Año 1330. Polo Norte. Inicios de diciembre.
—¿Cómo está mi viejo amigo? —La voz de Alfredo suena angustiosa al entrar a la habitación de Nicolás—. ¿Al menos probó la sopa nutritiva que le hice?
Nicolás permanece acostado, inmóvil, cubierto hasta el pecho con mantas gruesas. Su respiración es lenta, casi imperceptible. Niccolo, de pie junto a la cama, levanta la vista y suspira antes de negar con la cabeza.
—No ha dicho una sola palabra, Alfredo —responde en voz baja—. Creo que mi padre ya perdió las ganas de vivir. No puedo hacer que se levante. He intentado de todo, pero nada resulta.
Alfredo avanza unos pasos y observa al anciano con el ceño fruncido. Santa Claus, el hombre que sostuvo la Navidad durante siglos, parece ahora pequeño, frágil, consumido por el peso del tiempo. El jefe de los elfos entrelaza las manos, inquieto, como si algo empezara a tomar forma en su mente.
—¿Recuerdas a esa mujer? —pregunta en un susurro, inclinándose hacia Niccolo para que Nicolás no pueda oírlos—. Aquella del futuro.
Niccolo lo mira, sorprendido.
—Claro que la recuerdo.
—Cuando volvíamos a casa hace dos años… —continúa Alfredo— él la miró con una tristeza que nunca le había visto. Le dejó su campana mágica. ¿Crees que sea por ella? ¿Crees que quiera volver a verla?
Niccolo abre la boca, pero no dice nada. La idea le golpea el pecho con fuerza. ¿Era posible que una mujer que apenas conoció fuera tan importante para su padre? Un hombre de más de ochocientos cincuenta años.
—Cuando la vi esa vez —dice Alfredo pensativo— me pareció que tenía alguna similitud con alguien, pero no lograba recordar con quién. Hasta que, después de mucho pensarlo, algo vino a mi mente.
—¿Qué? —pregunta Niccolo, con un nudo en la garganta.
—Tu madre.
Alfredo se lleva una mano al pecho al decirlo, como si el nombre aún doliera.
—Se parece a tu madre, Niccolo. No en el rostro, sino en la luz que irradia de ella. Tal vez sus almas se reencontraron.
Niccolo siente que el pecho le arde. Recuerda las noches en que escuchó a su padre murmurar un nombre mientras dormía. Isabella. Pensó que eran delirios de la fiebre, recuerdos mezclados por la enfermedad.
¿Era ella?
¿Realmente su padre extrañaba tanto a esa mujer?
La respiración de Nicolás es cada vez más débil. Hace días que no come, que no se mueve. Permanece dormido la mayor parte del tiempo, atrapado en un limbo silencioso. El doctor ya lo ha dicho sin rodeos: está en fase terminal. Ha estado enfermo por demasiados años. Su cuerpo está agotado, listo para rendirse.
Y sin embargo, Niccolo no puede olvidar lo que ocurrió cuando la esfera se rompió. Cómo su padre volvió a ser joven. Cómo interactuó con personas de esa época como si perteneciera allí.
—El doctor dijo que le quedan pocos días —recuerda Alfredo en voz baja—. Tenemos la esfera que construimos para ir a buscarlo aquella vez. Tal vez si…
Niccolo se tensa de inmediato.
—Tal vez no pueda regresar nunca más —lo interrumpe—. El polvo mágico que tenemos solo servirá para un viaje. Uno solo. ¿Y si nunca más puedo volver a verlo?
Su voz se quiebra al final. El miedo se instala en su pecho como una garra.
Alfredo se acerca y toma su mano con firmeza.
—Solo le quedan unos días —repite con suavidad—. ¿Quieres que muera en su tristeza o que vaya a donde puede ser feliz? ¿No fue un buen padre para ti en todos estos años? ¿No se merece una oportunidad de empezar de nuevo?
Niccolo cierra los ojos. Le cuesta respirar. Cada palabra es cierta. Nicolás fue un padre presente, amoroso, incluso cuando el peso del mundo recaía sobre sus hombros. Le enseñó a amar, a cuidar, a cumplir sueños ajenos sin esperar nada a cambio.
¿Cómo podría negarle ahora el suyo?
—¿Y si esa mujer no quiere saber nada de él? —pregunta con voz rota.
—No lo sabremos si no lo intentamos —responde Alfredo.
El jefe de los elfos se marcha, dejándolo a solas con su padre. La habitación queda en silencio, interrumpido solo por el suave crujir de la nieve en las ventanas.
Niccolo se acerca a la cama. Toma la mano arrugada de Nicolás entre las suyas y deja un beso en su dorso.
—Fuiste el mejor padre del mundo —susurra—. El que todo hijo sueña tener.
Le acomoda con cuidado la barba blanca, como hacía cuando era niño. Siente cómo la emoción le aprieta la garganta.
—Me enseñaste a ser un hombre digno. A amar este mundo. A sanar cuando se puede y a ayudar cuando duele —continúa—. ¿Cómo podría ser egoísta contigo ahora?
Respira hondo.
—Papá —dice con firmeza—. Despierta. Vas a hacer un viaje.
Los párpados de Nicolás se mueven apenas. Abre un poco los ojos, pero la debilidad lo vence y los cierra de nuevo.
Niccolo se inclina más cerca.
—Te llevaré con ella —susurra—. Con Isabella.
