.
Estaba a punto de añadir algo cuando vio a Jason entrar justo detrás de ellas.
—Jason, has vuelto —dijo con una sonrisa.
—Buenas tardes, mamá. Esta es una visita sin avisar. Cuando hablamos ayer, no mencionaste que vendrías a verme.
«¿Mamá? ¿Esa mujer es su madre?», pensó Tilly.
Julia tiró de ella hacia las escaleras y ambas dejaron a madre e hijo solos en la sala.
—Mamá, ¿echaste a mi invitada de mi casa? —preguntó Jason, haciendo especial hincapié en «mi casa» para dejar claro que ella no tenía ningún derecho a hacerlo.
La señora Haward abrió y cerró la boca, pero no consiguió pronunciar una sola palabra. Se limitó a mirar fijamente a Jason.