(Narra Sabine) El chico nuevo

2491 Words
—Vas a llegar tarde a la escuela, Sabine, y ya sabes que al director no le gustan las excusas —la voz de mi padre resonó desde la planta baja, cargada de esa urgencia matutina tan característica. —¡Ya voy, papá! ¡Un segundo! —grité de vuelta mientras terminaba de sujetar mi cabello en una coleta alta y tirante. Bajé las escaleras a toda prisa, encontrándome con mi padre en el recibidor; sostenía mi mochila en un hombro y la bolsa con los materiales de repuesto que compré ayer en el otro. Tomé mis cosas con un gesto de agradecimiento y me acerqué a la cocina para despedirme de mi madre, que terminaba de organizar unos pedidos. —Que tengas un buen día, hija. Concéntrate en tus clases —me dijo ella con una sonrisa cálida. —Gracias, mamá. Te amo, ¡nos vemos luego! Caminé con rapidez hacia el auto que esperaba en la entrada, donde Max ya estaba sentado en el asiento trasero con cara de pocos amigos y mi padre ya se encontraba tras el volante, impaciente. —Mujeres... —murmuró mi hermano en cuanto cerré la puerta, lo suficientemente alto para que lo escuchara. Lo miré con una ceja alzada y un deje de diversión desafiante antes de hablar. —¿Qué pasa ahora, hermanito? ¿Algún problema con el género femenino? —Siempre se demoran horas frente al espejo arreglándose y, al final, se siguen viendo exactamente igual que cuando despertaron. No entiendo el punto. —¿Te refieres a que nos seguimos viendo igual de guapas? —pregunté mostrándole una sonrisa falsa y radiante—. Ay, gracias, Max. Qué lindo detalle de tu parte —él puso los ojos en blanco y soltó un bufido de fastidio mientras se hundía en su asiento. Miré por el espejo retrovisor a mi padre y fruncí el ceño al recordar un detalle de la tarde anterior que me causó curiosidad. —Oye, papá, ¿cómo fuiste ayer al trabajo si yo me llevé el auto? —pregunté, ajustándome el cinturón de seguridad. —Me vino a buscar un compañero de la oficina —respondió, incorporándose al tráfico con fluidez—. Tu madre necesitaba el coche de repuesto para ir a dejar unos pasteles a domicilio y no quería que estuvieras limitada si surgía algo. —Es verdad, qué tonta soy. Se me había olvidado por completo el pedido de la señora Miller —dije, recostando mi cabeza en el asiento. Mi padre rió entre dientes. —Por cierto, Mario me comentó ayer que te sacaste un diez en el examen de Matemáticas. Te felicito, Sabine, sabía que podías con eso. —Dile a Mario que, la próxima vez, no haga el examen tan extenso, por favor —bromeé, aunque en el fondo sabía que le debía mucho a ese hombre. El profesor de matemáticas, Mario, es el gran responsable de que yo haya podido ingresar a Herbert High School, una de las instituciones más prestigiosas y costosas de San Diego. Claramente, el presupuesto de mis padres no alcanzaba para costear una educación de ese nivel, pero Mario, amigo de la infancia de mi padre e hijo del director, movió cielo y tierra para conseguirnos una beca y una reducción considerable en la mensualidad. —¿Y qué importa si son extensos? ¡Te sacaste la nota máxima de todas formas! —exclamó mi padre, haciendo un baile extraño con los hombros sin despegar la mirada de la carretera—. Estoy tan orgulloso de tener unos hijos tan inteligentes. Definitivamente, esa parte no la heredaron de mí. —Yo también pienso exactamente lo mismo, papá. Golpeé despacio el hombro de Max mientras ambos reíamos. En ese momento, sentí la vibración de mi celular en el bolsillo y lo saqué para leer el mensaje que acababa de entrar. India: ¡Al parecer llega hoy mismo! Yo: ¿Te refieres al chico nuevo del que hablaste ayer? India: No, tonta, hablo de mi abuela que viene de visita desde París. Yo: Jajaja, muy graciosa :) Ya en serio, mantenme informada cuando aparezca. —¿Cuándo es exactamente el cumpleaños de Maika? —preguntó mi padre cuando ya estábamos a un par de calles de la entrada principal del colegio. —En dos semanas. Creo que tiene planeado hacer una fiesta bastante grande —le contesté, notando de inmediato a través del espejo cómo su ceño se fruncía con desaprobación—. Ya sabes que yo no soy muy fan de las fiestas multitudinarias, papá, pero es mi mejor amiga. No puedo faltar. —En ese tipo de celebraciones siempre termina habiendo gente borracha y descontrolada. Por lo tanto, no me parece nada seguro que vayas. —Ya, bueno... —ahogué un suspiro de frustración, sintiendo cómo mi ánimo decaía un poco—. Ahí veré qué hago cuando llegue el momento. Me colgué la mochila al hombro en cuanto el auto