Capítulo 1.3

2480 Words
La fiesta se extiende por más horas de lo que Isabella puede soportar. Se siente agotada, con los pies adoloridos de tanto caminar y la garganta reseca de tanto saludar y sonreír a los invitados. Sus fuerzas ya no dan para más. Mientras la música y las risas siguen retumbando en el salón de eventos, ella se desvía hacia su oficina, buscando un respiro. Al cerrar la puerta detrás de ella, la calma es casi un alivio. Se sirve una taza grande de café, la más grande que la máquina pueda ofrecer y abraza la taza con ambas manos, buscando el calor que tanto necesita. El aroma llena sus pulmones y por un segundo se permite cerrar los ojos, disfrutando de ese pequeño placer. Sorbe un poco, saboreando cada nota amarga. Es como si el café pudiera quitarle todo el peso de la noche. Pero justo cuando está comenzando a relajarse, una sombra alta y grande la cubre. Isabella se estremece, sorprendida. Sabe quién es antes de mirar, pero igual levanta la vista. —Así que aquí estás, pequeña duende —dice Nicolás, tocando la punta de su nariz con el dedo con una sonrisa traviesa. Isabella lo observa y siente cómo se sonroja al instante. Nicolás está de pie frente a ella, una figura imponente, pero con una expresión tan suave que casi no parece real. El aroma del café se mezcla con el aire fresco que él trae consigo, y ella, en un instante, siente un leve estremecimiento. —¿Esta es tu pócima de recuperación? —pregunta Nicolás, mirando la taza con interés. Isabella suelta una risa algo forzada, pensando que le hace una broma. Lo toma como un comentario inocente y sin dejar de mirarlo, le responde: —¿Quieres un poco? ¿O prefieres un chocolate caliente? Disculpa, desde que llegaste no te he ofrecido nada. Con un gesto natural, como si ya se conocieran de toda la vida, Isabella coloca su propia taza en la mano de Nicolás, invitándolo a tomar un sorbo. Nicolás toma la taza con una leve sorpresa en los ojos. Luego la acerca a sus labios, bebiendo un sorbo corto, pero suficiente para que su rostro se contorsione de inmediato. Es amargo. Las pupilas de Nicolás se dilatan al instante, y no puede evitar hacer una mueca. —Esto es… —mira a Isabella, quien está sirviendo otra taza de la máquina—. ¿Qué clase de pócima tan poderosa es esta? Isabella sonríe y suspira. —Es solo café —responde con tranquilidad, como si el poder del café no fuera algo tan increíble—. Solo café. Ella repite el mismo proceso de antes, envuelve sus manos alrededor de la taza, aspirando su aroma y disfrutando de la calidez. Nicolás la observa y, en un acto espontáneo, la imita, hasta en la mueca que le sale después de beber. El gesto es tan auténtico que Isabella no puede evitar reír. Una risa sincera. Ligera. Natural. Nicolás la mira con una intensidad que no puede negar. Es una mirada que ve más allá de lo que está frente a él. Como si intentara descubrir algo más profundo, algo oculto en esos ojos que ahora lo observan tan fijos. —Qué raro eres —dice ella entre risas—. Estoy comenzando a dudar si eres de este planeta o no. Nicolás se ríe suavemente. —Soy de este planeta —responde con seriedad, pero sus ojos brillan con una chispa juguetona—. Pero no de tu tiempo. Isabella no parece captar la profundidad de sus palabras. Está demasiado cansada para poner atención a los detalles. En lugar de eso, mira rápidamente su reloj. —De acuerdo, señor Santa —dice, aún sonriendo, pero con una cierta pesadez en su voz. Luego, suspira—. Es casi medianoche. Debemos volver a la fiesta. Deja la taza en su escritorio y toma la que Nicolás sostiene en su mano, esperando que él la suelte. Pero, en lugar de soltársela, él mismo la pone en la mesa y toma su mano, firme. Isabella frunce el ceño, extrañada, pero la sensación que recorre su cuerpo no tiene nada que ver con la confusión. Es una energía cálida que sube por sus brazos y la recorre hasta el corazón. Él está mirando profundamente a sus ojos, sin apartar la vista ni un segundo. —¿Por qué no te gusta la Navidad? —pregunta Nicolás de repente con la voz suave—. De niña adorabas estas fechas. Escribías muchas cartas, decorabas el arbolito con tu madre y tu abuela. Esperabas ansiosa la medianoche para abrir tus regalos. Isabella se queda en silencio, sin saber cómo responder. Las palabras se le quedan atascadas en la garganta. Una lágrima solitaria cae por su mejilla, y Nicolás la ve. Es una lágrima tan simple, pero para él, es el reflejo de todo el dolor que ha quedado guardado en el fondo de su corazón. Su pulgar roza suavemente su mejilla para borrar esa lágrima y la siente cálida al contacto. Isabella lo