Lena.
Fue un error estúpido e inútil. De esos que sabes que no deberías cometer, pero que haces de todos modos solo para ver si puedes salirte con la tuya. Jack y yo llevábamos semanas flotando en este extraño mundo nuevo; collares y correas, órdenes susurradas, desayunos silenciosos donde el aire estaba cargado de todo lo que no se decía. Me había acostumbrado a ser deseada, a ser propiedad de alguien. Me gustaba el dolor de la rendición, la mano firme en mi espalda, la correa en su palma.
Pero hay una parte de mí que todavía anhela el caos. Es como un acto reflejo. Por eso le escribí a Caleb, un chico del colegio que apenas me gustaba. Lo hice desde el baño, sentada al borde de la bañera, con el corazón latiendo a mil por hora por la emoción de salirme con la mía. No tenía ninguna mala intención. Solo quería sentir por un instante la vieja libertad, el poder de saber que aún podía provocar una reacción.
Jack había salido a hacer recados. Cuando oí la puerta del garaje, borré los mensajes y escondí el teléfono debajo de la almohada, como un niño que esconde caramelos. No sé por qué pensé que funcionaría. No soy tan lista como creo.
Lo encontró antes de cenar. Yo estaba arriba doblando la ropa, fingiendo ser una ama de casa. Entró en silencio, con mi teléfono en la mano. Su expresión era nueva; más fría que la ira, más profunda que la decepción.
—¿Quién es Caleb? —preguntó.
Me encogí de hombros, haciéndome el tonto. “Solo un chico de la escuela”.
“¿Solo un tipo?”
Levantó mi teléfono, lo hojeó y leyó mis mensajes en voz alta. «“Oye, ¿quieres que nos veamos esta semana? Te echo de menos”.» Su voz era monótona, como si estuviera leyendo una lista de la compra. «¿Crees que soy tonta?»
Puse los ojos en blanco, forzando una risa que no sentía. —No es nada, Jack. Estaba aburrida. Ni siquiera fui a verlo.
Me miró fijamente, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros como nunca antes los había visto. “Estás jugando”.
“No, yo…”
“No me mientas.”
El silencio era denso. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho. Odiaba sentirme culpable, tan pequeña.
Se acercó. —Quítate la ropa.
Dudé, pero la mirada en sus ojos me indicó que no había lugar para la discusión. Me desvestí lentamente, dejando caer al suelo mi camisa, mis pantalones cortos y mis bragas. Él me observaba, con los brazos cruzados y el teléfono aún en la mano.
—Arrodíllate —dijo.
Caí de rodillas, con la piel erizada por el miedo y la anticipación. La alfombra me quemaba bajo las espinillas.
Jack me rodeó, como un depredador. Me sentí desnuda como nunca antes; avergonzada y expuesta. Me ató las muñecas a la espalda con más fuerza de lo habitual. La cuerda me rozaba.
“Si te comportas como un mocoso, te castigarán como tal.”
Me agarró la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos brillaban con celos y algo más oscuro.
“Eres mía, Lena. Dilo.”
“Soy tuyo.”
Me inclinó sobre la cama y me ató los tobillos al armazón. Estaba completamente indefensa. El aire me quemaba la piel.
Su mano golpeó mi trasero con fuerza, el sonido resonó en la habitación. Jadeé, el dolor intenso y agudo me invadió. No se detuvo. Una y otra vez. Mi cuerpo se estremeció con cada golpe, mi piel ardía, mis ojos escocían por las lágrimas. Me azotó hasta que mi trasero quedó rojo y palpitante, y ya no pude contener los gritos.
Se arrodilló detrás de mí, pasando sus manos sobre mi piel magullada. “¿Piensas en otros hombres cuando te follo?“, me preguntó.
—No —balbuceé.
“¿Está seguro?”
“¡Sí! Jack, te lo juro…”
Introdujo dos dedos en mí, bruscamente y con rapidez. Gemí, sin saber si suplicaba más o clemencia. Curvó los dedos, tocando ese punto que me hacía ver las estrellas, pero no cesó, embistiendo con fuerza y sin cesar. Mis caderas se arquearon indefensas.
Retiró los dedos y los sustituyó con su pene sin previo aviso ni preámbulos. Me penetró con fuerza y profundidad, marcando un ritmo vertiginoso. Grité, mi cuerpo temblaba y las lágrimas corrían por mis mejillas.
Me agarró del pelo y me echó la cabeza hacia atrás. —Eres mía —gruñó—. Dilo.