se detuvo frente a la imponente fachada de la escuela. Me despedí con un beso rápido en la mejilla de mi padre y de Max, agarré la bolsa de materiales y salí del vehículo a paso veloz. Mi primera clase comenzaba en menos de dos minutos y no quería arruinar mi historial de puntualidad. —¿Cómo estás tan segura de que el chico nuevo llega hoy? —le susurré a India en cuanto logré sentarme a su lado en el salón. Ella se acomodó en su silla, alisándose la falda con una expresión cargada de una emoción casi eléctrica. —Yo me entero de absolutamente todo lo que pasa en estos pasillos, Sabine. Deberías saberlo ya. —Lo que tú haces es escuchar conversaciones ajenas de forma profesional, que es algo muy distinto —la corregí, chasqueando la lengua. Ella simplemente puso los ojos en blanco. —No es mi culpa que el director hable tan fuerte que se escuche hasta el estacionamiento —intentó poner cara de niña inocente, pero falló estrepitosamente—. Al parecer el pobre hombre está algo sordo, porque grita bastante cuando se trata de temas administrativos. —Bueno, ¿y qué esperas? Ya está mayor —dije con un leve toque de nostalgia. La verdad es que el director siempre ha sido muy amable conmigo. —Sí, supongo que tienes razón en eso. —Buenos días, jóvenes —el profesor de Artes entró al aula con su maletín de cuero ocre desgastado—. Supongo que todos, sin excepción, trajeron los materiales que les solicité la clase anterior —dijo con un tono divertido, pues sabía de sobra que a la mitad de mis compañeros se les había pasado por alto—. Tranquilos, pueden intentar conseguir algo con sus compañeros más precavidos. Sus palabras hicieron que una ola de suspiros de alivio recorriera el salón. —Pero que quede claro que, de todas formas, les bajaré un punto en la nota final por falta de organización —añadió, recuperando su expresión severa mientras abría el libro de asistencia. (...) —¿Ya supieron la última noticia? —preguntó Maika, apareciendo de la nada en nuestra mesa del comedor. Dejó caer la bandeja de comida con un estruendo metálico y se sentó a mi lado. —¿Qué cosa? —pregunté, distraída mientras mis ojos escaneaban el lugar buscando a Marlon. ¿Dónde se habrá metido? Él solía llegar mucho antes que yo al comedor, y se me hacía extremadamente extraño no verlo sentado en su lugar de siempre, rodeado de su séquito. —Al parecer hay un nuevo Kingwell en la ciudad... —Maika se interrumpió abruptamente al fijar su vista en un punto detrás de mi hombro—. Bueno, no hace falta que lo explique. Véanlo ustedes mismos. Giré la cabeza con curiosidad y sentí cómo mis ojos se abrían como platos al procesar la imagen. Mi mandíbula estuvo a punto de tocar el suelo. —¡Oh, por Dios! Sabine, acaba de llegar tu cuñado —le di un golpe por debajo de la mesa con la pierna a India, sin poder apartar la vista de Jayden Kingwell. Él caminaba con una confianza abrumadora junto a Marlon, dirigiéndose hacia la mesa central donde los populares reinaban cada mediodía. —No lo digas tan alto —la regañó Ezra, aunque él también parecía sorprendido—. ¿Cómo no se nos ocurrió que el alumno del que hablaba el director sería él? —No lo sé. ¿Cuándo yo llegué a esta escuela él ya no estaba, verdad? —pregunté, volviéndome hacia mis amigos—. La última vez que lo vi fue en el cine de la ciudad y tendría unos quince años. Ha cambiado muchísimo. —Creo que se marchó un año antes de que tú entraras —contestó Maika, analizando al chico nuevo con ojo crítico—. Lo cambiaron de colegio porque, según los rumores, se portaba como el mismísimo demonio. Al parecer es la oveja negra oficial de la familia Kingwell. —Pues para ser la oveja negra, es bastante guapo. Incluso mucho más que tu amado Marlon —soltó Indiana con su habitual tono burlón. —Claro que no. Marlon me sigue pareciendo mucho más atractivo y elegante. —¿Quieren saber la opinión sincera de un chico? —Ezra intervino y todas asentimos de inmediato. Él me miró con una sonrisa algo nerviosa—. Sinceramente, creo que Jayden es más imponente. Es más alto, se ve más fornido y tiene ese aire de peligro que atrae a la gente. Atrapé mi labio inferior entre los dientes y, casi por instinto, volví a mirar al hermano de mi amor platónico. Tenía que admitirlo: Jayden era, al menos, cinco centímetros más alto que Marlon, con una espalda considerablemente más ancha y un cabello ondulado color azabache que le caía sobre la frente. Realmente era muy guapo, pero mi lealtad hacia Marlon me impedía admitirlo en voz alta. —Son demasiado distintos, es increíble —comentó Maika, sacándome de mis pensamientos—. No se parecen físicamente en casi nada, pero hay que reconocer que ambos tienen lo suyo. —Estoy de acuerdo con eso —asentí, tomando mi tenedor para intentar comer algo, aunque los fideos de la cafetería no lucían nada apetitosos hoy—. Aunque creo que, con tanta impresión, se me ha quitado el hambre de golpe. —No están tan malos como parecen, te lo juro —dijo Ezra con dificultad, ya que tenía la boca llena de comida. —Por cierto, hoy le mencioné a mi padre que harías una fiesta por tu cumpleaños —le conté a Maika, soltando el tenedor sobre la bandeja. Ella alzó las cejas, esperando el veredicto—. Me dijo que era peligroso, que siempre hay alcohol y problemas en ese tipo de eventos. —Espera, ¿qué significa eso exactamente? —Maika soltó una risa histérica al darse cuenta de hacia dónde iba la conversación—. No me digas que pretendes faltar a mi cumpleaños número diecisiete, Sabine, porque soy capaz de matarte aquí mismo. —No lo sé, tal vez pueda ir a tu casa el día anterior para celebrar nosotras solas —ante mi "brillante" idea, ella soltó un gruñido de pura frustración—. Podríamos ir al cine, tener una pijamada tranquila... —Ni hablar. Mierda, no —me cortó de tajo—. Es mi cumpleaños, Sabine. No puedes hacerme este desplante. —Tú mejor que nadie sabes cómo son mis padres con la seguridad, Maika. —Puedo hacer que mis padres hablen con los tuyos para convencerlos, o incluso... —se mordió las uñas, pensando frenéticamente—. ¡O puedes escaparte! Haz lo que hacen en las películas; pon almohadas bajo las sábanas para que piensen que estás durmiendo profundamente. —Eso no funciona en la vida real, amiga mía —negué con la cabeza, divertida por su desesperación. —¿Y cómo lo sabes si nunca lo has intentado? —replicó ella—. ¡Arriésgate un poco por una vez! —Relájate un poco —murmuré, notando que algunas personas de las mesas cercanas nos miraban con curiosidad—. Ya veré qué puedo inventar. Aún faltan dos semanas completas y estoy segura de que encontraremos una solución —dije para intentar calmarla, aunque en mi interior sabía que convencer a mis padres sería una misión imposible. —Eso espero, porque sería la traición más grande de la historia —sentenció ella con una mirada cargada de intención—. Es tradición que nuestro grupo siempre esté unido para los cumpleaños. —Es verdad. Yo también odiaría que alguno de ustedes faltara a mi propia celebración. —Y yo lo entiendo perfectamente, pero... —dejé de hablar al sentir la vibración de mi celular. El nombre de mi prima apareció en la pantalla—. Esperen un segundo, me está llamando Debbie. Parece urgente. Me puse de pie y caminé hacia la salida que daba al jardín trasero; el ruido del comedor era demasiado estruendoso para mantener una conversación privada. —Hola, Debbie. ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —¡Jazmín y Héctor son unos hijos de puta de la peor clase, Sabine! Di un pequeño salto, alejando el teléfono de mi oreja ante su grito ensordecedor. —¿Pero qué ha pasado? ¿Qué tiene que ver nuestra prima con tu novio? No entiendo nada. —¡Se acostaron! ¡Me traicionaron los dos! —abrí los ojos como platos, quedándome petrificada en medio del pasillo mientras esperaba más detalles—. Estábamos los dos en la cama viendo videos de t****k en su celular y, de repente, le entró un mensaje de un número no guardado. Decía: «¿Cuándo vas a venir a verme de nuevo? Mi cuerpo ya te extraña demasiado». Mi corazón se apretó al escuchar cómo rompía a llorar desconsoladamente tras terminar la frase. Esto no podía estar pasando. Jazmín siempre había sido cercana a nosotras, no podía ser capaz de semejante bajeza. —Pero... ¿cómo puedes estar segura de que era ella si el número no estaba guardado? —¡PORQUE ES UNA ESTÚPIDA, SABINE! ¡No quitó su foto de perfil de w******p, esa donde sale abrazando a nuestra abuela Susan en Navidad! Alejé el celular un momento para buscar rápidamente el contacto de Jazmín en mi propia agenda. Y ahí estaba. La misma foto, ella sonriendo junto a nuestra abuela. —Dios mío, Debbie... No sé ni qué decirte. Lo siento muchísimo. —Héctor me importa tres mil hectáreas de mierda ahora mismo, no estoy llorando por ese idiota —hizo una pausa para sorberse los mocos y tratar de recuperar el aliento—. Pero Jazmín... ¿Cómo pudo hacerme algo así mi propia sangre? Me senté en una de las bancas del jardín y solté un suspiro cargado de pesadez. Esto era simplemente horrible.
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