mira, sorprendida, pero algo en ese gesto la derrumba. La tristeza que ha intentado esconder se hace más grande y, por primera vez, siente que puede dejarla salir. Pero antes de que se atreva a hablar, Nicolás se acerca más. Su aliento cálido roza su piel, y, de manera impulsiva, junta sus labios con los de ella. Es un beso suave, lleno de dudas y de algo más. Ambos se miran a los ojos durante todo el tiempo, como si intentaran encontrar las respuestas a algo que ninguno de los dos entiende aún. No saben lo que significa, pero a ambos les gusta. Que les gusta mucho. Isabella cierra los ojos y entreabre la boca sin darse cuenta. El beso se vuelve más profundo, más urgido. Para Nicolás, los labios de Isabella son cálidos, dulces, y ella siente cómo el mundo se reduce a ese contacto. A ese instante. Sus brazos rodean el cuello de él por puro reflejo. Sus dedos se pierden entre su cabello, tiran apenas, lo suficiente para que Nicolás inhale con fuerza. Hay algo primitivo en ese gesto que lo sacude. Algo que no había sentido en siglos. Nicolás la alza con una facilidad que la sorprende. Isabella suelta un pequeño jadeo y rodea su cintura con las piernas sin pensarlo, como si su cuerpo supiera exactamente dónde quiere estar. Él la sienta sobre la mesa, se coloca entre sus piernas, y por un instante se quedan quietos, mirándose. Ambos saben que es una locura. No se conocen. No deberían. Hay demasiadas cosas que no tienen sentido. Pero hay una necesidad ardiendo entre ellos, una urgencia silenciosa que no pide permiso. Suplica ser atendida. Isabella desabrocha el saco de Nicolás con manos torpes, nerviosas. Pasa la palma por su pecho, siente el calor firme de su piel. Él es grande, sólido, real. Muy real. Nicolás se estremece ante su contacto. Jamás se había sentido así de vulnerable. Así de excitado. Sus bocas se vuelven a unir. Cada beso es más cargado. Nicolás está aturdido. El deseo le nubla el pensamiento, le roba el equilibrio. Siempre ha sido fuerte. Siempre ha tenido control. Pero todo eso se quiebra bajo el tacto decidido de esta pequeña duende. Cuando Isabella busca su cintura para desabrochar el cinturón, Nicolás se detiene apenas lo suficiente para mirarla a los ojos. Sus frentes se tocan. —¿Estás segura? —pregunta con voz baja, cargada de algo más que deseo. Isabella traga saliva. Sus mejillas están encendidas, su respiración agitada. —Por favor… —susurra—. Solo hazme sentir bien. Hazme feliz esta noche. Luego… luego seguiremos con nuestras vidas. Esa frase termina de romperlo. Nicolás la besa de nuevo, con una intensidad que le roba el aire. El mundo exterior desaparece. La oficina, la fiesta, el tiempo. Todo se desvanece. Todo ocurre lejos de miradas ajenas, envuelto en respiraciones entrecortadas, susurros ahogados y un caos dulce que desarma a ambos. Isabella se deja llevar como nunca antes. No piensa. Siente. Se aferra. Se pierde. Cuando todo se aquieta, el silencio pesa distinto. Isabella está apoyada contra la mesa, con los ojos cerrados, el rostro encendido y el cabello revuelto. Su cuerpo aún tiembla, no de tensión, sino de una calma nueva. Extraña. Agradable. Dolorida de una forma que no molesta. Una que le gusta. Nicolás se inclina y deja un beso suave en sus labios. No hay urgencia ahora. Solo cuidado. —¿Te hice feliz, pequeña duende? —susurra junto a su oído. Isabella sonríe sin abrir los ojos. Asiente apenas. Sus piernas se sienten flojas, su cuerpo pesado y satisfecho. Nunca había sentido algo así. Nunca alguien la había hecho perder el control de ese modo. Antes de que pueda responder con palabras, un golpe de realidad los alcanza. —¡Isabella! —La voz del CEO atraviesa la puerta. Ella levanta la vista y lo ve por medio del vidrio unidireccional—. Sé que estás ahí. ¿Olvidaste tu responsabilidad? ¡La fiesta aún no termina! El hechizo se rompe. El pánico se instala de inmediato. —Dios… —murmura. Se baja de la mesa con torpeza, se acomoda la ropa, intenta arreglar su cabello con los dedos. Hay timidez en su rostro ahora. Vulnerabilidad. Nicolás la observa en silencio, sintiendo algo nuevo apretarle el pecho. —Yo… —quiere decir algo, pero no encuentra las palabras correctas. —¡Isabella! —El grito está demasiado cerca ahora. Ella se apresura hacia la puerta. Si él entra y ve lo que hicieron, seguro será despedida. Antes de abrir, se detiene. Se gira para mirarlo. Nicolás está de pie, desarreglado, con la expresión suave. —Gracias —dice ella. No sabe exactamente por qué lo dice. Si por haber llegado. Por haber salvado la fiesta. O por haberla hecho sentir viva por primera vez en años. Isabella abre la