El efecto es inmediato.
El corazón de Nicolás se acelera. Sus dedos tiemblan levemente. Abre los ojos otra vez, esta vez por más tiempo. Su mirada está perdida, pero hay algo nuevo en ella.
Una chispa.
Un rastro de vida.
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Año 2027. Canadá. Inicios de diciembre.
—Isabella, piénsalo bien —La voz de Amanda suena agitada mientras corre tras ella por la acera—. Ya lo aguantaste por tantos años. Sabes cómo es. No dejará que otra empresa te contrate.
Isabella se detiene de golpe. Amanda choca contra su espalda y suelta un pequeño quejido.
—No importa —responde Isabella, girándose con los ojos encendidos—. Me iré a otro estado, a otro país si es necesario, pero ya no lo soporto.
—Tu situación no es buena —insiste Amanda—. Además, en tres semanas es Nochebuena.
—Encontraré la forma de salir adelante.
Y sin esperar respuesta, Isabella retoma el paso. Sus botas se hunden en la nieve mientras el frío le cala hasta los huesos. Martin Hale ha terminado de agotar la poca paciencia que le quedaba. Fueron demasiados años soportando sus insultos, su desprecio, sus amenazas veladas. Hoy cruzó un límite que no tiene retorno.
El invierno está más crudo que de costumbre. Se ajusta el abrigo y camina sin mirar atrás. Su departamento queda a unas diez calles de Northglow Solutions. Lo compró hace dos años para estar más cerca del trabajo. Una decisión que ahora le pesa.
Sus ojos están rojos e hinchados. La última frase de su jefe aún le retumba en la cabeza: “No podrás vivir sin mí. Tú y tu bastardo morirán de hambre.” Isabella aprieta los labios. Podía humillarla a ella, hacerla sentir pequeña, pero no tocar a su hijo. Eso no.
Llega frente a su puerta y se queda ahí, inmóvil, mientras la nieve cae despacio sobre sus hombros. No quiere que doña Gertrudis la vea así.
Saca la mano del bolsillo del abrigo y la campanita dorada descansa en su palma. Al moverla sin querer, emite un sonido suave. Es lo único que logra calmarla en los momentos más difíciles. Lo único que le queda de Nicolás… además de su hijo.
Está a punto de abrir la puerta cuando una mano grande se posa sobre la suya.
Isabella se estremece.
—Por fin te encontré, pequeña duende.
La voz que tantas veces escuchó en sueños está allí, real, cerca de su oído. El mundo se le viene encima. Varias lágrimas resbalan por sus mejillas, enrojecidas por el frío. No se da la vuelta. No puede. Tiene miedo de descubrir que todo es una ilusión, como tantas otras veces.
Cierra los ojos y solloza.
Nicolás la ayuda a girarse con cuidado. La atrae contra su pecho y la rodea con ambos brazos. Isabella se deja ir. Se aferra a su abrigo como si fuera lo único firme en el mundo.
Pasan varios minutos sin decir una palabra. Hasta que Isabella logra recomponerse. Entonces lo empuja con ambas manos.
La cachetada resuena clara.
—¿Así que simplemente desapareces y vuelves cuando te da la gana? —le grita, furiosa—. ¿Tienes idea de todo lo que te busqué? ¿De lo asustada que estaba? ¿De todo lo que tuve que soportar desde que te fuiste? ¡Eres un maldito!
Las lágrimas vuelven a brotar sin control. Nicolás no intenta esquivarla. La abraza con fuerza, como si quisiera protegerla de todo lo que no estuvo.
—Ya volví, pequeña duende —dice con la voz quebrada—. Esta vez no iré a ninguna parte.
Isabella solloza más fuerte. Su cuerpo tiembla entre sus brazos.
—Señora Isabella, ¿ya volvió tan temprano? —La voz de doña Gertrudis suena desde el pasillo—. ¿Quién es este hombre?
Isabella se gira apenas, sobresaltada. La puerta del departamento está abierta. Doña Gertrudis, envuelta en su chal, los observa con curiosidad.
En sus brazos se escucha un balbuceo.
—Ba… ba… pá…
Nicolás levanta la vista.
Un bebé de un año y dos meses está en brazos de la anciana. Tiene mejillas rosadas, cabello claro y unos enormes ojos celestes que miran con atención.
Doña Gertrudis suelta un jadeo, llevándose una mano al pecho. Este hombre es identico a Nico.
Mil pensamientos cruzan la mente de Nicolás al mismo tiempo. Su cuerpo tiembla. No puede apartar la mirada del pequeño, que ahora lo observa con una seriedad desconcertante.
—Pa… pá… —balbucea el niño otra vez, estirando los brazos hacia él.
El mundo se detiene.
Nicolás da un paso al frente sin darse cuenta. Sus manos tiemblan al recibir ese cuerpo pequeño y tibio. El niño se acomoda contra su pecho con naturalidad, como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Isabella se cubre la boca con una mano. El corazón le late tan fuerte que le duele.
Nicolás cierra los ojos un instante. Una lágrima silenciosa recorre su mejilla.
Doña Gertrudis carraspea, emocionada.
—Será mejor que entremos. Hace frío. Haré chocolate caliente.
Isabella asiente mientras ve a Nicolás y Nico entrar dentro de la casa.
Recuerda las muchas cartas que escribió a Santa pidiendo que él volviera. Sonríe. Nicolás realmente ha vuelto.
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