Capítulo 14

1458 Words
Zerah Cuando abrí la puerta principal, el aroma de la sopa flotó en el aire. Cálido, sabroso y reconfortante. La casa estaba, como era de esperar, en silencio. Después de la reunión, la noche había caído hacía rato. A estas horas, Ryan y Micah ya estarían en sus habitaciones dormidos, o al menos a punto de hacerlo. Cerré la puerta con cuidado, sin querer romper la quietud. Al entrar en la sala, encontré a mi madre. Estaba de pie junto a la isla de la cocina, removiendo una olla. El leve tarareo que emitía se detuvo; sin duda había notado mi presencia. —Bienvenida a casa, cariño. Llegas justo a tiempo —dijo sin mirarme aún—. Tenía el presentimiento de que no habrías comido, pero como ya es un poco tarde, pensé que una sopa de pollo caliente sería lo mejor. Ya casi está lista. Al ver su espalda frágil, se me cerró la garganta. Acababa de salir del hospital y, aun así, me había esperado despierta. Algo en verla así fue la gota que colmó el vaso. Me acerqué en silencio y la abracé por detrás con suavidad. Apoyé el rostro contra su cabello. En cuanto su aroma reconfortante y su calor me envolvieron, toda la compostura que había mantenido desde la noche anterior se derrumbó. —Mamá —apenas oí mi propia voz, un susurro ronco y quebrado. Ella se tensó entre mis brazos, pero no se movió. —¿Qué pasa? ¿Es esa pesadilla? ¿Ocurrió algo más hoy? —preguntó. No respondí; solo sorbí por la nariz y la abracé un poco más fuerte. Pronto guardó silencio, sin insistir. Con ella nunca había presión, solo consuelo. Permanecimos así lo que pareció un minuto entero. A pesar de los ojos ardientes, no lloré. Solo los cerré y respiré hondo. Bajo su calor, la presión dentro de mí se aliviaba. Me sentía más ligera. Cuando pude respirar con normalidad, aflojé el abrazo y apoyé la cabeza en su hombro para mirar el porridge de pollo humeante. —Deberías estar descansando ya —dije. —¿Y dejarte sola? Ni hablar —rio suavemente—. Además, solo fueron unos rasguños. Me siento mejor. Tenía razón. Lo SABÍA, pero AUN ASÍ. Su cuerpo contra el mío, a pesar de las apariencias, era fuerte y sólido. En los últimos cinco años, después de que lo peor hubiera pasado, solo se había hecho más fuerte, como si nunca hubiera estado enferma. No era frágil ni débil, y con el dinero de mi trabajo y lo que quedaba del contrato matrimonial, nunca había necesitado trabajar; vivía cómodamente con los niños y conmigo. No había razón para preocuparme por ella, pero aún podía recordar con claridad los días en el hospital: tratamiento tras tratamiento sin resultados. Su aspecto demacrado y frágil nunca se borraría de mi mente. Aparté esos pensamientos y le sonreí. —Gracias, mamá —mi voz seguía ronca, cargada de emoción. Apagó la estufa. Se giró, levantó la mano y me apartó un mechón de cabello de la frente. —Pareces agotada, Zerah. Háblame. ¿Es… por Ryker? Inhalé bruscamente. Su expresión se ensombreció. —¿Lo… lo viste hoy? Dudé, incapaz de responder. Al final, mi silencio fue suficiente. La preocupación —una expresión que nunca quería ver en su rostro— se hizo evidente ahora, profundizando las leves arrugas de su cara. No pude evitar sentir un pinchazo de arrepentimiento por haberle contado todo en mi pánico de esta mañana. —Sé que te aseguré que lo resolveríamos juntas y eso sigue en pie —dijo, con el ceño fruncido—. Lo pensé y después de que me lo contaras investigué un poco. Los motivos para una custodia son complicados y no somos incapaces de pelear. Tenemos finanzas, historial y tú los has criado durante tanto tiempo. Creo que podemos hablar con un abogado… —No —la interrumpí de golpe—. No tienes que hacer nada, mamá. Yo… yo me estoy encargando. Tras un breve instante de vacilación, carraspeé y continué. —Hablé con él y, aunque es… difícil, creo que aún hay una posibilidad de negociar. Mentira. Ryker y negociación no podían ir en la misma oración. Eso había quedado demostrado hoy. La culpa me invadió, pero la reprimí. Mientras su preocupación se aliviara un poco, una pequeña mentira valía la