—Soy tuya —sollocé.
Me folló con más fuerza, sus caderas golpeando contra mi culo, su polla llenándome una y otra vez. Su ira estaba en cada movimiento, en cada palabra.
“No puedes hacerme quedar como una tonta. No puedes burlarte de mí y luego irte con otra. Eres mía, Lena. Solo mía.”
Mi visión se nubló. Temblaba, me sentía abrumada; el dolor y el placer se entrelazaban hasta que no podía distinguirlos. Me sentía vulnerable, desgarrada, con cada nervio al descubierto.
Me dio otra palmada en el trasero, más fuerte que antes. “Dime si es demasiado.”
Me mordí el labio, negándome a ceder, pero las lágrimas seguían cayendo.
Me apartó bruscamente, me volteó boca arriba, me desató los tobillos, pero me dejó las muñecas atadas. Me separó las piernas y se arrodilló entre ellas, con la mirada desorbitada.
Me apretó la garganta con la palma de la mano, sin asfixiarme, solo sujetando. “¿Quieres que pare?”
Negué con la cabeza, pero la vergüenza me quemaba por dentro. —Lo siento —susurré, y por primera vez lo decía de verdad.
No disminuyó la velocidad. Volvió a penetrarme, follándome con una intensidad cruda y desesperada. Su mano me apretó la garganta, sin cortarme la respiración, solo haciéndome saber que podía hacerlo.
Mi cuerpo ardía, el placer y el dolor se mezclaban hasta que no pude contener los sollozos. Lloré, jadeé, supliqué, perdida en ello.
No paró hasta que finalmente me derrumbé.
—Verde —balbuceé con voz ronca.
Se quedó paralizado. Todo se detuvo. Se apartó, me desató las muñecas y me envolvió en sus brazos.
—Lo siento —susurró en mi cabello—. Dios mío, Lena, lo siento.
Sollozé contra su pecho, la adrenalina me invadió y la vergüenza me abrumó. Me abrazó, me meció suavemente y me acarició el cabello.
Al cabo de un rato, lo miré; tenía los ojos rojos y la cara hinchada.
“Te amo”, estuve a punto de decir, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.
Me acarició el rostro, me besó con ternura, como si fuera algo preciado. Sus labios eran delicados, sus manos temblaban. Le devolví el beso, lento y dulce, dejando que la ternura disipara el dolor.
Se recostó en la cama y me atrajo hacia él. “Cabálgame”, murmuró con voz ronca.
Me senté a horcajadas sobre sus caderas y lo recibí poco a poco. Esta vez no había ira, solo una necesidad imperiosa. Me movía despacio, frotando mis caderas, dejándole sentir cada movimiento, cada apretón. Sus manos encontraron mi cintura, guiándome, con la mirada fija en la mía.
Me incliné hacia adelante, lo besé profundamente y saboreé la sal de mis propias lágrimas. Me moví contra él, dejando que el placer creciera gradualmente.
Los ojos de Jack eran suaves y vulnerables. Vi miedo en ellos, miedo a perderme, miedo a sí mismo. Le acaricié el rostro, le besé la mejilla, la mandíbula, los labios. «Soy tuya», susurré una y otra vez, hasta que lo creyó.
Se abalanzó sobre mí, acompasando mi ritmo, abrazándome con fuerza. La intimidad era casi insoportable. Cada centímetro de mi cuerpo estaba en sintonía con el suyo.
Cuando llegué, fue lento y profundo, una ola gigante que me recorrió, arrancándome un sollozo del pecho. Él me siguió, derramándose dentro de mí con un escalofrío, abrazándome tan fuerte que apenas podía respirar.
Estábamos tumbados, enredados el uno en el otro, con el sudor refrescándonos en la piel y los corazones latiendo al unísono.
Me apartó el pelo de la cara, me besó la frente y susurró: «Lo siento. No debería haber...»
Lo detuve con un beso. —Lo quería —dije—. Necesitaba saber que te importaba.
Se rió suavemente, casi con la voz quebrada. “Me importa demasiado”.
Sonreí, escondiendo mi rostro en su pecho, sintiéndome segura, perdonada, amada.
Durante mucho tiempo, no hablamos. Me acariciaba la espalda, dibujaba círculos en mi piel, me abrazaba como si pudiera desaparecer si me soltaba.
Cuando finalmente me quedé dormida, fue en sus brazos, mientras las últimas lágrimas se secaban sobre su piel.
Y por primera vez en mucho tiempo, no soñé con otra cosa que con la paz.