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1244 Words
19 Lena. Siempre pensé que la peor forma de que me descubrieran sería una escena dramática: sirenas, luces intermitentes, manos que me sacaran a rastras de la cama de Jack en plena noche. En cambio, todo empezó con algo mucho más sencillo: el correo. Una mirada rutinaria de un vecino por la ventana de su cocina, una vista directa a nuestro salón una noche en la que olvidé cerrar las persianas. Estaba desnuda en el sofá, Jack me tocaba por todas partes y, por una vez, a ninguno de los dos nos importó que nos vieran. Al día siguiente, llamaron a la puerta. No era la policía, ni hombres de traje enfadados, sino una vecina con el rostro tenso y adusto. Preguntó si mi madre estaba en casa. Jack le dijo que no. Ella lo miró más allá de él, fijó la vista en mí y apretó los labios. Se marchó sin decir una palabra más. Al anochecer, la tensión se palpaba en el ambiente. Jack caminaba de un lado a otro de la casa como un animal enjaulado, revisando el teléfono y reaccionando con brusquedad ante cualquier cosa. Intenté calmarlo, intenté preparar la cena, pero me temblaban las manos. Cuando sonó el teléfono, supe quién sería. Contestó, escuchó, asintió y colgó. Ni siquiera me miró. —Tu madre viene —dijo—. Esta noche. Todo lo que vino después fue como un accidente de coche a cámara lenta. Me senté a la mesa de la cocina mientras Jack permanecía junto a la ventana, silencioso e inmóvil. Intenté actuar con normalidad, pero sentía un escalofrío, todos mis nervios estaban a flor de piel. Repasé cada momento, cada mirada imprudente, cada riesgo que habíamos corrido. ¿Valió la pena? No quería ni pensarlo. Mamá llegó justo después del anochecer. No sonrió. No me abrazó. Entró como si temiera contagiarse de algo. La vecina la había llamado y le había contado lo que había visto. No gritó, no lloró. Simplemente se sentó frente a mí en la mesa, con la mirada perdida y las manos cruzadas sobre el regazo. —Lena —dijo—. Dime que no es verdad. No podía mirarla. Me quedé mirando el dibujo de la mesa, mis uñas mordidas, cualquier cosa menos su rostro. Jack estaba detrás de mí, silencioso e inmóvil. —Dime que te obligó —suplicó—. Dime que no querías esto. Jack intervino entonces con voz inexpresiva. —Es culpa mía —dijo—. Asumo toda la responsabilidad. Pase lo que pase, es mi culpa. Mi madre negó con la cabeza, con lágrimas corriendo por su rostro. “¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿A ella?” Jack me miró, y en ese instante pude verlo todo: miedo, arrepentimiento, amor, todo entrelazado. —Lena —dijo en voz baja—, sube. Yo me encargo. Pero no me moví. —No —dije con voz temblorosa—. Ya no soy una niña. No voy a dejar que te lleves toda la culpa. Mi madre se volvió hacia mí, con los ojos muy abiertos y llorosos. “Eres mi hija”. —Lo sé —susurré—. Pero no me conoces. No de verdad. Jack negó con la cabeza, con la voz tensa. —No hagas esto. Solo déjame... —Lo quería —dije, obligándome a mirar a mi madre a los ojos—. Lo quiero. Todavía. Puedes odiarme por ello, pero ya no voy a fingir. Por un instante, nadie habló. El silencio era denso, sofocante. Mi madre fue la primera en derrumbarse. Se puso de pie, temblando, con los puños apretados. «Tengo que irme», dijo casi para sí misma. «Necesito pensar». Se marchó sin decir palabra, y la puerta se cerró suavemente tras ella. La casa me pareció demasiado grande, demasiado silenciosa. Me quedé en el salón, abrazándome a mí misma, sin saber qué hacer. Jack se acercó a la ventana y observó cómo las luces traseras desaparecían. Parecía diez años mayor, con los hombros caídos y las manos temblorosas. Cuando se giró hacia mí, tenía el rostro enrojecido. —Deberías irte —dijo—. Prepara una maleta. Vete antes de que la situación empeore. Negué con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas. “No. No te voy a dejar.” Se acercó, me tomó el rostro entre sus manos y con los pulgares recorrió las marcas de las lágrimas en mis mejillas. «Si te quedas, podrías perderlo todo. A tu madre, a tus amigos, a tu vida». —Ya lo perdí todo el día que te deseé —susurré. Me besó entonces; suave, desesperado, casi roto. No hubo palabras, ni explicaciones, solo bocas y manos y el dolor agudo y limpio de la despedida. Me condujo escaleras arriba. Nos desvestimos en silencio. Sus manos eran suaves, reverentes, como si me estuviera grabando en su memoria. Recorrí con los dedos cada cicatriz, cada peca, cada músculo. Quería recordar cómo se sentía, a qué sabía, cómo susurró mi nombre contra mi piel. Nos tumbamos juntos, piel con piel, el aire cargado de todo lo que no podíamos decir. Me besó por todas partes: los párpados, la clavícula, la curva de la cintura. Se tomó su tiempo, me adoró como a una deidad, me tocó con manos que temblaban ligeramente. Me dejé llevar, me dejé querer y recordar. Su boca recorrió mi cuerpo, su lengua dibujando círculos alrededor de mis pezones, sobre mi vientre, cada vez más abajo. Besó mis muslos, mis caderas, por todas partes menos donde más lo deseaba. Gemí, abrí más las piernas, le supliqué con la mirada. Finalmente me lamió, despacio y con suavidad, saboreándome como si no fuera a tener otra oportunidad. Su lengua fue paciente, delicada, provocándome hasta que sollocé, aferrándome a las sábanas, arqueándome hacia su boca. No paró hasta que temblé, llegando al clímax en su lengua con un gemido ahogado. Se movió sobre mi cuerpo, besó mis labios, me dejó saborearme en él. Se colocó en posición y penetró, despacio y profundamente, llenándome con todo lo que no podía expresar con palabras. Me sostuvo el rostro, besó mis lágrimas, me folló lenta y dulcemente hasta que temblaba, con el corazón destrozado. Lo abracé por el cuello y escondí mi rostro en su hombro. —No me sueltes —susurré—. Todavía no. Gimió, moviéndose más rápido, pero nunca bruscamente. Solo profundo e interminable, como si quisiera meterse dentro de mí y no salir jamás. Mis uñas se clavaron en su espalda, mis piernas se enroscaron alrededor de su cintura y me aferré con todas mis fuerzas. Me besó por todas partes: la mandíbula, la sien, los labios, la garganta. Sus manos estaban por todos lados, memorizándome tanto como yo lo memorizaba a él. Cuando volví a llegar al clímax, fue con un sollozo, todo mi cuerpo se contrajo a su alrededor, el placer era tan intenso que casi dolía. Él me siguió, enterrando su rostro en mi cuello, gimiendo mi nombre mientras se derramaba dentro de mí. Sentí el calor, el pulso, el peso. Me hizo llorar aún más. Estábamos acostados, enredados, con los cuerpos pegajosos por el sudor y las lágrimas. Él me acarició el cabello, me besó la frente y me susurró cosas que no pude oír. Me quedé dormida en sus brazos, y cuando desperté, él seguía allí, abrazándome fuerte, respirando lenta y pausadamente. Solo estábamos nosotros dos. Y durante un tiempo, eso fue suficiente.
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