pena. —Es solo… ha sido un día muy largo —suspiré, dejándome caer contra la isla de la cocina para apoyarme. Tras observarme un momento, asintió para sí misma. —Ve a ducharte y cámbiate. Serviré la sopa cuando vuelvas y podrás desconectar de todo —dijo con tono suave pero firme. Asentí. —Está bien, mamá. El resto de la noche transcurrió en piloto automático: hablé con ella sobre detalles mundanos del día, reí cuando ella lo hacía, sonreí cuando tocaba y escondí mis pensamientos inquietos. Cuando se hizo demasiado tarde, la convencí de que se fuera a dormir mientras yo terminaba el trabajo pendiente. Cuando por fin me metí en la cama, cerré los ojos. —Todo va a estar bien —me susurré a mí misma. Tenía que estarlo. … Al día siguiente llegué al trabajo antes de lo habitual, gracias a una noche inquieta. Apenas había nadie; el lugar estaba en silencio. Sin embargo, para mi sorpresa, al entrar en mi oficina vi que la puerta de la de Nathan estaba entreabierta. ¿Él también había llegado temprano? Sin dudarlo, asomé la cabeza y lo encontré ya en su escritorio, hojeando papeles con expresión concentrada. Toqué suavemente y abrí la puerta; él se giró hacia mí sorprendido. —Buenos días, señor Hart. Llegó temprano —dije, apoyándome en el marco con una sonrisa. Parecía aturdido, pero se recompuso rápidamente. —Sí —sonrió con timidez—. No dormí bien anoche, así que vine antes. Nunca es tarde para trabajar. Supongo que tú no estás en el mismo barco, ¿verdad? —Tal vez sí, tal vez no —me encogí de hombros, mirando la pila de documentos. Era mucho más de lo habitual. —¿Necesita algo, señor? —Pues sí —asintió, mirando su escritorio con exasperación—. Parece que la reunión de ayer, por repentina que fuera, dio frutos. Tenemos varias colaboraciones más en el horizonte, así que quiero revisar toda la información previa antes de contactarlos. Nada urgente, pero está tomando su maldito tiempo. Eso ya lo veía, pensé, observando el montón. No había forma de que pudiera clasificar todo eso solo. —Claro que sí —dije, dejando mi bolso y sentándome en la silla frente a él. Al mirar los archivos, enseguida capté los detalles. Esto… no era difícil en absoluto. Me volví hacia él, notando las ojeras y la somnolencia lenta con que me miró. Probablemente se había estado forzando a revisarlos a pesar de que su cuerpo se negaba. No tenía idea de cómo no había podido dormir cuando todo parecía bien anoche, pero el problema ya era evidente. Y también la solución. —De hecho, creo que puedo encargarme de la mayoría yo misma —dije, levantando un archivo para captar su atención con una sonrisa—. Puede parar. No se preocupe y déjemelo a mí. De forma casi cómica, Nathan levantó las manos en alivio antes de desplomarse igual de rápido. Cruzó los brazos sobre el escritorio y apoyó la cabeza en ellos. —Gracias. Maldita sea, pensé que me iba a ahogar en estos archivos. —Sería una lástima si lo hiciera —respondí con sequedad—, y no hace falta que me lo agradezca. Es mi trabajo. —No es tu trabajo hacer el de tu jefe porque él es incapaz de hacerlo solo —gruñó—. Ambos sabemos que haces mucho más que ser mi secretaria. —Quiere decir ASISTENTE —lo corregí con énfasis, bromeando—. Y el propósito de mi trabajo es asistirte en tareas difíciles, aunque técnicamente sea «tu trabajo». Además, no eres incompetente, solo estás cansado. No dormiste bien anoche. Mientras aún es temprano, descansa un poco y despeja la mente antes de que empiece el día. —Juro que te daré un aumento —su voz amortiguada contra la mesa me hizo sonreír. —Lo aceptaré, señor Hart. —Nathan —se incorporó ligeramente, mirándome con los ojos entrecerrados—. No hay nadie que nos oiga. Y siéntate, por favor. Quédate aquí a tratar los archivos. Evita el esfuerzo de llevarlos de un lado a otro. Además, mientras tanto, podemos hablar. —¿De qué? —pregunté distraídamente, hojeando las carpetas. Esta era una auditoría financiera. Habría sido mejor si estuviera completa— —Podría contarte más sobre Ryker.
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