puerta y sale. Nicolás también se viste. Ajusta el saco con movimientos lentos, casi mecánicos. Su mente no está ahí. Está en Isabella, que al otro lado del vidrio habla con ese hombre. Su jefe. Desde donde está, no escucha bien las palabras, pero no hace falta. El gesto rígido, la boca tensa, la forma en que Isabella mantiene los hombros erguidos mientras recibe la descarga, le dicen todo. Él parece decirle cosas desagradables. Ella escucha con el rostro cansado, agotado de tanto ceder, de tanto aguantar. Nicolás siente una presión incómoda en el pecho. No es enojo. Es algo peor. Impotencia. Y entonces sucede. Un torbellino comienza a formarse en la pared de la oficina. No hace ruido al principio, solo distorsiona el aire, como si la realidad se doblara sobre sí misma. Nicolás lo reconoce de inmediato. Han venido por él. —Padre —dicen dos voces al mismo tiempo. Alfredo y Niccolo emergen del torbellino con movimientos torpes. Ambos visten ropa del taller, manchada de hollín. Sus rostros reflejan alivio y culpa a partes iguales. —Lo siento por no poder venir antes —dice Niccolo—. Tardamos mucho en reparar la esfera. —Fue un desastre sin ti —agrega Alfredo—. Nada funcionaba bien. Nicolás asiente despacio. No tiene fuerzas para reproches. Tampoco para sonrisas. —Vamos, papá —insiste Niccolo—. Todos están ansiosos por tu vuelta. Estos tres años que estuviste perdido, el taller fue un caos. Te necesitamos. La Navidad no es lo mismo sin ti. Nicolás suspira. Es un suspiro largo. ¿Así que allí pasaron tres años? Antes de responder, su mirada vuelve a desviarse hacia Isabella. Ella sigue ahí, frente a su jefe, escuchando en silencio. Tan fuerte. Tan frágil. Niccolo y Alfredo siguen la dirección de su mirada. —¿Papá? —pregunta Niccolo, con cuidado. Nicolás no responde enseguida. —Vamos —dice al final. Camina hacia el torbellino, pero se detiene antes de cruzarlo. Mira alrededor por última vez. El lugar donde, por unas horas, fue alguien más que Santa. Estira la mano y deja la campanita dorada sobre el escritorio de Isabella. El sonido es apenas un tintineo suave. Luego entra al portal. El mundo se repliega. En el Polo Norte, el aire es distinto. Más denso. Más frío. Han pasado tres años desde el accidente, aunque para Nicolás solo han sido horas. Apenas pisa el suelo del taller, su cuerpo cambia. La magia del tiempo reclama lo suyo. Su espalda se encorva, su piel se arruga, su cabello y su barba se vuelven blancos como la nieve. Los dolores regresan de golpe, como viejos conocidos. Vuelve a ser el anciano de casi ochocientos cincuenta años que cayó en el torbellino del tiempo. Los elfos lo rodean. Hay murmullos, aplausos, lágrimas. Pero Nicolás apenas los ve. Al otro lado del tiempo, Isabella sigue de pie frente a su jefe. Escucha todos los insultos con una paciencia que nunca antes había tenido. No reacciona. No contradice. No responde. Solo lo mira, fija, hasta que Martin Hale se queda sin aire, sin palabras. Finalmente, se da la vuelta y se va. Isabella cierra los ojos un segundo. Luego entra de nuevo a su oficina. —Vamos, debemos hacer las fotos para cerrar el vivo en t****k —dice una voz desde el pasillo—. Ya es medianoche. Isabella mira su reloj. Han pasado cuarenta y cinco minutos. Ya es Navidad. Levanta la vista de golpe. —¿Nicolás? —llama, confundida. No hay respuesta. Sale al pasillo, revisa el salón, vuelve a entrar a la oficina. Su corazón empieza a latir más rápido. —Nicolás —dice otra vez—. ¿Dónde estás? La oficina solo tiene una puerta de salida. Él no pudo irse sin que ella lo viera. —Esto no es divertido —murmura. Su corazón se acelera. Isabella da un paso atrás, desorientada. Su mirada cae sobre el escritorio. Allí está la campanita dorada. La toma entre sus dedos. El metal está tibio. Su pecho se aprieta con una opresión dolorosa, como si algo muy importante acabara de romperse sin previo aviso. La puerta se abre. —Isabella —dice una mujer—. El Santa que contrataste acaba de llegar. Es Amanda, una de las secretarias. Señala hacia atrás. Isabella levanta la vista. El hombre que entra no es Nicolás. —Señorita, disculpe —dice el desconocido—. Tuve un accidente en la carretera. Mi auto resbaló y quedé atascado en la nieve. No logré llegar a tiempo. Devolveré la seña. Espero que no deje una mala reseña a la agencia. Isabella lo observa como si estuviera frente a una broma cruel. Lo recuerda. Recuerda haberlo elegido entre los candidatos una semana atrás. Es él. Siempre fue él. Entonces, ¿quién demonios era el hombre que estuvo con ella hace rato? 🎄✨🎅✨🎄
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD