(Narra Sabine) Obsesión silenciosa

2272 Words
¿Alguna vez has sentido ese nudo en el estómago por un chico de la escuela con el que jamás has cruzado una sola palabra? Bueno, siendo honesta, dudo que a ese sentimiento se le pueda llamar «enamoramiento» de forma técnica, pero es la manera más sencilla de describirlo. En mi caso, llevo años sumida en una especie de obsesión silenciosa con Marlon Kingwell. Él es, sin duda, el chico más popular del instituto, en parte por su carisma y en parte por ser el heredero del matrimonio más acaudalado de todo San Diego, California. A pesar de ser el típico espécimen guapo, atlético y adinerado con el que cualquier chica soñaría salir, Marlon no encaja en el molde del idiota egocéntrico que uno esperaría encontrar en su posición. No es desagradable ni va mirando a los demás por encima del hombro. Al contrario, siempre me ha parecido alguien genuinamente simple y agradable. O, al menos, esa es la conclusión a la que he llegado después de estos cuatro largos años observándolo meticulosamente desde la distancia. Jamás he reunido el valor suficiente para acercarme y saludar; soy una chica demasiado vergonzosa, de esas que prefieren fundirse con el color de las paredes antes que ser el centro de atención. Tengo mi grupo de amigos, sí, pero estoy segura de que sería una ermitaña si no fuera porque ellos se tomaron la molestia de acercarse a mí primero. Mordí mi labio inferior, casi sin darme cuenta, mientras observaba cómo Marlon se pasaba la mano por el cabello para acomodarlo por cuarta vez en los últimos quince minutos. Yo estaba sentada a unas seis mesas de distancia de donde él compartía bromas con sus amigos. Sus risas estallaban de vez en cuando, y yo no podía evitar pensar que su risa era el sonido más melódico que había escuchado desde que puse un pie en este colegio. —¿Puedes dejar de devorarlo con la mirada? O no sé, al menos intenta disimular un poquito, Sabine —la voz de Maika, mi mejor amiga, me sacó de mi trance. La miré con fastidio y solté un bufido sonoro. —Nunca se ha dado cuenta de que lo observo, Maika. No es necesario disimular algo que nadie nota. —Eso es lo que tú prefieres creer —intervino India, alzando las cejas con una sonrisa cargada de burla—. Es estadísticamente imposible que, en todos estos años, el chico no haya notado que alguien lo vigila con la intensidad de una psicópata de película. —No parezco una psicópata —repliqué, cruzándome de brazos y sintiendo cómo mis mejillas se calentaban. Busqué el apoyo de Ezra con una mirada suplicante—. ¿Verdad que no, Ezra? —Emmm... bueno... —balbuceó él, rascándose la nuca con una sonrisa nerviosa. Entrecerré los ojos, instándolo a que me defendiera—. Un poco sí, para qué te voy a mentir. Abrí la boca, indignada. Se suponía que él era mi aliado, no que iba a sumarse al equipo de Maika e India para hacerme sentir como una acosadora profesional. —Ustedes no tienen ni idea de lo que es estar colada por un tío durante años —protesté, resoplando de nuevo—. Si les pasara, me entenderían perfectamente. Es una condición médica, casi. —¿No crees que ya va siendo hora de que des el paso y te acerques a él? —preguntó Ezra, tratando de sonar razonable. —¿Qué? ¡Claro que no! Quedaría en ridículo en menos de tres segundos —le respondí con horror—. ¿Has visto a las chicas con las que suele hablar? Todas parecen salidas de una portada de revista, con rostros y cuerpos de infarto. Yo parezco un fideo descolorido al lado de cualquiera de ellas. —¿Un fideo? ¿Hablas en serio? —India me miró con una seriedad que me hizo encogerme de hombros—. ¿Cuántas veces vamos a tener que repetirte que eres preciosa para que te lo creas de una vez? —No digo que sea fea —murmuré, bajando la vista para jugar con mis dedos sobre la mesa—. Pero comparada con ustedes, o con las modelos que orbitan alrededor de Marlon... —Deja de compararte con el resto del mundo, Sabine —me regañó Ezra con suavidad—. Tienes unos ojos azules increíbles, una piel que parece de porcelana y un cabello color miel que ya quisieran muchas. —Sin olvidar que mides un metro setenta y tienes unas piernas kilométricas —añadió Maika, regalándome una sonrisa alentadora—. Ya me gustaría a mí tener la mitad de tu percha. —Gracias, de verdad. Pero nos estamos desviando del tema principal —reí con nerviosismo mientras acercaba el popote a mis labios para dar un trago largo a mi jugo de piña—. Marlon ya está en su último año. No creo que a estas alturas gane nada confesándole lo que siento. Se irá pronto a la universidad y todo esto quedará en el olvido. —El año escolar acaba de empezar, todavía tienes meses por delante —insistió India, tratando de imitar mi tono de voz de forma fallida—. Tienes tiempo de sobra para decirle: «Hola, Marlon, ¿te gustaría ir por un café conmigo para conocernos?». Mordí el interior de mi mejilla, desviando la mirada hacia él una vez más. Un suspiro pesado escapó de mis labios. —Ni loca. No tengo la personalidad suficiente para hacer algo así sin colapsar. —Entonces nada, resignada te quedas. Sigue observándolo desde la barrera como una acosadora profesional —se burló mi amiga, con los ojos brillando de diversión. —¿Podemos cambiar de tema, por favor? Antes de que me explote la cabeza —pedí entre dientes. —Vale, vale. Tranquila —India alzó las manos en señal de rendición, pero luego se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Por cierto, se me olvidaba contarles algo jugoso. Esta mañana, cuando llegaba, vi al director hablando con el profesor Pouler. El director se veía algo preocupado y dijo algo como: «Solo espero que en estos años haya madurado. Era un chico muy problemático y no quiero disturbios en mi institución». —¿Y? —preguntó Ezra, frunciendo el ceño—. ¿Qué tiene eso de especial? —¿Es que no lo ven? ¡Es obvio que va a llegar un alumno nuevo! —India chilló bajito, emocionada—. Y por lo que dijo, parece alguien que ya estuvo aquí antes. ¿Se les ocurre quién podría ser el hijo pródigo que regresa? —Mmmm... no, ni idea —admití, confundida—. Ustedes llevan más tiempo viviendo aquí, ¿no recuerdan a nadie que se haya ido en malos términos? Miré a Ezra y a Maika, pero ambos negaron con la cabeza, igual de perdidos que yo. —No es como si conociéramos el historial delictivo de todos los que han pasado por aquí —Ezra se encogió de hombros, restándole importancia. —Bueno, tocará esperar para ver de quién se trata —India sonrió de forma coqueta—. Yo solo espero que, al menos, sea alguien guapo para alegrarnos la vista. —Y yo espero que sea alguien lo suficientemente interesante como para que Sabine se olvide por fin de Marlon Kingwell. Le solté un golpe amistoso en el hombro a Ezra y solté un pequeño grito de protesta. —¡Ya basta! (...) —¿Cómo ha ido tu día, cariño? —preguntó mi madre en cuanto entré a casa. Dejé la mochila sobre el sofá y me acerqué a ella para darle un beso. —Bastante bien, saqué la nota máxima en el examen de matemáticas —le respondí con orgullo antes de sentarme al lado de mi hermano menor—. ¿Y tú, enano? ¿Cómo te fue con el proyecto de Ciencias? —¡Increíble! —Max exclamó con una alegría contagiosa—. El profesor dijo que mi volcán era el mejor de la clase, así que seguro tendré un diez. —Me alegro mucho, campeón —le revolví el cabello con cariño antes de mirar a mi madre—. ¿Puedes creer que le ofrecí mi ayuda mil veces y me rechazó? Ya se cree todo un hombre independiente, ya no me necesita —hice un puchero dramático y mamá soltó una carcajada. —Tú eras exactamente igual a su edad, Sabine. No dejabas que nadie pusiera un dedo en tus trabajos escolares. —Además, ya tengo diez años —añadió Max, encogiéndose de hombros con suficiencia—. No puedo estar pidiendo ayuda a mi hermana mayor para cada pequeña cosa. Me llevé una mano al pecho, fingiendo un dolor profundo en el corazón. —Está bien, lo acepto. Me estoy haciendo vieja —le di un beso en la coronilla y luego solté un suspiro al recordar los pendientes de la escuela—. Mamá, ¿me prestas el coche? Necesito ir a comprar unos materiales urgentes para la clase de Artes de mañana. La miré parpadeando con rapidez, tratando de usar mi mejor cara de cachorrito abandonado. —¿No puedes ir caminando? Está cerca. —Vine caminando desde el colegio y mis piernas piden clemencia, mamá. Estoy agotada —supliqué, juntando las manos—. Además, técnicamente tengo mi permiso provisional para conducir. —Acordamos que solo lo usarías en casos de verdadera emergencia. —¡Y esto lo es! Artes es la única asignatura donde mi promedio peligra si no entrego algo perfecto —hice una mueca de angustia—. Por favor... solo será un momento. —Está bien, pero ten mucho cuidado —cedió ella al fin. Me levanté de un salto con una sonrisa triunfal mientras ella me tendía las llaves—. No te entretengas, que la cena estará pronto. —Prometido, seré rápida como el rayo —le guiñé un ojo—. ¿Quieres algo de la tienda, Max? —él negó tras pensarlo un segundo—. Pues me voy. No me extrañen demasiado. Salí de casa y subí al Toyota familiar. Tras abrocharme el cinturón, conecté mi teléfono al Bluetooth de la radio. Busqué I Don’t Wanna Fight No More de Alabama Shakes y, con la música envolviéndome, conduje con calma hacia el Walmart más cercano. Una vez allí, estacioné cerca de la entrada y tomé un carrito. Caminé directamente hacia el pasillo de manualidades, consultando la lista en mi celular. Revisé los precios mentalmente, esperando que el dinero que llevaba fuera suficiente. Tras conseguir lo necesario, mis pies me guiaron por inercia al pasillo de los dulces. Tomé un paquete de galletas Oreo, convenciéndome de que era un premio merecido, aunque sabía perfectamente que en la alacena de casa todavía quedaban algunas. En la caja, la espera se me hizo eterna debido a la fila, pero finalmente fue mi turno. —¿Paga en efectivo? —preguntó la cajera con tono monótono. Asentí—. Son veintiún dólares con cinco centavos. Saqué los billetes de mi cartera y suspiré aliviada al confirmar que el presupuesto me alcanzaba incluso para el capricho de las galletas. Recogí el ticket y las bolsas. —Muchas gracias. Tenga una buena tarde —me despedí con una sonrisa amable. Al salir al estacionamiento, mi buen humor se esfumó en un segundo. Un vehículo enorme se había estacionado justo al lado del Toyota, pero de una forma tan deficiente que apenas quedaban unos centímetros entre ambos. —¿Quién es el imbécil que se estaciona así? —mascullé entre dientes. Cargué las bolsas en el maletero y llevé el carrito a su sitio, tratando de procesar cómo diablos iba a salir de allí. No soy la conductora más experimentada del mundo y ese espacio reducido me ponía los pelos de punta. En una situación normal, llamaría a mi padre para que hiciera la maniobra, pero ahora estaba sola ante el peligro. ¿Qué se supone que haga? ¿Esperar a que el dueño aparezca? Podría tardar horas. —Ay, Dios mío, dame paciencia y puntería —susurré. Logré deslizarme por la puerta del copiloto para pasar al asiento del conductor, ya que mi puerta era inaccesible. Encendí el motor, sintiendo cómo me sudaban las manos. —Tranquila, Sabine. Solo es un poco de reversa. Tú puedes —intenté animarme, aunque por dentro estaba convencida de que terminaría rayando la pintura de ambos coches. Para mi inmensa suerte, antes de que llegara a mover el auto ni un centímetro, el vehículo de al lado encendió sus luces y comenzó a retroceder. ¿El conductor había estado ahí todo este tiempo viendo mi lucha? Intenté escudriñar a través de los cristales para ver quién era el desconsiderado, pero las ventanas eran tan oscuras y polarizadas que resultaba imposible ver nada. Indignada, bajé mi ventanilla y me aclaré la garganta. No sabía si me escucharía, pero necesitaba soltarlo. —¡No debería estacionarse tan cerca con un coche de ese tamaño! —grité, tratando de sonar lo más autoritaria y grave posible para infundir algo de respeto—. ¡Me dejó completamente atrapada! ¿Cómo esperaba que saliera de ahí? La persona al volante ni siquiera se dignó a bajar el vidrio o hacer un gesto de disculpa. Simplemente aceleró y se alejó del lugar de manera brusca y poco cuidadosa. Me quedé allí, con la palabra en la boca, preguntándome si aquel tipo era simplemente un maleducado o si, efectivamente, me había ignorado a propósito.
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